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VATICANO

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ENCICLICA PAPA FRANCISCO

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CARTA APOSTOLICA DEL PAPA BENEDICTO XVI MOTU PROPIO
SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

SU SANTIDAD BENEDICTO XVI 

LITTERAE APOSTOLICAE

 MOTU PROPRIO DATAE

 SU SANTIDAD BENEDICTUS XVI GRAN CABALLERO DE LA EUCARISTIA

Carta del Papa que acompaña al «Motu Proprio» sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma de 1970

CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 7 julio 2007 .

Publicamos la carta de Benedicto XVI a los obispos que acompaña la carta apostólica en forma de «motu proprio» «Summorum Pontificum» sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970.


Queridos Hermanos en el Episcopado:

Con gran confianza y esperanza pongo en vuestras manos de Pastores el texto de una nueva Carta Apostólica “Motu Proprio data” sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970. El documento es fruto de largas reflexiones, múltiples consultas y de oración.

Noticias y juicios hechos sin información suficiente han creado no poca confusión. Se han dado reacciones muy divergentes, que van desde una aceptación con alegría a una oposición dura, a un proyecto cuyo contenido en realidad no se conocía.

A este documento se contraponían más directamente dos temores, que quisiera afrontar un poco más de cerca en esta carta.

En primer lugar existe el temor de que se menoscabe la Autoridad del Concilio Vaticano II y de que una de sus decisiones esenciales – la reforma litúrgica – se ponga en duda. Este temor es infundado. Al respecto, es necesario afirmar en primer lugar que el Misal, publicado por Pablo VI y reeditado después en dos ediciones sucesivas por Juan Pablo II, obviamente es y permanece la Forma normal – la Forma ordinaria – de la Liturgia Eucarística. La última redacción del Missale Romanum, anterior al Concilio, que fue publicada con la autoridad del Papa Juan XXIII en 1962 y utilizada durante el Concilio, podrá, en cambio, ser utilizada como Forma extraordinaria de la Celebración litúrgica. Non es apropiado hablar de estas dos redacciones del Misal Romano como si fueran “dos Ritos”. Se trata, más bien, de un doble uso del mismo y único Rito.

Por lo que se refiere al uso del Misal de 1962, como Forma extraordinaria de la Liturgia de la Misa, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que este Misal no ha sido nunca jurídicamente abrogado y, por consiguiente, en principio, ha quedado siempre permitido. En el momento de la introducción del nuevo Misal, no pareció necesario emitir normas propias para el posible uso del Misal anterior. Probablemente se supuso que se trataría de pocos casos singulares que podrían resolverse, caso por caso, en cada lugar. Después, en cambio, se demostró pronto que no pocos permanecían fuertemente ligados a este uso del Rito romano que, desde la infancia, se les había hecho familiar. Esto sucedió, sobre todo, en los Países en los que el movimiento litúrgico había dado a muchas personas una notable formación litúrgica y una profunda e íntima familiaridad con la Forma anterior de la Celebración litúrgica. Todos sabemos que, en el movimiento guiado por el Arzobispo Lefebvre, la fidelidad al Misal antiguo llegó a ser un signo distintivo externo; pero las razones de la ruptura que de aquí nacía se encontraban más en profundidad. Muchas personas que aceptaban claramente el carácter vinculante del Concilio Vaticano II y que eran fieles al Papa y a los Obispos, deseaban no obstante reencontrar la forma, querida para ellos, de la sagrada Liturgia. Esto sucedió sobre todo porque en muchos lugares no se celebraba de una manera fiel a las prescripciones del nuevo Misal, sino que éste llegó a entenderse como una autorización e incluso como una obligación a la creatividad, lo cual llevó a menudo a deformaciones de la Liturgia al límite de lo soportable. Hablo por experiencia porque he vivido también yo aquel periodo con todas sus expectativas y confusiones. Y he visto hasta qué punto han sido profundamente heridas por las deformaciones arbitrarias de la Liturgia personas que estaban totalmente radicadas en la fe de la Iglesia.

CARTA APOSTOLICA

[EN FORMA DE MOTU PROPRIO]

[BENEDICTO XVI]

 

“Los sumos pontífices hasta nuestros días se preocuparon constantemente porque la Iglesia de Cristo ofreciese a la Divina Majestad un culto digno de “alabanza y gloria de Su nombre” y “del bien de toda su Santa Iglesia”.

“Desde tiempo inmemorable, como también para el futuro, es necesario mantener el principio según el cual, “cada Iglesia particular debe concordar con la Iglesia universal, no solo en cuanto a la doctrina de la fe y a los signos sacramentales, sino también respecto a los usos universalmente aceptados de la ininterrumpida tradición apostólica, que deben observarse no solo para evitar errores, sino también para transmitir la integridad de la fe, para que la ley de la oración de la Iglesia corresponda a su ley de fe”. (1)

“Entre los pontífices que tuvieron esa preocupación resalta el nombre de San Gregorio Magno, que hizo todo lo posible para que a los nuevos pueblos de Europa se transmitiera tanto la fe católica como los tesoros del culto y de la cultura acumulados por los romanos en los siglos precedentes. Ordenó que fuera definida y conservada la forma de la sagrada Liturgia, relativa tanto al Sacrificio de la Misa como al Oficio Divino, en el modo en que se celebraba en la Urbe. Promovió con la máxima atención la difusión de los monjes y monjas que, actuando según la regla de San Benito, siempre junto al anuncio del Evangelio ejemplificaron con su vida la saludable máxima de la Regla: “Nada se anticipe a la obra de Dios” (cap.43). De esa forma la Sagrada Liturgia, celebrada según el uso romano, enriqueció no solamente la fe y la piedad, sino también la cultura de muchas poblaciones. Consta efectivamente que la liturgia latina de la Iglesia en sus varias formas, en todos los siglos de la era cristiana, ha impulsado en la vida espiritual a numerosos santos y ha reforzado a tantos pueblos en la virtud de la religión y ha fecundado su piedad”.

“Muchos otros pontífices romanos, en el transcurso de los siglos, mostraron particular solicitud porque la sacra Liturgia manifestase de la forma más eficaz esta tarea: entre ellos destaca San Pío V, que sostenido de gran celo pastoral, tras la exhortación de Concilio de Trento, renovó todo el culto de la Iglesia, revisó la edición de los libros litúrgicos enmendados y “renovados según la norma de los Padres” y los dio en uso a la Iglesia Latina” .

“Entre los libros litúrgicos del Rito romano resalta el Misal Romano, que se desarrolló en la ciudad de Roma, y que, poco a poco, con el transcurso de los siglos, tomó formas que tienen gran semejanza con las vigentes en tiempos más recientes”.

“Fue éste el objetivo que persiguieron los Pontífices Romanos en el curso de los siguientes siglos, asegurando la actualización o definiendo los ritos y libros litúrgicos, y después, al inicio de este siglo, emprendiendo una reforma general”(2). Así actuaron nuestros predecesores Clemente VIII, Urbano VIII, san Pío X (3), Benedicto XV, Pío XII y el beato Juan XXIII.

“En tiempos recientes, el Concilio Vaticano II expresó el deseo de que la debida y respetuosa reverencia respecto al culto divino, se renovase de nuevo y se adaptase a las necesidades de nuestra época. Movido de este deseo, nuestro predecesor, el Sumo Pontífice Pablo VI, aprobó en 1970 para la Iglesia latina los libros litúrgicos reformados, y en parte, renovados. Éstos, traducidos a las diversas lenguas del mundo, fueron acogidos de buen grado por los obispos, sacerdotes y fieles. Juan Pablo II revisó la tercera edición típica del Misal Romano. Así los Pontífices Romanos han actuado “para que esta especie de edificio litúrgico (…) apareciese nuevamente esplendoroso por dignidad y armonía” (4).

“En algunas regiones, sin embargo, no pocos fieles adhirieron y siguen adhiriendo con mucho amor y afecto a las anteriores formas litúrgicas, que habían embebido tan profundamente su cultura y su espíritu, que el Sumo Pontífice Juan Pablo II, movido por la preocupación pastoral respecto a estos fieles, en el año 1984, con el indulto especial “Quattuor abhinc annos”, emitido por la Congregación para el Culto Divino, concedió la facultad de usar el Misal Romano editado por el beato Juan XXIII en el año 1962; más tarde, en el año 1988, con la Carta Apostólica “Ecclesia Dei”, dada en forma de Motu proprio, Juan Pablo II exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad a favor de todos los fieles que lo solicitasen”.

“Después de la consideración por parte de nuestro predecesor Juan Pablo II de las insistentes peticiones de estos fieles, después de haber escuchado a los Padres Cardenales en el consistorio del 22 de marzo de 2006, tras haber reflexionado profundamente sobre cada uno de los aspectos de la cuestión, invocado al Espíritu Santo y contando con la ayuda de Dios, con las presentes Cartas Apostólicas establecemos lo siguiente:

Art. 1.- El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi” (“Ley de la oración”), de la Iglesia católica de rito latino. No obstante el Misal Romano promulgado por San Pío V y nuevamente por el beato Juan XXIII debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi” y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo. Estas dos expresiones de la “Lex orandi” de la Iglesia no llevarán
de forma alguna a una división de la “Lex credendi” (“Ley de la fe”) de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, que no se ha abrogado nunca, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia. Las condiciones para el uso de este misal establecidas en los documentos anteriores “Quattuor abhinc annis” y “Ecclesia Dei”, se sustituirán como se establece a continuación:

Art. 2.- En las Misas celebradas sin el pueblo, todo sacerdote católico de rito latino, tanto secular como religioso, puede utilizar sea el Misal Romano editado por el beato Papa Juan XXIII en 1962 que el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI en 1970, en cualquier día, exceptuado el Triduo Sacro. Para dicha celebración siguiendo uno u otro misal, el sacerdote no necesita ningún permiso, ni de la Sede Apostólica ni de su Ordinario.

Art. 3.- Las comunidades de los institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, de derecho tanto pontificio como diocesano, que deseen celebrar la Santa Misa según la edición del Misal Romano promulgado en 1962 en la celebración conventual o “comunitaria” en sus oratorios propios, pueden hacerlo. Si una sola comunidad o un entero Instituto o Sociedad quiere llevar a cabo dichas celebraciones a menudo o habitualmente o permanentemente, la decisión compete a los Superiores mayores según las normas del derecho y según las reglas y los estatutos particulares.

Art 4.- A la celebración de la Santa Misa, a la que se refiere el artículo 2, también pueden ser admitidos -observadas las normas del derecho- los fieles que lo pidan voluntariamente.

Art.5. §1.- En las parroquias, donde haya un grupo estable de fieles adherentes a la precedente tradición litúrgica, el párroco acogerá de buen grado su petición de celebrar la Santa Misa según el rito del Misal Romano editado en 1962. Debe procurar que el bien de estos fieles se armonice con la atención pastoral ordinaria de la parroquia, bajo la guía del obispo como establece el can. 392 evitando la discordia y favoreciendo la unidad de toda la Iglesia.
§ 2.-La celebración según el Misal del beato Juan XXIII puede tener lugar en día ferial; los domingos y las festividades puede haber también una celebración de ese tipo.
§ 3.- El párroco permita también a los fieles y sacerdotes que lo soliciten la celebración en esta forma extraordinaria en circunstancias particulares, como matrimonios, exequias o celebraciones ocasionales, como por ejemplo las peregrinaciones.
§ 4.- Los sacerdotes que utilicen el Misal del beato Juan XXIII deben ser idóneos y no tener ningún impedimento jurídico.
§ 5.- En las iglesias que no son parroquiales ni conventuales, es competencia del Rector conceder la licencia más arriba citada.

Art.6. En las misas celebradas con el pueblo según el Misal del Beato Juan XXIII, las lecturas pueden ser proclamadas también en la lengua vernácula, usando ediciones reconocidas por la Sede Apostólica.

Art.7. Si un grupo de fieles laicos, como los citados en el art. 5, §1, no ha obtenido satisfacción a sus peticiones por parte del párroco, informe al obispo diocesano. Se invita vivamente al obispo a satisfacer su deseo. Si no puede proveer a esta celebración, el asunto se remita a la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”.

Art. 8. El obispo, que desea responder a estas peticiones de los fieles laicos, pero que por diferentes causas no puede hacerlo, puede indicarlo a la Comisión “Ecclesia Dei” para que le aconseje y le ayude.

Art. 9. §1. El párroco, tras haber considerado todo atentamente, puede conceder la licencia para usar el ritual precedente en la administración de los sacramentos del Bautismo, del Matrimonio, de la Penitencia y de la Unción de Enfermos, si lo requiere el bien de las almas.
§2. A los ordinarios se concede la facultad de celebrar el sacramento de la Confirmación usando el precedente Pontifical Romano, siempre que lo requiera el bien de las almas.
§3. A los clérigos constituidos “in sacris” es lícito usar el Breviario Romano promulgado por el Beato Juan XXIII en 1962.

Art. 10. El ordinario del lugar, si lo considera oportuno, puede erigir una parroquia personal según la norma del canon 518 para las celebraciones con la forma antigua del rito romano, o nombrar un capellán, observadas las normas del derecho.

Art. 11. La Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, erigida por Juan Pablo II en 1988, sigue ejercitando su misión. Esta Comisión debe tener la forma, y cumplir las tareas y las normas que el Romano Pontífice quiera atribuirle.

Art. 12. La misma Comisión, además de las facultades de las que ya goza, ejercitará la autoridad de la Santa Sede vigilando sobre la observancia y aplicación de estas disposiciones.

Todo cuanto hemos establecido con estas Cartas Apostólicas en forma de Motu Proprio, ordenamos que se considere “establecido y decretado” y que se observe desde el 14 de septiembre de este año, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, pese a lo que pueda haber en contrario.

Dado en Roma, en San Pedro, el 7 de julio de 2007, tercer año de mi Pontificado.

SU SANTIDAD BENEDICTO XVI - MISA TRADICIONAL

PONTIFICIA COMISIÓN «ECCESIA DEI»

INSTRUCCIÓN
sobre la aplicación de la carta apostólica
motu proprio data «Summorum Pontificum»
de Su Santidad Benedicto XVI

I.
Introducción

  1. La carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» del Sumo Pontífice Benedicto XVI, del 7 de julio de 2007, que entró en vigor el 14 de septiembre de 2007, ha hecho más accesible a la Iglesia universal la riqueza de la Liturgia romana.

2. Con tal motu proprio el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha promulgado una ley universal para la Iglesia, con la intención de dar una nueva reglamentación para el uso de la Liturgia romana vigente en 1962.

  1. El Santo Padre, después de haber recordado la solicitud que los Sumos Pontífices han demostrado en el cuidado de la Sagrada Liturgia y la aprobación de los libros litúrgicos, reafirma el principio tradicional, reconocido desde tiempo inmemorial, y que se ha de conservar en el porvenir, según el cual «cada Iglesia particular debe concordar con la Iglesia universal, no solo en cuanto a la doctrina de la fe y a los signos sacramentales, sino también respecto a los usos universalmente aceptados de la ininterrumpida tradición apostólica, que deben observarse no solo para evitar errores, sino también para transmitir la integridad de la fe, para que la ley de la oración de la Iglesia corresponda a su ley de fe»1.
  2. El Santo Padre ha hecho memoria, además, de los Romanos Pontífices que, de modo particular, se han comprometido en esta tarea, especialmente de san Gregorio Magno y san Pío v. El Papa subraya asimismo que, entre los sagrados libros litúrgicos, el Missale Romanum ha tenido un relieve histórico particular, y a lo largo de los años ha sido objeto de distintas actualizaciones hasta el pontificado del beato Juan XXIII. Con la reforma litúrgica que siguió al concilio Vaticano II, en 1970 el Papa Pablo VI aprobó un nuevo Misal para la Iglesia de rito latino, traducido posteriormente en distintas lenguas. En el año 2000 el Papa Juan Pablo II promulgó la tercera edición del mismo.
  3. Muchos fieles, formados en el espíritu de las formas litúrgicas anteriores al concilio Vaticano II, han expresado el vivo deseo de conservar la tradición antigua. Por este motivo, el Papa Juan Pablo II, con el indulto especial Quattuor abhinc annos, emanado en 1984 por la Sagrada Congregación para el culto divino, concedió, bajo determinadas condiciones, la facultad de volver a usar el Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII. Además, Juan Pablo II, con el motu proprio Ecclesia Dei, de 1988, exhortó a los obispos a que fueran generosos en conceder dicha facultad a todos los fieles que la pidieran. El Papa Benedicto XVI ha seguido la misma línea a través del motu proprio Summorum Pontificum, en el cual se indican algunos criterios esenciales para el usus antiquior del Rito Romano, que conviene recordar aquí.
  4. Los textos del Misal Romano del Papa Pablo VI y del Misal que se remonta a la última edición del Papa Juan XXIII, son dos formas de la Liturgia romana, definidas respectivamente ordinaria y extraordinaria: son dos usos del único Rito romano, que se colocan uno al lado del otro. Ambas formas son expresión de la misma lex orandi de la Iglesia. Por su uso venerable y antiguo, la forma extraordinaria debe conservarse con el honor debido.
  5. El motu proprio Summorum Pontificum está acompañado por una carta del Santo Padre a los obispos, que lleva la misma fecha del motu proprio (7 de julio de 2007). Con ella se ofrecen ulteriores aclaraciones sobre la oportunidad y necesidad del mismo motu proprio; es decir, se trataba de colmar una laguna, dando una nueva normativa para el uso de la Liturgia romana vigente en 1962. Tal normativa se hacía especialmente necesaria por el hecho de que, en el momento de la introducción del nuevo Misal, no pareció necesario emanar disposiciones que reglamentaran el uso de la Liturgia vigente desde 1962. Debido al aumento de los que piden poder usar la forma extraordinaria, se ha hecho necesario dar algunas normas al respecto.

Entre otras cosas el Papa Benedicto XVI afirma: «No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura. Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial»2.

  1. El motu proprio Summorum Pontificum constituye una relevante expresión del magisterio del Romano Pontífice y del munus que le es propio, es decir, regular y ordenar la Sagrada Liturgia de la Iglesia3, y manifiesta su preocupación como Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal4. El documento tiene como objetivo:

a) ofrecer a todos los fieles la Liturgia romana en el usus antiquior, considerada como un tesoro precioso que hay que conservar;

b) garantizar y asegurar realmente el uso de la forma extraordinaria a quienes lo pidan, considerando que el uso la Liturgia romana que entró en vigor en 1962 es una facultad concedida para el bien de los fieles y, por lo tanto, debe interpretarse en sentido favorable a los fieles, que son sus principales destinatarios;

c) favorecer la reconciliación en el seno de la Iglesia.

II.
Tareas de la Pontificia Comisión «Ecclesia Dei»

  1. El Sumo Pontífice ha conferido a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei potestad ordinaria vicaria para la materia de su competencia, especialmente para supervisar la observancia y aplicación de las disposiciones del motu proprio Summorum Pontificum (cf. art. 12).
  2. § 1. La Pontificia Comisión ejerce tal potestad a través de las facultades precedentemente concedidas por el Papa Juan Pablo II y confirmadas por el Papa Benedicto XVI (cf. motu proprio Summorum Pontificum, art. 11-12), y también a través del poder de decidir sobre los recursos que legítimamente se le presenten, como superior jerárquico, contra una eventual medida administrativa del Ordinario que parezca contraria al motu proprio.
  3. Los decretos con los que la Pontificia Comisión decide sobre los recursos podrán ser impugnados ad normam iuris ante el Tribunal supremo de la Signatura apostólica.
  4. Compete a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, previa aprobación de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, la tarea de ocuparse de la eventual edición de los textos litúrgicos relacionados con la forma extraordinaria del Rito romano.

III.
Normas específicas

  1. Esta Pontificia Comisión, en virtud de la autoridad que le ha sido atribuida y de las facultades de las que goza, después de la consulta realizada entre los obispos de todo el mundo, para garantizar la correcta interpretación y la recta aplicación del motu proprio «Summorum Pontificum», emana la siguiente Instrucción, a tenor del can. 34 del Código de derecho canónico.

La competencia de los obispos diocesanos

  1. Los obispos diocesanos, según el Código de derecho canónico, deben vigilar en materia litúrgica en atención al bien común y para que todo se desarrolle dignamente, en paz y serenidad en sus diócesis5, de acuerdo siempre con la mens del Romano Pontífice, claramente expresada en el motu proprio Summorum Pontificum6. En caso de controversias o dudas fundadas acerca de la celebración en la forma extraordinaria, decidirá la Pontificia Comisión Ecclesia Dei.
  • Es tarea del obispo diocesano adoptar las medidas necesarias para garantizar el respeto de la forma extraordinaria del Rito Romano, a tenor del motu proprio Summorum Pontificum.

El «coetus fidelium» (cf. motu proprio «Summorum Pontificum», art. 5 § 1)

  1. Un coetus fidelium se puede definir stabiliter existens, a tenor del art. 5 § 1 del motu proprio Summorum Pontificum, cuando esté constituido por algunas personas de una determinada parroquia que, incluso después de la publicación del motu proprio, se hayan unido a causa de la veneración por la Liturgia según el usus antiquior, las cuales solicitan que esta se celebre en la iglesia parroquial o en un oratorio o capilla; tal coetus puede estar también compuesto por personas que provengan de diferentes parroquias o diócesis y que, para tal fin, se reúnan en una determinada parroquia o en un oratorio o capilla.
  • En caso de que un sacerdote se presente ocasionalmente con algunas personas en una iglesia parroquial o en un oratorio, con la intención de celebrar según la forma extraordinaria, como está previsto en los art. 2 y 4 del motu proprio Summorum Pontificum, el párroco o el rector de una iglesia o el sacerdote responsable admitan tal celebración, respetando las exigencias de horarios de las celebraciones litúrgicas de la misma iglesia.
  • § 1. Con el fin de decidir en cada caso, el párroco, el rector o el sacerdote responsable de una iglesia se comportará según su prudencia, dejándose guiar por el celo pastoral y un espíritu de generosa hospitalidad.

§ 2. En los casos de grupos numéricamente menos consistentes, habrá que dirigirse al Ordinario del lugar para encontrar una iglesia en la que dichos fieles puedan reunirse para asistir a tales celebraciones y garantizar así una participación más fácil y una celebración más digna de la santa misa.

  1. También en los santuarios y lugares de peregrinación se ofrezca la posibilidad de celebrar en la forma extraordinaria a los grupos de peregrinos que lo requieran (cf. motu proprio Summorum Pontificum, art. 5 § 3), si hay un sacerdote idóneo.
  • Los fieles que piden la celebración en la forma extraordinaria no deben sostener o pertenecer de ninguna manera a grupos que se manifiesten contrarios a la validez o legitimidad de la santa misa o de los sacramentos celebrados en la forma ordinaria o al Romano Pontífice como Pastor supremo de la Iglesia universal.

El «sacerdos idoneus» (cf. motu proprio «Summorum Pontificum», art. 5 § 4)

  1. Sobre los requisitos necesarios para que un sacerdote sea considerado idóneo para celebrar en la forma extraordinaria, se establece cuanto sigue:

a) cualquier sacerdote que no esté impedido a tenor del Derecho Canónico se considera sacerdote idóneo para celebrar la santa misa en la forma extraordinaria7;

b) en relación al uso de la lengua latina, es necesario un conocimiento suficiente que permita pronunciar correctamente las palabras y entender su significado;

c) en lo que respecta al conocimiento del desarrollo del rito, se presumen idóneos los sacerdotes que se presenten espontáneamente para celebrar en la forma extraordinaria y la hayan usado anteriormente.

  1. Se exhorta a los Ordinarios a que ofrezcan al clero la posibilidad de adquirir una preparación adecuada para las celebraciones en la forma extraordinaria. Esto vale también para los seminarios, donde se deberá proveer a que los futuros sacerdotes tengan una formación conveniente en el estudio del latín8 y, según las exigencias pastorales, ofrecer la oportunidad de aprender la forma extraordinaria del rito.
  • En las diócesis donde no haya sacerdotes idóneos, los obispos diocesanos pueden solicitar la colaboración de los sacerdotes de los institutos erigidos por la Pontificia Comisión Ecclesia Dei o de quienes conozcan la forma extraordinaria del rito, tanto para su celebración como para su eventual aprendizaje.
  • La facultad para celebrar la misa sine populo (o con la participación del solo ministro) en la forma extraordinaria del Rito Romano es concedida por el motu proprio a todos los sacerdotes diocesanos y religiosos (cf. motu proprio Summorum Pontificum, art. 2). Por lo tanto, en tales celebraciones, los sacerdotes, en conformidad con el motu proprio Summorum Pontificum, no necesitan ningún permiso especial de sus Ordinarios o superiores.

La disciplina litúrgica y eclesiástica

  1. Los libros litúrgicos de la forma extraordinaria han de usarse tal como son. Todos aquellos que deseen celebrar según la forma extraordinaria del Rito Romano deben conocer las correspondientes rúbricas y están obligados a observarlas correctamente en las celebraciones.
  • En el Misal de 1962 se podrán y deberán insertar nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios9, según la normativa que se indicará más adelante.
  • Como prevé el art. 6 del motu proprio Summorum Pontificum, se precisa que las lecturas de la santa misa del Misal de 1962 pueden ser proclamadas exclusivamente en lengua latina, o bien en lengua latina seguida de la traducción en lengua vernácula o, en las misas leídas, también sólo en lengua vernácula.
  • Con respecto a las normas disciplinarias relativas a la celebración, se aplica la disciplina eclesiástica contenida en el Código de derecho canónico de 1983.
  • Además, en virtud de su carácter de ley especial, dentro de su ámbito propio, el motu proprio Summorum Pontificum deroga aquellas medidas legislativas inherentes a los ritos sagrados, promulgadas a partir de 1962, que sean incompatibles con las rúbricas de los libros litúrgicos vigentes en 1962.

Confirmación y Orden sagrado

  1. La concesión de utilizar la antigua fórmula para el rito de la Confirmación fue confirmada por el motu proprio Summorum Pontificum (cf. art. 9 § 2). Por lo tanto, no es necesario utilizar para la forma extraordinaria la fórmula renovada del Ritual de la Confirmación promulgado por el Papa Pablo VI.
  • Con respecto a la tonsura, órdenes menores y subdiaconado, el motu proprio Summorum Pontificum no introduce ningún cambio en la disciplina del Código de derecho canónico de 1983; por lo tanto, en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el profeso con votos perpetuos en un instituto religioso o incorporado definitivamente a una sociedad clerical de vida apostólica, al recibir el diaconado queda incardinado como clérigo en ese instituto o sociedad (cf. can. 266 § 2 del Código de derecho canónico).
  • Sólo en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y en aquellos donde se mantiene el uso de los libros litúrgicos de la forma extraordinaria se permite el uso del Pontificale Romanum de 1962 para conferir las órdenes menores y mayores.

Breviarium Romanum

  1. Se concede a los clérigos la facultad de usar el Breviarium Romanum en vigor en 1962, según el art. 9 § 3 del motu proprio Summorum Pontificum. El mismo se recita integralmente en lengua latina.

El Triduo pascual

  1. El coetus fidelium que sigue la tradición litúrgica anterior, si hubiese un sacerdote idóneo, puede celebrar también el Triduo pascual en la forma extraordinaria. Donde no haya una iglesia u oratorio previstos exclusivamente para estas celebraciones, el párroco o el Ordinario, de acuerdo con el sacerdote idóneo, dispongan para ellas las modalidades más favorables, sin excluir la posibilidad de una repetición de las celebraciones del Triduo pascual en la misma iglesia.

Los Ritos de las Órdenes religiosas

  1. Se permite el uso de los libros litúrgicos propios de las Órdenes religiosas vigente en 1962.

Pontificale Romanum y Rituale Romanum

  1. Se permite el uso del Pontificale Romanum y del Rituale Romanum, así como del Caeremoniale Episcoporum vigente en 1962, a tenor del n. 28 de esta Instrucción, quedando en vigor lo dispuesto en el n. 31 de la misma.

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la audiencia del día 8 de abril de 2011, concedida al suscrito cardenal presidente de la Pontificia Comisión «Ecclesia Dei», ha aprobado la presente Instrucción y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el 30 de abril de 2011, memoria de san Pío V.

William Cardenal Levada
Presidente

Monseñor Guido Pozzo
Secretario


1 Benedicto XVI, Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum», I, en AAS 99 (2007) 777; cf. Instrucción general del Misal Romano, tercera edición, 2002, n. 397.

2 Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña la Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, en AAS 99 (2007) 798.

3 Cf. Código de derecho canónico, can. 838 § 1 y § 2.

4 Cf. Código de derecho canónico, can 331.

5 Cf. Código de derecho canónico, cann. 223 § 2; 838 § 1 y § 4.

6 Cf. Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña la Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, en AAS 99 (2007) 799.

7 Cf. Código de derecho canónico, can. 900 § 2.

8 Cf. Código de derecho canónico, can. 249; cf. concilio Vaticano II, constitución Sacrosanctum Concilium, n. 36; declaración Optatam totius, n. 13.

9 Cf. Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña la Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, en AAS 99 (2007) 797.

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Su Santidad Benedicto XVI, la Liturgia y el Misal de San Pío V

(Las fotografías que ilustran este artículo pertenecen a dos celebraciones distintas de la Santa Misa oficiada por el cardenal Ratzinger siguiendo el rito romano tradicional. Unas corresponden al 30 de abril de 1999 en la ciudad de Weimer (Alemania) y otras al Domingo de Pascua de 1990 (15 de abril), cuando el hoy Papa Benedicto XVI visitó el seminario de la Hermandad Sacerdotal de San Pedro en Wigratzbad (Alemania). Para verlas ampliadas, pinche sobre ellas).

Por Juan Luis Ferrari Cortés

Este artículo, a través de la recopilación de una serie de citas -que hablan por sí solas- del entonces cardenal Joseph Ratzinger, publicadas en diversos textos, pretende dar a conocer, ayudar a comprender y, profundizar, en esa faceta tan importante de la vida de la Iglesia Católica como es la liturgia, pilar básico en el pontificado de Benedicto XVI, y en concreto, en uno de sus más preciados tesoros, el misal de San Pío V, y la llamada Misa Tradicional o Misa de siempre.

Para introducirnos sobre el tema traeremos a colación el prólogo íntegro que el Cardenal Ratzinger escribió para el libro del P. Uwe Michael Lang, ” Vueltos al Señor. La orientación de la oración litúrgica “, pues el que sea la misma la orientación del sacerdote y de los fieles durante la celebración del Santo Sacrificio del Altar caracteriza a la Misa Tradicional:

“Para el católico practicante normal son dos los resultados más evidentes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II: la desaparición del latín y el altar orientado hacia el pueblo. Quien lee los textos conciliares puede constatar con asombro que ni lo uno ni lo otro se encuentran en dichos textos en esta forma.

A la lengua vulgar, por supuesto, había que darle espacio, según las intenciones del Concilio (1) -sobre todo en el ámbito de la liturgia de la Palabra- pero, en el texto conciliar, la norma general inmediatamente anterior dice: «Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular» . (2)

El texto conciliar no habla de la orientación del altar hacia el pueblo. Se habla de esta cuestión en instrucciones posconciliares. La más importante de ellas es la Institutio generalis Missalis Romani, la Introducción general al nuevo Misal romano de 1969, donde en el número 262 se lee: «Constrúyase el altar mayor separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda hacer de cara al pueblo [versus populum]» . La introducción a la nueva edición del Misal romano de 2002 ha tomado este texto a la letra, pero al final añade lo siguiente: « es deseable donde sea posible» . Muchos ven en este añadido una lectura rígida del texto de 1969, en el sentido de que ahora existe la obligación general de construir -«donde sea posible»- los altares de cara al pueblo. Esta interpretación, sin embargo, fue rechazada por la competente Congregación para el Culto Divino el 25 de septiembre de 2000, cuando explicó que la palabra «expedit» [es deseable] no expresa una obligación, sino un consejo. Hay que distinguir -dice la Congregación- la orientación física de la espiritual. Cuando el sacerdote celebra versus populum, su orientación espiritual debe ser siempre versus Deum per Iesum Christum [hacia Dios por Jesucristo]. Dado que ritos, signos, símbolos y palabras no pueden nunca agotar la realidad última del misterio de la salvación, se han de evitar posturas unilaterales y absolutas al respecto.

Es una aclaración importante porque evidencia el carácter relativo de las formas simbólicas exteriores, contraponiéndose de este modo a los fanatismos que por desgracia en los últimos cuarenta años han sido frecuentes en el debate en torno a la liturgia. Pero al mismo tiempo ilumina también la dirección última de la acción litúrgica, que no se expresa nunca completamente en las formas exteriores y que es la misma para el sacerdote y para el pueblo (hacia el Señor: hacia el Padre por Cristo en el Espíritu Santo). La respuesta de la Congregación, pues, debería crear un clima más tranquilo para el debate; un clima en el que pueda buscarse la manera mejor para la actuación práctica del misterio de la salvación, sin condenas recíprocas, escuchando con atención a los demás, pero sobre todo escuchando las indicaciones últimas de la misma liturgia. Tachar apresuradamente ciertas posturas como “preconciliares”,”reaccionarias”, “conservadoras”, o “progresistas” o “ajenas a la fe”, no debería admitirse en la confrontación, que debería dejar espacio a un nuevo y sincero compromiso común de cumplir la voluntad de Cristo del mejor modo posible.

Este pequeño libro de Uwe Michael Lang, oratoriano residente en Inglaterra, analiza la cuestión de la orientación de la oración litúrgica desde el punto de vista histórico, teológico y pastoral. Y haciendo esto, vuelve a plantear en un momento oportuno -creo yo- un debate que, a pesar de las apariencias, no ha cesado nunca realmente, ni siquiera después del Concilio.

El liturgista de Innsbruck Josef Andreas Jungmann, que fue uno de los arquitectos de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II, se opuso firmemente desde el principio al polémico tópico según el cual el sacerdote, hasta ahora, había celebrado“dando la espalda al pueblo” . Jungmann subrayaba, en cambio, que no se trataba de dar la espalda al pueblo, sino de asumir la misma orientación que el pueblo. La liturgia de la Palabra tiene carácter de proclamación y de diálogo: es dirigir la palabra y responder, y, por consiguiente, quien proclama se dirige a quien escucha y viceversa, la relación es recíproca. La oración eucarística, en cambio, es la oración en la que el sacerdote hace de guía, pero está orientado, con el pueblo y como el pueblo, hacia el Señor. Por esto, según Jungmann, la misma dirección del sacerdote y del pueblo pertenece a la esencia de la acción litúrgica. Más tarde Louis Bouyer -otro de los principales liturgistas del Concilio- y Klaus Gamber, cada uno a su manera, retomaron la cuestión. Pese a su gran autoridad, tuvieron desde el principio algunos problemas para hacerse oír, pues era muy fuerte la tendencia a poner en evidencia el elemento comunitario de la celebración litúrgica y a considerar por eso que el sacerdote y el pueblo debían estar frente a frente para dirigirse recíprocamente el uno al otro.

Sólo recientemente el clima se ha vuelto más tranquilo y así, quienes plantean cuestiones como las de Jungmann, Bouyer y Gamber ya no son sospechosos de sentimientos “anticonciliares”. Los progresos de la investigación histórica han dado más objetividad al debate, y los fieles intuyen cada vez más lo discutible de una solución en la que a duras penas se advierte la apertura de la liturgia hacia lo que le espera y hacia lo que la transciende. En esta situación, el libro de Uwe Michael Lang, tan agradablemente objetivo y nada polémico, puede ser una ayuda preciosa. Sin la pretensión de presentar nuevos descubrimientos, ofrece los resultados de las investigaciones de los últimos decenios con gran esmero, dando la información necesaria para poder llegar a un juicio objetivo. Es digno de mérito el hecho de que se evidencia al respecto no sólo la aportación, poco conocida en Alemania, de la Iglesia de Inglaterra, sino también el relativo debate, interno al Movimiento de Oxford en el siglo XIX, en cuyo contexto maduró la conversión de John Henry Newman. Sobre esta base se desarrollan luego las respuestas teológicas.

Espero que este libro de un joven estudioso pueda ser una ayuda en el esfuerzo -necesario para cada generación- de comprender correctamente y de celebrar dignamente la liturgia. Le deseo que encuentre muchos lectores atentos”. (3)

Sobre la orientación del sacerdote y los fieles también escribe lo siguiente:

-El 18 de noviembre de 1992 en el prefacio de un libro del liturgista Monseñor Claus Gamber: ” La orientación de la oración común a sacerdotes y fieles -cuya forma simbólica era generalmente en dirección al este, es decir al sol que se eleva-, era concebida como una mirada hacia el Señor, hacia el verdadero sol. Hay en la liturgia una anticipación de su regreso; sacerdotes y fieles van a su encuentro. Esta orientación de la oración expresa el carácter geocéntrico de la liturgia; obedece a la monición ´ Volvámonos hacia el Señor ´ “.(4)

-En otro texto explica que: ” …hay algo que siempre estuvo claro en toda la cristiandad hasta bien entrado el segundo milenio: la orientación de la oración hacia el oriente es una tradición que se remonta a los orígenes y es la expresión fundamental de la síntesis cristiana de cosmos e historia, del arraigo en la unicidad de la historia de la salvación, de salir al encuentro del Señor que viene. En ella se expresa, tanto la fidelidad a lo que hemos recibido, como la dinámica de lo que hay que recorrer “.

 ” El hombre de hoy tiene poca sensibilidad para esta ´orientación´. Mientras que para el judaísmo y el islam sigue siendo un hecho incuestionable el rezar en dirección al lugar central de la revelación -hacia Dios que se nos ha mostrado-… “. (5)

” La orientación de todos hacia el oriente no era una ´ celebración contra la pared ´, no significaba que el sacerdote ´ diera la espalda al pueblo ´, en ella no se le daba tanta importancia al sacerdote. Al igual que en la sinagoga todos miraban a Jerusalén, aquí todos miran ´ hacia el Señor ´. Usando la expresión de uno de los Padres de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, J. A. Jungmann, se trataba más bien de una misma orientación del sacerdote y del pueblo, que sabían que caminaban juntos hacia el Señor. Pueblo y sacerdote no se encierran en un círculo, no se miran unos a otros, sino que, como pueblo de Dios en camino, se ponen en marcha hacia el oriente, hacia el Cristo que avanza y sale a nuestro encuentro ” (6)

Y acerca de la importancia en la liturgia de la postura de arrodillarse -de sacerdote y fieles-, comenta que: ” Tal vez sea cierto que el arrodillarse constituya algo ajeno a la cultura moderna, precisamente en la medida en que se trata de una cultura que se ha alejado de la fe y que no conoce ya a Aquel ante el cual ponerse de hinojos es un gesto justo, mejor dicho, un gesto necesario interiormente. Quien aprende a creer aprende a arrodillarse; una fe o una liturgia que no conozcan ya el acto de arrollidarse están enfermas en un punto central. Allí donde se ha perdido este gesto es donde hay que aprenderlo de nuevo “. (7)

Sobre la reforma litúrgica expone que: ” Tras el concilio Vaticano II se generó la impresión de que el Papa podía hacer cualquier cosa en materia de liturgia (…). Así fue como desapareció, en grandes zonas de la conciencia difusa de Occidente, la noción de liturgia como algo que nos precede y que no puede ser ´hecho´ a nuestro antojo. Pero de hecho, el concilio Vaticano 1º no pretendió definir en absoluto al Papa como un monarca absoluto, sino, por el contrario, como el garante de la obediencia a la palabra transmitida: su potestad se liga a la tradición de la fe, lo que rige también en el campo litúrgico (…). La autoridad del Papa no es ilimitada: está al servicio de la santa tradición “. (8)

El Papa Benedicto XVI,  nos adentra en el tema del Misal de San Pío V, y la Misa Tradicional al afirmar:

-En su autobiografía que: ” la promulgación – por Pablo VI- de la prohibición del Misal -de San Pío V- que se había desarrollado a lo largo de los siglos desde el tiempo de los sacramentales de la Iglesia antigua, comportó una ruptura en la historia de la liturgia cuyas consecuencias sólo podían ser trágicas “. (9)

-Y continúa diciendo que: ” yo estaba perplejo ante la prohibición del Misal antiguo, porque algo semejante no había ocurrido jamás en la historia de la liturgia. Se suscitaba por cierto la impresión de que esto era completamente normal. El misal precedente había sido realizado por Pío V en el año 1570, a la conclusión del Concilio de Trento; era, por tanto, normal que, después de cuatrocientos años y un nuevo Concilio, un nuevo Papa publicase un nuevo misal. Pero la verdad histórica era otra. Pío V se había limitado a hacer reelaborar el misal romano entonces en uso, como en el curso vivo de la historia había siempre ocurrido a lo largo de todos los siglos. Del mismo modo, muchos de sus sucesores reelaboraron de nuevo este misal, sin contraponer jamás un misal al otro. Se ha tratado siempre de un proceso continuado de crecimiento y de purificación en el cual sin embargo, nunca se destruía la continuidad. Un misal de Pío V creado por él, no existe realmente. Existe sólo la reelaboración por él ordenada como fase de un largo proceso de crecimiento histórico. La novedad, tras el Concilio de Trento, fue de otra naturaleza: la irrupción de la reforma protestante había tenido lugar sobre todo en la modalidad de ´reformas litúrgicas´. No existía simplemente una Iglesia católica junto a otra protestante; la división de la Iglesia tuvo lugar casi imperceptiblemente y encontró su manifestación más visible e históricamente más incisiva en el cambio de la liturgia que, a su vez, sufrió una gran diversificación en el plano local, tanto que los límites entre los que todavía era católico y no que ya no era se hacían con frecuencia difíciles de definir. En esta situación de confusión, que había sido posible por la falta de una normativa litúrgica unitaria y del pluralismo litúrgico heredado de la Edad Media, el Papa decidió que el ´Missale Romanum´, el texto litúrgico de la ciudad de Roma, católico sin ninguna duda, debía ser introducido allí donde no se pudiese recurrir a liturgias que tuviesen por lo menos doscientos años de antigüedad. Donde se podía demostrar esto último, se podía mantener la liturgia precedente, dado que su carácter católico podía ser considerado seguro. No se puede, por tanto, hablar de hecho de una prohibición de los anteriores y hasta entonces legítimamente válidos misales “. (10)

-Además en la mencionada autobiografía explica que con la: ” reforma litúrgica -de Pablo VI- acaeció algo más -que una simple ´revisión´ del Misal anterior, pues- se destruyó el edificio antiguo y se construyó otro, si bien con el material del cual estaba hecho el edificio antiguo y utilizando también los proyectos precedentes. (.) Para la vida de la Iglesia es dramáticamente urgente una renovación de la conciencia litúrgica, una reconciliación litúrgica. (.) Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que nos encontramos depende en gran parte del hundimiento de la liturgia “. (11)

-En el año 2002, el cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe nos avisa que: ” También es importante para la correcta concienciación en asuntos litúrgicos que concluya de una vez la proscripción de la liturgia válida hasta 1970. Quien hoy aboga por la perduración de esa liturgia o participa en ella es tratado como un apestado, aquí termina la tolerancia. A lo largo de la historia no ha habido nada igual, esto implica proscribir también todo el pasado de la Iglesia. Y de ser así ¿cómo confiar en su presente?. Francamente, yo tampoco entiendo por qué muchos de mis hermanos obispos se someten a esta exigencia de intolerancia que, sin ningún motivo razonable, se opone a la necesaria reconciliciación interna de la Iglesia “. (12)

-Podemos alcanzar a adivinar cual es la pieza clave del pensamiento del Papa Benedicto XVI cuando era Cardenal en relación al misal de San Pío V cuando afirma que : ” He abogado desde el principio en pro de la libertad de continuar usando el viejo misal -el misal de San Pío V-“. (13)

También en el año 2002, el Cardenal escribe, en relación a la liturgia , y como una declaración de intenciones, que: ” Hoy, lo más importante es volver a respetar la liturgia y su inmanipulabilidad. Que aprendamos de nuevo a reconocerla como algo que crece, algo vivo y regalado, con lo que participamos en la liturgia celestial. Que no busquemos en ella la autorrealización, sino el don que nos corresponde “. (14)

” Pero, en mi opinión, esto debería ser ante todo y sobre todo un proceso educativo que ponga término al pisoteo de la liturgia con auto inventos”. (15)

Como colofón destacar las palabras finales del Cardenal Ratzinger en la Conferencia pronunciada en Roma, el 24 de octubre de1998, en el marco de las celebraciones del Xº aniversario de la creación de la ´Comisión Pontificia Ecclesia Dei´:

” Por lo tanto queridos amigos, yo quiero alentaros a no perder la paciencia, a conservar la confianza y a que toméis de la liturgia la fuerza necesaria para dar vuestro testimonio por nuestro Señor en estos tiempos “. (16)

En la Ciudad de Sevilla, a veintinueve de octubre del año del Señor de dos mil seis, festividad de Cristo Rey del Universo.

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Notas

(1) Cfr. Sacrosanctum Concilium, 36,2.

(2) Sacrosanctum Concilium 36,1.

(3) P. UWE MICHAEL LANG, Vueltos al Señor. La orientación de la oración litúrgica , Catagalli, Siena 2004, 150 págs.

(4) CLAUS GAMBER, ¡Vueltos hacia el Señor! , Ediciones ´Renovación´, Madrid 1996. pág. 7.

(5) JOSEPH RATZINGER, El Espíritu de la Liturgia, una introducción , Ediciones Cristiandad, Madrid 2001, pág. 97.

(6) Ult. op. cit, pág. 102.

(7) Ult. op. cit, pág. 190.

(8) JOSEPH RATZINGER, Introducción al Espíritu de la Liturgia , Ediciones San Pablo, pág. 162.

(9) JOSEPH RATZINGER, Mi Vida, Recuerdos (1927-1977) , Ed. Encuentro, Madrid 1997, pág 24.

(10) Ult. op. cit., págs. 123-124.

(11) Ult. op. cit, pág. 124.

(12) JOSEPH RATZINGER, Dios y el Mundo , Editorial Galaxia Gutemberg, Barcelona 2002, págs. 393-394.

(13) JOSEPH RATZINGER, Balance y Perspectivas, en Autor de la cuestión litúrgica… , págs. 177-178.

(14) JOSEPH RATZINGER, Dios y el Mundo , Editorial Galaxia Gutemberg, Barcelona 2002, pág. 393.

(15) Ult. op. cit, pág. 393.

(16) JOSEPH RATZINGER, ¿Existe contradicción entre el Nuevo y el Antiguo rito de la Misa? , Ediciones ´Renovación´, Madrid 1998, pág.9.

Hablando con Su Santidad Benedicto XVI

 
Raymond Arroyo
: Antes que nada Su Eminencia, gracias por recibirnos. Es un gran honor poder estar aquí con usted. En su libro, Dios y el Mundo, usted habla de una crisis de fe. Usted, mejor que nadie, debe conocer el estado de la Iglesia dado que recibe informes al respecto todos los días. ¿Cuál es el centro de esta crisis de fe actual? ¿Están mejorando las cosas?

Cardenal Ratzinger: Sí, en un sentido están mejorando. Aunque, en general, nuestra situación, es decir, la situación de occidente es la de un creciente relativismo. Existe la idea de que todo es igual y que no tenemos nada claro sobre Dios; entonces todos los credos son iguales. Esta es una impresión general del mundo de hoy y eso constituye una tentación para los cristianos. Pienso, por otra parte, que muchas personas tienen un sincero deseo de relacionarse directamente con Cristo, con la presencia de Nuestro Señor. Diría que los jóvenes de la Iglesia mejoran esta situación ya que ellos no hacen lo que todo el mundo sino que en realidad anhelan ese contacto con el Señor así como compartir la fe de la Iglesia. Diría que en general, la situación de occidente no mejora en cuanto a la fe, pero en la Iglesia, entre los jóvenes, podemos ver un nuevo amanecer.

Raymond Arroyo: Signos de esperanza que van apareciendo.

Cardenal Ratzinger: Sí.

Raymond Arroyo: Hablemos por un momento del Concilio Vaticano II, particularmente de la preparación del Concilio. Usted ha dicho y escrito mucho sobre esto. Para los de mi generación, creo que lo más importante concerniente a la fe de nuestros padres y abuelos es la liturgia, la Misa. Usted ha comentado sobre la reforma, sobre reformar la reforma. ¿Cómo ve eso? ¿Cómo ve que eso toma cuerpo a medida que el tiempo pasa?

Cardenal Ratzinger: Generalmente, diría que la reforma litúrgica no se implementó bien porque era algo general. Ahora, la liturgia es algo propio de una comunidad. La comunidad se representa a sí misma y la creatividad del sacerdote o de otros grupos será lo que cree sus propias liturgias. La liturgia actual es más la expresión de sus propias ideas y experiencias que de lo que se encuentran con la presencia del Señor en la Iglesia. Y con esa creatividad y presentación personal de la comunidad, desaparece la esencia de la liturgia. Porque en esencia podemos ver a través de nuestras experiencias y recibir lo que no es parte de nuestra experiencia, pero como un don de Dios. Pienso que debemos restaurar algunas ceremonias, pero la idea esencial de liturgia –para entenderla en la liturgia– es que no nos presentamos a nosotros mismos sino que recibimos la gracia de Dios en la Iglesia del Cielo y la terrenal. La universalidad de la liturgia es esencial. La definición de la liturgia y el restablecimiento de esta idea también podrían ayudar a obedecer mejor las normas, no con un positivismo jurídico, sino compartiendo realmente lo que se nos da en la Iglesia a través del Señor.

Raymond Arroyo: Y ese sentido del sacrificio y valor del que ha hablado tan elocuentemente, ¿Cree que podrá restablecerse concretamente? ¿Veremos la vuelta a la postura ad orientem, de cara a Oriente, el sacerdote de espaldas al pueblo durante la Misa, un retorno al latín, más latín en la Misa?

Cardenal Ratzinger: Versus orientem. Diría que podría ayudar ya que es una tradición de los tiempos de los Apóstoles, y no es sólo una norma sino la expresión de la dimensión cósmica e histórica de la liturgia. Celebramos con el cosmos, con el mundo. Es la dirección del futuro del mundo, de nuestra historia representada en el sol y en las realidades cósmicas. Creo que en nuestros días, este descubrimiento de nuestra relación con el mundo creado puede ser comprendida mejor por las personas que hace 20 años. Y también, comúnmente, los sacerdotes y las personas también están orientadas al Señor. Entonces, creo que podría ayudar. Los gestos externos no son sólo un remedio de por sí, pero podría ayudar dado que es una interpretación muy clásica de la dirección de la liturgia. Generalmente, pienso que fue bueno traducir la liturgia en las lenguas locales porque la entendemos, participamos también con nuestras mentes. Pero la presencia del latín en algunos elementos ayudaría a darle una dimensión universal, darle la oportunidad a la gente para que vea y diga “Estoy en la misma Iglesia”. Así que, en general, las lenguas locales son…

Raymond Arroyo: Algo bueno.

Cardenal Ratzinger: …Una solución. Pero algo de latín podría ayudar a tener la experiencia de universalidad.

Raymond Arroyo: Sé que está trabajando en nuevas disposiciones litúrgicas que el Papa ha previsto en su encíclica sobre la Eucaristía. Hemos oído mucho del Cardenal Arinze. Para algunos esto puede ser el inicio de la vuelta de la Misa tridentina. ¿Usted cree que será así?

Cardenal Ratzinger: Haría una distinción entre el documento futuro y el problema de las indulgencias. El futuro documento no son nuevas disposiciones sino la interpretación de normas ya dadas. Sólo tenemos que interpretar o aclarar lo que es abuso y lo que es aplicable en la liturgia. En un sentido la posibilidad de este documento es muy limitada: una aclaración de los abusos y aclarar las normas. Lo otro es un problema distinto. En general, pienso que la antigua liturgia no se prohibió nunca. Sólo necesitamos normas para que, pacíficamente, se aplique de modo que la liturgia reformada sea la liturgia habitual de la Iglesia. Y que quede claro que la otra siempre será válida siempre siguiendo el Magisterio de la Iglesia y del Santo Padre.

Raymond Arroyo: Así es. Y eso es un gran reto en algunos lugares. Es interesante ver también como en algunos lugares muchos han seguido el llamado del Papa para realizar más frecuentemente la practica de la antigua Misa.

Cardenal Ratzinger: Sí, creo que es importante estar abierto a la posibilidad de demostrar también la continuidad de la Iglesia. No somos parte de una Iglesia distinta a la de hace 500 años. Siempre es la misma Iglesia. La Iglesia siempre es Santa nunca ha dejado de serlo, es imposible.

Raymond Arroyo: Correcto. Algunos sugieren, Su Eminencia, que existe un cisma de facto en la Iglesia de hoy. Muchos que se llaman a sí mismos católicos, que nacieron en hogares católicos y que fueron bautizados como tales, simplemente no creen ni viven una vida de fe. ¿Cómo los atraemos nuevamente? ¿Cómo llegamos a ellos en medio de nuestra realidad cultural actual?

Cardenal Ratzinger: Diría que ese es un problema pastoral permanente, ayudar a las personas a que compartan la fe de la Iglesia auténticamente. Y siempre ha sido un problema para muchas personas porque su fe es deficiente e insuficiente. . Hoy en día esto puede verse mucho más claramente con todo el…

Raymond Arroyo: ¿Relativismo?

Cardenal Ratzinger: …con el relativismo y las cosas relacionadas a él. Es un problema tan complicado como en tiempos pasados. También está el problema de la catequización y la evangelización que es mucho más difícil que antes. Pienso que lo primero que debe hacerse es una buena catequesis en la formación en la fe, que se haga presente la fe de la Iglesia. Creo que el Catecismo de la Iglesia Católica es una gran ayudar para observar universalmente lo que es la fe de la Iglesia y lo que no lo es. El nuevo compendio que estamos preparando será otra ayuda para hacer más accesible el gran catecismo en un trabajo práctico de catequización. Este es el primer punto: la educación es la verdadera base del presente. El otro asunto está en la predicación: que podamos aprender lo que es la fe en las homilías, no sólo algunas ideas o siempre las mismas ideas. Pienso que un peligro real con el que nos topamos es que en las homilías los sacerdotes y también los obispos repiten esencialmente sus ideas favoritas y no presentan la totalidad de la fe. Me parece entonces que una renovación en la predicación también es muy importante. La liturgia es catequesis viva. Se puede ver el Sacrificio de Cristo aquí y que Dios Uno y Trino está en contacto con nosotros y nosotros con Él. La Liturgia es muy importante. De ese modo, también debe profundizarse la oración en la Iglesia. Creo que la manera de aprender a Dios es la oración. Y tener una escuela de oración es esencial. Con una relación concreta de oración, aprendemos sobre Dios y aprendemos a la Iglesia. Por eso es importante tener libros de oración que presenten la profundidad de nuestra fe. Por esa misma razón la caridad cristiana es importante para concretar nuestra fe; dado que la fe no es sólo una idea, una teoría, sino una realidad existente.

Raymond Arroyo: Así es. Me parece que esa experiencia de la que habla, se relaciona a lo que dijo de la Misa…

Cardenal Ratzinger: Así es.

Raymond Arroyo: …ese, ese es el verdadero contacto, si uno lo desea, entre Dios y el hombre …

Cardenal Ratzinger: Sí. Sí.

Raymond Arroyo: Hablemos un momento sobre la nueva primavera. El Papa ha hablado mucho sobre la nueva primavera y usted ha comentado sus propias ideas. Su visión es un poco diferente a la de algunos. Algunos ven que los números crecen y que los creyentes avanzan hacia el tercer milenio cantando y bailando, tomados de las manos hacia el tercer milenio (el Cardenal se ríe entre dientes). Usted ve una imagen distinta. Díganos ¿cómo es esa imagen. ¿Cómo ve la evolución de esta Primavera?

Cardenal Ratzinger: No excluyo este baile tomados de las manos, pero esto es sólo un momento. Mi idea de la primavera de la Iglesia no se refiere a que dentro de poco tengamos muchísimas personas convertidas y que finalmente todas las personas del mundo se conviertan al catolicismo. Esa no es la manera de Dios. Las cosas esenciales en la historia empiezan con pequeñas comunidades, más convencidas. Así, la Iglesia comienza con 12 apóstoles, e incluso la Iglesia de San Pablo que se difundió en el Mediterráneo estaba constituida por pequeñas comunidades, pero esta comunidad en sí misma es el futuro del mundo dado que tiene la verdad y la fuerza de la convicción. Pienso que sería un error pensar que ahora o en diez años con la nueva primavera, todo el mundo será católico. Este no es nuestro futuro, no es nuestra expectativa. Pero tendremos comunidades realmente convencidas con el élan de la fe, ¿no? Esta es la primavera: una nueva vida de personas convencidas con el gozo de la fe.

Raymond Arroyo: Pero, ¿pequeños números? ¿y a gran escala?

Cardenal Ratzinger: Números pequeños, me parece. De esos números pequeños tendremos una irradiación de alegría en el mundo. Existe una atracción, como la había en la antigua Iglesia. Incluso cuando Constantino instauró el cristianismo como religión oficial, había un pequeño porcentaje de cristianos, pero era claro que ellos eran el futuro. Podemos vivir en el futuro. Diría que si tenemos jóvenes que realmente viven la alegría de la fe y viven además la irradiación de esta alegría; tenemos entonces a un grupo de personas que le dicen al mundo “incluso si no podemos compartirla, si no podemos convertir a nadie en este momento, aquí está la forma para vivir el mañana”.

Raymond Arroyo: Así es. ¿Ve a los movimientos en la Iglesia como parte de esa conversión? ¿Existe el peligro de que nos dejemos envolver por este competitivo hecho, si lo ve así, de que todos debamos ser parte de ellos para ser católicos  en serio?

Cardenal Ratzinger: Sí, por un lado soy muy amigo de estos movimientos: Comunión y Liberación, los focolares y la Renovación Carismática, por ejemplo. Pienso que son un signo de esta primavera y de la presencia del Espíritu Santo que esté regalando estos carismas nuevos a la Iglesia. Esto es para mí motivo de gran esperanza: que la fuerza proveniente del Espíritu Santo esté presente en los laicos y no necesariamente en el clero. Tenemos movimientos y nuevas formas de fe. Por otra parte, creo que es importante que estos movimientos no se cierren sobre sí mismos o se absoluticen. Tienen que entender que si bien son una manera, no son “la” manera; tienen que estar abiertos a otros, en comunión con otros. Especialmente debemos tener presente y ser obedientes a la Iglesia en la figura de los obispos y del Papa. Sólo con esta apertura a no absolutizarse con sus propias ideas y con la disposición para servir a la Iglesia común, la Iglesia universal, serán un camino para el mañana.

Raymond Arroyo: Su Eminencia, quiero hacerle una pregunta personal si me lo permite. Ha escrito un libro recientemente Dios y el Mundo. Ha dicho que esta posición como Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe es su “más incómoda posición” (el Cardenal Ratzinger se ríe despacio) ¿Qué quiso decir con eso?

Cardenal Ratzinger: Pues sí, de muchas maneras es incómodo. Sobre todo porque con frecuencia tenemos que lidiar con todos los problemas de la Iglesia: relativismo, herejías, teologías inaceptables, teólogos complicados y demás. Junto con los casos disciplinarios, el problema de los pedófilos; por ejemplo, también es nuestro problema. En esta Congregación tenemos que lidiar con los aspectos más complicados de la vida de la Iglesia de hoy. Además, somos atacados como la inquisición, lo que usted debe saber mejor que yo…

Raymond Arroyo: Claro, claro.

Cardenal Ratzinger: …Eso por un lado. Pero, por otra parte todos los días experimento que las personas están agradecidas cuando dicen “sí, la Iglesia tiene una identidad, una continuidad, la fe es real y está presente también hoy y es posible”. Y cuando voy a la Plaza San Pedro y veo a tantas personas de lugares tan variados del mundo que me dicen “gracias Padre. Estamos agradecidos por el difícil trabajo que hace, porque nos está ayudando”. Incluso muchos amigos protestantes me dicen “lo que está haciendo es útil para nosotros porque también está defendiendo nuestra fe y la presencia de la fe en Cristo. Necesitamos una instancia como la suya, a pesar de no compartir lo que está diciendo. Es también útil para ver que tenemos que seguir en esta defensa continua de la fe y nos alienta a continuar en la fe, a vivirla”. Y en estos últimos días, una delegación de ortodoxos se acercó a mí y me dijeron que “lo que está haciendo también es bueno para nuestra fe”. Entonces tenemos una dimensión ecuménica que con frecuencia no es…

Raymond Arroyo: Apreciada.

Cardenal Ratzinger: …apreciada.

Raymond Arroyo: Su Eminencia, lo otro que quisiera preguntar; –y esto es totalmente personal. Desde mi puesto cubro a la Iglesia, viajo por todo el mundo y converso con mucha gente. Estoy seguro que no tanta gente como los grupos con los que usted habla ni encontrando las cosas que Usted encuentra. Debo decirle, honestamente, que los últimos días han sido como una prueba de fe para mí y para algunos de mis colegas también. ¿Cómo enfrenta la tentación de la desesperanza que llega a veces, considerando los casos que examina y las personas con las que se encuentra?

Cardenal Ratzinger: Pienso que tenemos que recordar a Nuestro Señor que nos dijo “Dentro de los campos de la Iglesia no sólo habrá trigo sino también paja; de los mares del mundo obtendrán no sólo peces sino también cosas inaceptables”. Entonces, el Señor nos anuncia como comunidad, una Iglesia en la que existirán escándalos y pecadores. Tenemos que recordar que San Pedro, el primero de los apóstoles, fue un gran pecador y a pesar de eso el Señor quiso que este Pedro pecador sea la roca de la Iglesia. Con esto, ya nos había indicado que no esperemos que todos los Papas sean grandes santos, tenemos que esperar que algunos de ellos sean pecadores. Nos anuncia que en los campos de la Iglesia habrá mucha paja. Esto no debería sorprendernos si consideramos la historia de la Iglesia. Han existido otros tiempos que por lo menos han sido tan complicados como los nuestros con escándalos, cosas, etc. Todo lo que debemos hacer es pensar en el siglo IX, el  X, el renacimiento. Entonces, contemplando las palabras del Señor en la historia de la Iglesia, podemos relativizar los escándalos de hoy. Sufrimos. Tenemos que sufrir porque ellos –es decir los escándalos– hacen sufrir a mucha gente, y aquí pensemos en las víctimas. Ciertamente, tenemos que hacen todo lo posible para evitar que estas cosas pasen en el futuro. Pero, por otra parte, sabemos que el Señor –y esta es la esencia de la Iglesia– se sentaba a la mesa con pecadores. Esta es la definición de Iglesia. El Señor se sienta a la mesa con pecadores. Entonces no podemos sorprendernos de que esto sea así. No podemos caer en desesperanza. Al contrario, el Señor dijo “YO NO ESTOY aquí sólo para los justos, sino para los pecadores”. Tenemos que estar seguros de que el Señor, verdaderamente –incluso hoy en día– busca a los pecadores para salvarnos.

Raymond Arroyo: ….Durante los dos últimos años, muchos han diagnosticado una crisis de abusos sexuales que están plagando la Iglesia en Estados Unidos. Ahora el jefe de los teólogos del Vaticano identifica lo que considera son las raíces de estos escándalos sexuales. Usted, lo sé, ha estado bastante involucrado en la crisis de Estados Unidos, tratando de cerrar una herida en cuanto a los escándalos sexuales. Mi pregunta es ¿Cuáles cree que son las raíces que originan esta crisis que aún vivimos en Estados Unidos

Cardenal Ratzinger: Distinguiría tal vez dos elementos distintos: un elemento general y uno específico. El elemento general es, como ya dije, la debilidad de los seres humanos, incluso de los sacerdotes. Las tentaciones están presentes también para los sacerdotes y eso siempre va a ser así. Tenemos que aceptar eso siempre y entender que, incluso en la comunión entre sacerdotes y obispos, estas cosas pueden suceder. El segundo punto es más específico. ¿Por qué es más común en estos tiempos que en el pasado? Creo que un punto esencial es la debilidad de la fe, porque, sólo si me encuentro a solas con el Señor, si el Señor está ahí por mí, no la idea sino la Persona con la que vivo una amistad profunda, si conozco personalmente al Señor y estoy en contacto con su amor todos los días; entonces la fe se convierte en una realidad para mí. Si es así entonces se convierte en el terreno de mi vida, es la más segura realidad y no una posibilidad. De ser así y si estoy realmente convencido y en contacto de amor con el Señor, entonces Él me ayudará a vencer las tentaciones aunque parezcan imposibles de vencer. Si no actualizamos nuestra fe todos los días, si se debilita y se convierte en algo que no es fundamental en la vida; entonces comienzan todos estos problemas. Por todas estas razones es que la debilidad de la fe y la poca presencia de la fe en la Iglesia son el punto esencial. Me parece que es un problema que venimos arrastrando desde hace 40 o 50 años: la idea que tenemos ideas comunes con todo el mundo y que la fe es un asunto muy personal; junto con falta de conciencia de que la fe es un don de Dios. Lo primero que debemos hacer, entonces, es aprender nuevamente, reconvertirnos a una fe profunda y educarnos en la fe. Pienso que en los últimos 40 o 50 años la enseñanza moral de la Iglesia no estaba muy clara tampoco. Tuvimos tantos maestros en la Iglesia que enseñaban otras cosas y decían “no, esto no es pecado. Esto es común y como todos lo hacen entonces está permitido”. Con esta idea, no tenemos una enseñanza moral clara e incluso podemos…

Raymond Arroyo: ser presa de las cosas del mundo.

Cardenal Ratzinger: Sí, sí, sí. Creo que hay dos cosas esenciales en este asunto: la conversión a una fe profunda, la vida sacramental y de oración, por un lado y, por el otro, una enseñanza moral  y una convicción de que la Iglesia tiene al Espíritu Santo de su parte y puede avanzar en este camino.

Raymond Arroyo: ¿Qué le diría a los fieles que en Estados Unidos que se encuentran tan abatidos en estos momentos, que no están seguros de a quien mirar?

Cardenal Ratzinger: Bueno, en primer lugar lo que deben hacer es mirar al Señor. Él está siempre presente y siempre cerca de nosotros. Miren también a los santos de todos los tiempos. Los humildes, los fieles están allí, de repente no tan notoriamente porque no salen en televisión. Pero los humildes y los que rezan están presentes y en eso confía la Iglesia, confía en que todos los fieles encuentren a este tipo de personas: Que vean que con todos los problemas de hoy, la Iglesia no ha desaparecido, sigue adelante, especialmente con personas que no son tan visibles. Pienso entonces que lo esencial es encontrar al Señor, ver a los santos de todos los tiempos y encontrar también a los que no están canonizados, personas sencillas que están en el corazón de la Iglesia.

Raymond Arroyo: Su Eminencia, en Estados Unidos la Conferencia de Obispos intenta ponerle punto final a esta crisis. Dado que existe tal falta de confianza en los obispos por parte de los fieles ¿Cree que la Conferencia de Obispos sea el mejor instrumento para sanar las heridas en este momento?

Cardenal Ratzinger: Esta es una pregunta difícil, como bien sabe.

Raymond Arroyo: Por eso se la hago (ambos ríen).

Cardenal Ratzinger: Por un lado diría que la coordinación entre los obispos en Estados Unidos se hace muy necesaria dado que es un país bastante grande y es imposible que un obispo tenga la misma disciplina que otro. En este sentido, la coordinación entre los obispos y las normas comunes son importantes para garantizar la igualdad entre las distintas diócesis. Creo que la responsabilidad personal del obispo es fundamental para la Iglesia y, tal vez, el anonimato de la Conferencia de Obispos puede ser un peligro para la Iglesia. Nadie es responsable inmediatamente. Siempre fue la conferencia y uno no sabe dónde ni quién es la conferencia. Por un lado, tenemos entonces la cooperación, la colegialidad y la igualdad del derecho y las normas. Por otra parte es una responsabilidad personal de los obispos que podemos conocer. “Esta es mi parte ahora, yo soy responsable”. Y se hace responsable de cualquier tipo de cosas de las que deba hacerse responsable.

Raymond Arroyo: Correcto, correcto. Porque es difícil para los niños de la Iglesia abrazar a un padre que no conocen (risas).

Cardenal Ratzinger: Eso es claro. Es la figura de un obispo que está valerosamente presente.

Raymond Arroyo: Muy importante. En Dios y el Mundo, usted reflexiona un poco sobre la Dominus Jesus, un documento del año 2000. Sobre el asunto, su libro fue recibido en medio de cierta controversia porque en él usted dice “Dios no ha revocado Su alianza con el pueblo de Israel, en vez de eso presenta a Jesús como el Mesías para todos y entonces, la conversión es necesaria, o debería ser una posibilidad”. ¿Cómo reconcilia esas dos ideas?

Cardenal Ratzinger: Tal vez no es posible para nosotros reconciliarlas, eso debemos dejárselo a Dios. En las Escrituras hay dos cosas bastante claras. En la Carta de San Pablo a los Romanos, el apóstol dice claramente que “la fidelidad de Dios es absolutamente clara. Él es fiel a sus promesas”. Por eso, el pueblo de Abraham será siempre el pueblo de Dios, por un lado. Y lo dice claramente “Todo Israel será salvado”. Pero también es claro que Jesús es el Salvador, no sólo para los demás pueblos. Él es judío y Él es el Salvador, especialmente de su propio pueblo. San Bernardo de Claraval dijo “Dios salvado, se reservó para sí la salvación de Israel. Lo hará Él mismo en Persona”. Entonces nos debe quedar claro que esto queda para Dios. Debemos estar convencidos de que Cristo es el Salvador de todos los suyos y de todo el mundo. Pero cómo salvará a su pueblo es algo que debemos dejar en manos de Dios.

Raymond Arroyo: Pero es responsabilidad de la Iglesia hacer que el Evangelio esté disponible y que el mensaje esté disponible para los judíos.

Cardenal Ratzinger: Sí. Es absolutamente importante hacer que el Evangelio sea accesible para todos y entendible para los judíos. No sé si tal vez usted haya visto el nuevo libro del Cardenal Lustiger en el que relata una promesa y, de manera muy personal, narra una experiencia en la que muestra cómo podemos entender que el Antiguo Testamento habla de Cristo y que también es posible hacerlo accesible y disponible en los santos libros de Israel. Cristo es quien habla en el presente. Entonces, este es un deber de la Iglesia: hacer disponible y comprensible que es el Salvador, incluso de los Suyos, los judíos.

Raymond Arroyo: Hablemos por un momento de sexualidad. Usted ha dicho que esto debe vivirse en el matrimonio. En nuestros días este asunto es una noción y enseñanza bastante cuestionadas. ¿Cómo le presenta la Iglesia este mensaje a los fieles, en una cultura que tiene ahora “matrimonios homosexuales”, fertilización in vitro y tecnologías de reproducción fuera del acto sexual, cómo le presenta esta enseñanza a esta cultura?

Cardenal Ratzinger: ¿Usted no pensará que en un minuto voy a aclarar lo que mucha gente no ha podido en muchos libros? Sin embargo, considero siempre esencial entender la naturaleza que se le ha dado al ser humano y que el hombre ha sido creado para la mujer y viceversa. Esta es la relación creacional que refleja todo lo que la naturaleza le ha dado al hombre para continuar con la generación humana. Es crucial que los hombres y mujeres creados por Dios sean uno, como se dice en los primeros capítulos de la Biblia. Por eso creo que, a pesar de que la cultura está en contra del matrimonio como forma esencial de relacionarse entre los seres humanos, entre los hombres y las mujeres; nuestra naturaleza está siempre presente y podemos entenderlo. Creo que las cosas que se oponen al matrimonio son una contra-cultura y no están de acuerdo a nuestros anhelos más profundos. Creo que es posible lograr un diálogo sincero y abierto con las personas para entender que incluso en nuestros días el hombre y la mujer han sido creados el uno para el otro.

Raymond Arroyo: Así es. Una de sus labores aquí en la Congregación para la Doctrina de la Fe es la investigación de las apariciones marianas que ocurrieron en la historia y en nuestra era. En el 2000, usted dio a conocer el llamado “tercer secreto de Fátima”. Parte de esa revelación hablaba de una bala contra un Papa y que éste caería muerto. La congregación interpretó que este episodio era el intento de asesinato en contra de Su Santidad, Juan Pablo II. ¿Es posible –y me han llegado muchas cartas preguntándome esto– que esto pudiera referirse a un futuro Papa?

Cardenal Ratzinger: No podemos excluir esta posibilidad. Normalmente las visiones privadas están limitadas a la siguiente generación. Incluso Lucía y todos en Fátima están convencidos de que en el tiempo de una generación lo revelado se haría realidad. Entonces ese contenido inmediato de la revelación es expresado en una visión con lenguaje apocalíptico. En las visiones no tenemos un lenguaje histórico, como una toma televisiva; tenemos un lenguaje simbólico y visionario. Podemos entender que esto en realidad es una indicación de la crisis de la Iglesia en la segunda parte del siglo XX y en nuestro tiempo. Incluso en el inmediato sentido de profecía, esta visión está siempre en las generaciones inmediatamente posteriores, aunque no podemos excluir a las que vienen después. No podemos decir que no, tenemos que esperar, debemos pensar que es probable que puedan darse ataques similares contra la Iglesia o contra el Papa.

Raymond Arroyo: Detengámonos un momento en este Papa. Usted ha trabajado cerca de él por estos 21 años. ¡Increíble! ¿Cuál cree es la contribución del Papa a Iglesia y como ha moldeado el Papado, el Papado hacia el futuro?

Cardenal Ratzinger: Si bien tiene una dimensión política, posee una dimensión mucho más espiritual. En la dimensión política, como todos sabemos, contribuyó a la caída de los regímenes de Europa del Este. Ha generado –y aquí hablamos ya de la dimensión espiritual – una relación con Israel y un nuevo compromiso por los pobres del mundo. Esta es una de las dimensiones esenciales que ha revelado y que ha reforzado el compromiso de caridad de la Iglesia para con la gente que más sufre en el mundo. Tenemos una dimensión espiritual con su profunda fe y amor por el Señor y por su Madre María, Madre de Dios, quien nos alienta con su oración y con su comprensión de la presencia del Señor. Nos dio un nuevo comienzo, una nueva esperanza para los jóvenes, especialmente para entender que “podemos rezar hoy en día. Cristo está presente en nuestros días Con todos sus viajes por el mundo, con su palabra, sus escritos, su profunda fe y su renovación de la misma, fue el iniciador del movimiento de la juventud, de la “nueva primavera de la Iglesia”. “Sí, podemos vivir de esta forma. Cristo está presente. Y eso es más importante que todos los problemas de la fe y de nuestra vida moral, tener al Señor y estar en el camino del Señor”. También es esencial todo lo que el Papa ha hecho para generar la renovación de nuestra vida de fe y de nuestra vida sacramental.

Raymond Arroyo: ¿Qué hay de su sufrimiento, el sufrimiento de este hombre ante todo el mundo que hemos podido observar? ¿Cuál cree usted que es su contribución?

Cardenal Ratzinger: Creo que, en nuestro tiempo, es muy importante. Estamos en un mundo en el que sólo suenan las personalidades activas, del deporte y similares, todos jóvenes. La idea es ser joven y hermoso. Que un hombre anciano sufriente exista nos muestra que alguien así puede ser una importante contribución a la vida de las personas. Su sufrimiento estuvo en comunión con el sufrimiento de Cristo y tal vez con su sufrimiento podemos entender mejor que el sufrimiento de Cristo redimió al mundo. Del Papa podemos aprender porque se entregó al sufrimiento, lo dejó todo y demostró que sus fuerzas iban van más allá de las fuerzas humanas porque tenía a Cristo. Podemos aprender de su sufrimiento y del regalo que significó para nosotros, tan necesario en nuestro tiempo.

Raymond Arroyo: Usted ha estado en este puesto durante 21 años. He leído en distintos informes que usted quiso retirarse varias veces. ¿Por qué está todavía aquí? (risas de ambos).

Cardenal Ratzinger: Sí, tuve el deseo de retirarme en 1991, 1996 y 2001 porque tenía la idea de que podría escribir algunos libros y regresar a mis estudios como lo hizo el Cardenal Martini … pero, por otro lado, viendo al Papa sufriente, no podía decirle al Papa, ‘Yo me retiro, me dedicaré a escribir mis libros (ambos se ríen). Tengo que continuar.

Raymond Arroyo: Mi pregunta final ¿Cuál es a su parecer el gran peligro y la gran esperanza de la Iglesia hoy?

Cardenal Ratzinger: Creo que el peligro más grande está en que nos convirtamos en una organización social que no esté fundada en la fe del Señor. A primera vista, parece que sólo importara lo que estamos haciendo y que la fe no es tan importante. Pero si la fe desaparece, todas las otras cosas, como hemos visto, se descomponen. Pienso que existe el peligro, con todas estas actividades y visiones externas, de subestimar la importancia de la fe y perderla, comenzar a vivir en una Iglesia en la que la fe no sea tan importante.

Raymond Arroyo: Correcto.

Cardenal Ratzinger: Entonces existe la gran esperanza en el Señor, veremos una nueva presencia del Señor. Podemos ver que su presencia sacramental en la Eucaristía es un regalo para nosotros y nos permite amar a otros y trabajar por los otros. Pienso que la nueva presencia de la Eucaristía y el nuevo amor por Cristo, y Cristo mismo presente en la Eucaristía es el elemento más alentador en nuestro tiempo.

Raymond Arroyo: Agradecemos al Cardenal Joseph Ratzinger y a su equipo por permitirnos esta entrevista.

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Pensamientos


Clonación:

«El hombre es capaz de producir en laboratorio otro hombre que por tanto no es ya don de Dios o de la naturaleza. Se puede fabricar y, lo mismo que se fabrica, se puede destruir». Si este es el poder del hombre, entonces «se está convirtiendo en una amenaza más peligrosa que las armas de destrucción masiva». Debate en el Centro de Orientación Política de Roma. Octubre 2004.

Cristianos y Musulmanes:

«Se ha dicho que la Constitución europea no podía hablar de las raíces judeocristianas para no ofender al Islam. Pero lo que ofende al Islam es el desprecio de Dios, la arrogancia de la razón que provoca el fundamentalismo». Debate en el Centro de Orientación Política de Roma. Octubre 2004.

Laicismo y Razón:

  • «El laicismo es una ideología parcial, que no puede responder a los desafíos decisivos para el hombre. Baste pensar en los daños producidos por el comunismo o por el desarraigo del tejido moral de los antepasados en los pueblos africanos, víctimas de la guerra y del SIDA».

«La razón no es enemiga de la fe, al contrario. El problema es cuando hay desprecio de Dios y de lo sacro». Debate en el Centro de Orientación Política de Roma. Octubre 2004.

Marxismo

  • «La doctrina de salvación marxista, en definitiva, había nacido en sus numerosas versiones articuladas de diferentes maneras, como una visión única y científica del mundo, acompañada por una motivación ética y capaz de acompañar a la humanidad en el futuro. Así se explica su difícil adiós, incluso después del trauma de 1989».
  • «Basta pensar en lo discreta que ha sido la discusión sobre los horrores de los “gulags” comunistas, y en lo poco que se ha escuchado la voz de Alexander Solzjenitsin: de todo esto no se habla».
  • «El silencio ha sido impuesto por una especie de pudor. Incluso se menciona sólo de vez en cuando al sanguinario régimen de Pol Pot, de pasada. Pero ha quedado el desengaño, junto a una profunda confusión. Ya nadie cree hoy en las grandes promesas morales».
  • «El marxismo se había concebido en estos términos: una corriente que auspiciaba justicia para todos, la llegada de la paz, la abolición de las injustificadas relaciones de predominio del hombre sobre el hombre, etc.», afirmó.

«Para alcanzar estos nobles objetivos se pensó en que había que renunciar a los principios éticos y que se podía utilizar el terror como instrumento del bien. En el momento en el que todos pudieron ver, aunque sólo fuera en su superficie, las ruinas provocadas en la humanidad por esta idea, la gente prefirió refugiarse en la vida pragmática y profesar públicamente el desprecio por la ética». Extracto de «Introducción al cristianismo». Este libro presenta algunas de las clases que ofreció cuando era profesor de Teología en Tubinga (Alemania) en 1967.

Control poblacional

  • «Hay un miedo a la maternidad que se apodera de una gran parte de nuestros contemporáneos. En este miedo a la maternidad hay algo profundo: el otro se convierte en la competencia que quita una parte de mi vida, una amenaza para mi ser y para mi libre desarrollo. Hoy no hay una filosofía del amor sino sólo una filosofía del egoísmo».

«Se rechaza como visión idealista la posibilidad de poderme enriquecer simplemente en la entrega, de reencontrarme a partir del otro y a través de mi ser para el otro. Justamente aquí se engaña al hombre. Se le desaconseja amar. En definitiva, se le desaconseja ser hombre». Diario Avvennire. Septiembre 2000

Oración

  • «Pensamos que la oración es algo intimista. Ya no creemos tanto, según me parece, en el efecto real, histórico de la oración».

«En cambio debemos convencernos y aprender que este compromiso espiritual, que une el cielo y la tierra, tiene una fuerza interior. Y un medio para llegar a la afirmación de la justicia es comprometerse a orar, porque de esta manera se transforma en una educación mía y del otro para la justicia. Debemos, en resumen, reaprender el sentido social de la oración». Belluno, Italia. Octubre 2004

Relativismo

«El relativismo se ha convertido en el problema central de la fe en la hora actual. Sin duda, ya no se presenta tan sólo con su vestido de resignación ante la inmensidad de la verdad, sino también como una posición definida positivamente por los conceptos de tolerancia, conocimiento dialógico y libertad, conceptos que quedarían limitados si se afirmara la existencia de una verdad válida para todos. A su vez, el relativismo aparece como fundamentación filosófica de la democracia. Ésta, en efecto, se edificaría sobre la base de que nadie puede tener la pretensión de conocer la vía verdadera, y se nutriría del hecho de que todos los caminos se reconocen mutuamente como fragmentos del esfuerzo hacia lo mejor; por eso, buscan en diálogo algo común y compiten también sobre conocimientos que no pueden hacerse compatibles en una forma común. Un sistema de libertad debería ser, en esencia, un sistema de posiciones que se relacionan entre sí como relativas, dependientes, además, de situaciones históricas abiertas a nuevos desarrollos. Una sociedad liberal sería, pues, una sociedad relativista; sólo con esta condición podría permanecer libre y abierta al futuro». Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México). Noviembre 1996.)

New Age

«La reedición de religiones y cultos precristianos, que hoy se intenta con frecuencia, tiene muchas explicaciones. Si no existe la verdad común, vigente precisamente porque es verdadera, el cristianismo es sólo algo importado de fuera, un imperialismo espiritual que se debe sacudir con no menos fuerza que el político. Si en los sacramentos no tiene lugar el contacto con el Dios vivo de todos los hombres, entonces son rituales vacíos que no nos dicen nada ni nos dan nada; que, a lo sumo, nos permiten percibir lo numinoso, que reina en todas las religiones. Aún entonces, parece más sensato buscar lo originalmente propio, en lugar de dejarse imponer algo ajeno y anticuado. Pero, ante todo, si la ‘sobria ebriedad’ del misterio cristiano no puede embriagarnos de Dios, entonces hay que invocar la embriaguez real de éxtasis eficaces, cuya pasión arrebata y nos convierte -al menos por un instante- en dioses, y nos deja percibir por un momento el placer de lo infinito y olvidar la miseria de lo finito. Cuanto más manifiesta sea la inutilidad de los absolutismos políticos, tanto más fuerte será la atracción del irracionalismo, la renuncia a la realidad de lo cotidiano». Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México). Noviembre 1996.

Liturgia

«Las diversas fases de la reforma litúrgica han dejado que se introduzca la opinión de que la liturgia puede cambiarse arbitrariamente. De haber algo invariable, en todo caso se trataría de las palabras de la consagración; todo lo demás se podría cambiar. El siguiente pensamiento es lógico: si una autoridad central puede hacer esto, ¿por qué no también una instancia local? Y si lo pueden hacer las instancias locales, ¿por qué no en realidad la comunidad misma? Ésta se debería poder expresar y encontrar en la liturgia. Tras la tendencia racionalista y puritana de los años setenta e incluso de los ochenta, hoy se siente el cansancio de la pura liturgia hablada y se desea una liturgia vivencial que no tarda en acercarse a las tendencias del New Age: se busca lo embriagador y extático, y no la «logikè latreia», la «rationabilis oblatio» de que habla Pablo y con él la liturgia romana (Rom 12,1). Admito que exagero; lo que digo no describe la situación normal de nuestras comunidades. Pero las tendencias están ahí. Y por eso se nos ha pedido estar en vela, para que no se nos introduzca subrepticiamente un Evangelio distinto del que nos ha entregado el Señor -la piedra en lugar del pan». Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México). Noviembre 1996.

Teología de la Liberación

  • «Nos encontramos, en resumidas cuentas, en una situación singular: la teología de la liberación había intentado dar al cristianismo, cansado de los dogmas, una nueva praxis mediante la cual finalmente tendría lugar la redención. Pero esa praxis ha dejado tras de sí ruina en lugar de libertad. Queda el relativismo y el intento de conformarnos con él. Pero lo que así se nos ofrece es tan vacío que las teorías relativistas buscan ayuda en la teología de la liberación, para, desde ella, poder ser llevadas a la práctica». Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México). Noviembre 1996.
  • «No se puede tampoco localizar el mal principal y únicamente en las ‘estructuras’ económicas, sociales o políticas malas, como si todos los otros males se derivasen, como de su causa, de estas estructuras, de suerte que la creación de un ‘hombre nuevo’ dependiera de la instauración de estructuras económicas y sociopolíticas diferentes. Ciertamente hay estructuras inicuas y generadoras de iniquidades, que es preciso tener la valentía de cambiar. Frutos de la acción del hombre, las estructuras, buenas o malas, son consecuencias antes de ser causas. La raíz del mal reside, pues, en las personas libres y responsables, que deben ser convertidas por la gracia de Jesucristo, para vivir y actuar como criaturas nuevas, en el amor al prójimo, la búsqueda eficaz de la justicia, del dominio de sí y del ejercicio de las virtudes».

SU SANTIDAD SAN PIO V

Patrono de la Arquidiocesis de Colombia, fiesta 30 de abril

Bula Papal decretado por el Papa San Pío V en la ratificación del Concilio de Trento, que reafirmó el grave pecado de omitir o cambiar la forma del sacramento de la consagración, algo que, según el peso y Magisterial Poder del Concilio de Trento también pone en grave cuestión de la validez de la Nueva Misa de Pablo VI.

SOBRE DEFECTOS QUE PUEDEN OCURRIR EN LA CELEBRACIÓN DE LA MASA

I – Los defectos de los desaparecidos

  1. El sacerdote que es celebrar la Misa debe tomar todas las precauciones para asegurarse de que ninguna de las cosas necesarias para la celebración del sacramento de la Eucaristía no se encuentra. Un defecto puede ocurrir en relación con el asunto al ser consagrado, en lo que respecta a la forma que deben observarse y en relación con el ministro de consagrar. No hay sacramento si cualquiera de estos se encuentra desaparecido en la materia propia, la forma con la intención, y la ordenación sacerdotal del celebrante. Si estas cosas están presentes, el sacramento es válido, sin importar lo que está faltando. Hay otros defectos, sin embargo, que puede implicar el pecado o el escándalo, aun cuando no vayan en menoscabo de la validez del Sacramento.

II – Defectos de la cuestión

  1. Defectos en la parte de la materia podría proceder de la falta de los materiales necesarios. Lo que se requiere es la siguiente: el pan elaborado con harina de trigo, vino de uva, y la presencia de estos materiales antes de que el sacerdote en el momento de la Consagración.

III – Defecto de pan

  1. Si el pan no está hecho de harina de trigo, otros cereales o si tanto se mezcla con el trigo que ya no es pan de trigo, o si está adulterado de alguna otra manera, no hay Sacramento.
  2. Si el pan se ha hecho con agua de rosas o alguna otra destilación, la validez del sacramento es dudosa.
  3. Si el pan se ha comenzado a moho, pero no es corrupto, o si no es sin levadura, según la costumbre de la Iglesia latina, el sacramento es válido, pero el celebrante es culpable de pecado grave.
  4. Si los anuncios celebrante antes de la Consagración de que el anfitrión está dañado o que no está hecho de harina de trigo, que es sustituir esa máquina con otro, que la oferta por lo menos mentalmente y continuar desde donde lo dejó.
  5. Si se da cuenta de esto después de la Consagración, o incluso después de haber consumido el anfitrión, que es poner a otro host, que la oferta que el anterior y comenzar de la Consagración, es decir, de las palabras pateretur Qui quam pridie. Si no ha consumido el primer anfitrión, es para consumirla después de tomar el cuerpo y la sangre, o de reserva en alguna parte con reverencia. Si se ha comido ya el primer anfitrión, es sin embargo para consumir la que ha consagrado, porque el precepto de la realización del sacramento es más importante que el precepto del ayuno antes de la Comunión.
  6. Si esto sucede después de la Sangre se ha consumido, no sólo deben ser llevados nuevo pan, pero también el vino con agua. El sacerdote debe realizar la oferta, la de arriba, luego consagrar, comienza con las palabras pridie Qui. Luego se debe recibir de inmediato bajo las dos especies y continuar con la misa, por lo que el sacramento no se quede incompleta y para que el debido orden será observado.
  7. Si la hostia consagrada desaparece, ya sea por algún accidente, como una ráfaga de viento o por algún animal de tomarlo, y no se puede encontrar, y luego otro, será llamado santo, a partir de la pateretur quam Qui pridie, después de haber sido ofrecido como arriba .
  8. En los casos contemplados en los apartados 5-9 arriba, la elevación del Sacramento se omite, y todo está por hacer a fin de evitar, en la medida de lo posible, cualquier escándalo o sorpresa por parte de los fieles.

IV – Defecto del vino

  1. Si el vino se ha convertido en vinagre simples, o sea totalmente malo, o si ha sido elaborado con uva agria o verde, o si tanta agua se ha mezclado con lo que el vino está adulterado, no hay Sacramento.
  • Si el vino ha empezado a transformar en vinagre o se corrompen, o si es más acuciante, o si es fermentado, hecho a partir de uvas recién planchada, o si no se ha mezclado con agua, o si ha sido contradictorios con agua de rosas o alguna otra de destilación, el sacramento es válido, pero el celebrante es culpable de pecado grave.
  • Si los anuncios celebrante antes de la consagración de la Sangre, aunque el cuerpo ya ha sido consagrada, que no hay vino en el cáliz, o nada de agua, o vino ni el agua, inmediatamente se debe poner en el vino y el agua, hacen que el ofreciendo como por encima y por consagrar, comienza con las palabras Modo Simili, etc
  • Si después de las palabras de la consagración se da cuenta de que no había vino en el cáliz, pero sólo agua, es verter el agua en algún barco, coloque el vino y el agua en el cáliz y la consagran, partiendo de nuevo de las palabras Modo Simili, etcétera
  • Si se da cuenta de esto después de consumir el cuerpo, o después de beber el agua en cuestión, que es establecer otro host para ser consagrado, junto con el vino y el agua en el cáliz, la oferta tanto, consagrar ellos y los consuma, a pesar de que es no ayunar.
  • En los casos contemplados en los párrafos 13-15 supra, la elevación del Sacramento se omite, y todo está por hacer a fin de evitar, en la medida de lo posible, cualquier escándalo o sorpresa por parte de los fieles.
  • Si él se entera, antes o después de la consagración, que el vino es completamente vinagre o corruptos de lo contrario, es seguir el mismo procedimiento que el anterior, como si se llegara a comprobar que no había sido objeto de vino en el cáliz, o que sólo el agua se había puesto pulg
  • Si el celebrante recuerda antes de la consagración del cáliz que no había agua añadida, que es poner algo de una vez y decir las palabras de la Consagración. Si se acuerda de esto después de la consagración del cáliz, que no consiste en añadir el agua, porque el agua no es necesario el sacramento.
  • Si un defecto ya sea de pan o de vino se descubre antes de la consagración del Cuerpo, y el material necesario no se puede obtener de cualquier manera, el sacerdote no debe continuar más allá. Si después de la consagración del Cuerpo, o incluso del vino, un defecto en cualquiera de las especies se descubre, y el material necesario no se puede obtener de cualquier manera, el sacerdote debe proseguir y concluir la Misa, si el material defectuoso ya ha sido consagrado , omitiendo las palabras y signos que pertenecen a la especie defectuosa. Pero si el material necesario se puede obtener con algún pequeño retraso, deberá esperar, para que el sacramento no puede seguir siendo incompleta.

V – Defectos de forma

  1. Defectos en la parte del formulario puede surgir si falta alguno de los términos necesarios para completar el acto de consagración. Ahora las palabras de la Consagración, que son la forma de este sacramento, son los siguientes:

Hoc est Corpus meum ENIM, y HIC EST ENIM CALIX sanguinis MEI, NOVI ET Aeterni testamenti: Mysterium FIDEI: QUI PRO vobis ET PRO Multis EFFUNDETUR EN peccatorum REMISSIONEM
Si el sacerdote se para acortar o cambiar la forma de la consagración del cuerpo y la sangre, de modo que en la modificación de la redacción de las palabras no significan lo mismo, no sería el logro de un sacramento válido. Si, por el contrario, tuviera que añadir o quitar algo que no cambió el significado, el sacramento sea válido, pero se estaría cometiendo un pecado grave.
21. Si el celebrante no recuerda haber dicho las palabras habituales en la Consagración, no por lo que deben estar preocupados. Sin embargo, si está seguro de que omitió algo necesario para el sacramento, es decir, la forma de la consagración o de una parte de él, es repetir la fórmula y continuar desde allí. Si él piensa que es muy probable que él omite algo esencial, que es repetir la fórmula condicional, aunque la condición no será necesario expresar. Pero si lo que se omite, no es necesario el sacramento, no es repetir nada, simplemente se debe seguir la misa

VI – Defectos de la ministra

  1. Los defectos por parte del ministro pueda surgir con respecto a las cosas necesarias en él. Estos son: en primer lugar, la intención, entonces la disposición de ánimo, la disposición corporal, la disposición de las vestiduras, la disposición en el mismo rito en relación con las cosas que se pueden producir en ella.

VII – Defecto de la intención de

  1. La intención de consagrar se requiere. Por lo tanto no hay consagración en los siguientes casos: cuando un sacerdote no tiene la intención de consagrar, pero sólo para hacer un simulacro, cuando algunos hosts permanecen olvidados en el altar por el sacerdote, o cuando se oculta una parte del vino o de acogida algunos, ya que el sacerdote tiene la intención de consagrar sólo lo que está en el cabo, cuando un sacerdote tiene once anfitriones ante él y tiene la intención de consagrar a tan sólo diez, sin determinar qué quiere decir diez de consagrar. Por otro lado, si cree que hay diez, pero tiene la intención de consagrar todo lo que tiene delante de él, entonces todo estará consagrada. Por esta razón todos los sacerdotes deben tener siempre esa intención, a saber, la intención de consagrar todas las máquinas que se han colocado en el cabo delante de él para la consagración.
  • Si el sacerdote piensa que él está llevando a cabo una acogida pero descubre después de la consagración que había dos ejércitos pegadas, que es consumir tanto cuando llegue el momento. Si después de recibir el Cuerpo y la Sangre, o incluso después de la ablución, se encuentra con otras piezas de consagrados, grandes o pequeños, es para consumirlos, ya que pertenecen al mismo sacrificio.
  • Sin embargo, si una hostia consagrada se deja todo, es para ponerlo en el sagrario con los otros que están allí, si esto no se puede hacer, que es lo consumen.
  • Puede ser que la intención no es real en el momento de la Consagración porque el sacerdote deja que su mente divague, pero a la vez virtual, desde que ha llegado al altar con la intención de hacer lo que hace la Iglesia. En este caso, el sacramento es válido. El sacerdote debe tener cuidado, sin embargo, para que su intención real también.

VIII – Defectos de la disposición del alma

  1. Si un sacerdote celebra la misa en un estado de pecado mortal o bajo alguna sanción eclesiástica, se celebra un sacramento válido, pero que peca más gravemente.

IX – Defectos de la disposición del cuerpo

  1. Si un sacerdote no ha sido un ayuno de al menos una hora antes de la Comunión, no podrá celebrar. El consumo de agua, sin embargo, no rompe el ayuno.
  • Los enfermos, a pesar de que no se postrado en la cama, puede tomar líquidos sin alcohol, así como verdadera y propia medicina, ya sea líquido o sólido, antes de la celebración de la Misa, sin límite de tiempo.
  • Los sacerdotes que pueden hacerlo son invitados a observar con seriedad la forma antigua y venerable del ayuno eucarístico antes de la Misa

X – Los defectos que ocurren en la celebración del rito mismo

  1. Los defectos pueden ocurrir también en el rendimiento del propio rito, si alguno de los elementos requeridos que falta, como en los siguientes casos: si la misa se celebra en un lugar que no es sagrado, o no autorizados legalmente, o en un altar no consagrada, o que no estén cubiertos con tres paños, y si no hay velas de cera, y si no es el momento adecuado para celebrar la Santa Misa, que es de una hora antes del amanecer hasta una hora después del mediodía en circunstancias normales, a menos que algún otro momento esté establecido o permitido para ciertas misas, y si el sacerdote no lleva puesto alguno de los ornamentos sacerdotales, y si los ornamentos sacerdotales y los manteles de altar no ha sido bendecido, si no hay presente ni clérigo cualquier otro hombre o un niño al servicio de la Misa, si hay no es un cáliz, con una taza de oro o de plata con el interior bañado en oro, y si la patena no es chapado en oro, y si tanto cáliz y la patena no son consagrados por un obispo, no si el cabo está limpio (y el corporales no deben ser de lino, decorada en el centro con seda o de oro, y tanto corporales como manto que bendito sea), si el sacerdote celebra la misa con la cabeza cubierta, sin una dispensa para hacerlo, y si no hay presente misal, a pesar de que el sacerdote puede saber de memoria la Misa tiene la intención de decir.
  • Si, mientras el sacerdote celebra la misa, la iglesia es violada antes de que él ha llegado a la Canon, la Misa debe interrumpirse el tratamiento, si después de la Canon, no debe interrumpirse el tratamiento. Si existe el temor de un ataque de enemigos, o de una inundación o de la caída del edificio donde la misa se celebra, la Misa debe interrumpirse el tratamiento si es antes de la Consagración, y si este temor surge después de la consagración, sin embargo , el sacerdote puede omitir todo lo demás y seguir a la vez a la recepción del sacramento.
  • Si antes de la consagración el sacerdote se enferma gravemente o se desmaya, o se muere, la Misa se interrumpe. Si esto ocurre después de la consagración del cuerpo solo y antes de la consagración de la sangre, o después de que ambos han sido consagrados, la Misa debe ser completado por otro sacerdote del lugar donde el sacerdote se detuvo primero, y en caso de necesidad, incluso por un sacerdote que no esté en ayunas. Si el primer sacerdote no ha muerto, pero se ha convertido en enfermo y aún es capaz de recibir la Comunión, y no hay otro host consagrada a la mano, el sacerdote que está terminando la misa debe dividir el anfitrión, dar una parte al sacerdote enfermo y consumen por otra parte él mismo. Si el sacerdote ha muerto después de media-diciendo que la fórmula de la consagración del Cuerpo, entonces no hay consagración y sin necesidad de otro sacerdote para completar la Misa Si, por otra parte, el sacerdote ha muerto después de media-diciendo que el fórmula de la consagración de la Sangre, a continuación, otro sacerdote es terminar la Misa, la repetición de la fórmula completa sobre el mismo cáliz de las palabras Modo Simili, est cenatum Postquam, o se puede decir la fórmula completa sobre otro cáliz que se ha preparado, y consumir el primer sacerdote de acogida y de la sangre consagrada por él mismo, y luego el cáliz que se quedó a medio consagrada.
  • Si alguien deja de consumir el Sacramento conjunto, aparte de los casos de necesidad de este tipo, se hace culpable del pecado muy grave.
  • Si antes de la consagración de una mosca o una araña o cualquier otra cosa cae en el cáliz, el sacerdote es verter el vino en un lugar adecuado, pon otro vino en el cáliz, agregue un poco de agua, la oferta que, como antes, y continuar con el Si la misa después de la consagración de una mosca o algo por el estilo cae en el cáliz, que es llevarlo a cabo, lávelo con el vino, grabarla después de la Misa ha terminado, y tirar las cenizas y el vino que fue usado para el lavado en el sagrario.
  • Si algo cae venenosas en el cáliz después de la consagración, o algo que pueda causar vómitos, el vino consagrado es que se vierte en otro cáliz, con adición de agua hasta que el cáliz está lleno, por lo que la especie de vino se disolverá, y esto el agua se derramó en el sagrario. Los demás vinos, junto con agua, se trata de ejercitar y consagrada.
  • Si toca algo venenoso la hostia consagrada, el sacerdote es para consagrar otro y consumen en la forma en que se ha explicado, mientras que el primer huésped es que se ponga en un cáliz lleno de agua y se eliminará como se explicó en relación con la sangre en el apartado 36.
  • Si la partícula de la hostia en el cáliz se mantiene cuando se consume la sangre, es para ponerla al borde de la taza con el dedo y consumir antes de la purificación, o de lo contrario es verter el agua y consumen con el agua.
  • Si antes de la Consagración de acogida se encuentra que está roto, es para ser consagrado de todos modos, a menos que la gente puede ver claramente que está roto. Pero si puede haber escándalo para el pueblo, otro host es que deben tomarse y ofrecidos. Si el host roto ya se ha ofrecido, el sacerdote es para consumirla después de la ablución. Si el host se ve que es roto antes de las ofrendas sin embargo, otro host completo es que se tomen, si esto puede hacerse sin escándalo y sin un gran retraso.
  • Si la hostia consagrada cae en el cáliz, no hay nada que se repita en esa cuenta, pero el sacerdote es continuar con la misa, realizando las ceremonias y toma de los signos habituales de la Cruz con la parte del host que no es humedecido con el Sangre, si puede hacerlo cómodamente. Pero si a toda la muchedumbre se ha mojado, no es para llevarlo a cabo: es decir todo como siempre, omitiendo los signos de la Cruz que se refieren a la máquina sola, y él es consumir el Cuerpo y la Sangre de forma conjunta, firmaba con el cáliz, diciendo: Corpus Domini nostri et Sanguis, etc
  • Si la sangre se congela en el cáliz en época de invierno, el cáliz se envolvió en pañales, que se han calentado. Si esto no es suficiente, se debe colocar en agua hirviendo cerca del altar hasta que la sangre se derrite, pero se debe tener cuidado de que ninguno de el agua se mete en el cáliz.
  • Si alguno de la Sangre de Cristo cae, si es sólo una gota más o menos, no será necesario proceder a salvo a verter un poco de agua sobre las gotas se derrama y se seca después con un purificador. Si se ha derramado más, el cabo o el mantel del altar o en otro lugar debe ser lavada de la mejor manera posible, y el agua es entonces que se vierte en el sagrario.
  • Si, sin embargo, toda la sangre se derrama después de la consagración, es poco lo que queda es para ser consumido, y el procedimiento descrito arriba para seguir con el resto que se ha derramado. Pero si ninguno en absoluto sigue siendo, el sacerdote es poner vino y agua en el cáliz de nuevo y consagrarse de las palabras Modo Simili, est cenatum Postquam, etc, después de la primera realización de una ofrenda del cáliz, como arriba.
  • Si alguien vomita la Eucaristía, el vómito es de ser recogidos y eliminados en un lugar decente.
  • Si una hostia consagrada o cualquier partícula de este cae al suelo o el piso, es que deben abordarse con reverencia, un poco de agua se vierte sobre el lugar donde cayó, y el lugar se ha de secar con un purificador. Si cae en la ropa, la ropa no necesita ser lavada. Si cae en la ropa de una mujer, la mujer es tomar la partícula y la consume.
  • Los defectos pueden ocurrir en la celebración del rito mismo también si el sacerdote no sabe los ritos y ceremonias que deben observarse, todos los cuales se han descrito en las rúbricas anteriores.

DE DEFECTIBUS Papal Bull decreed by Pope Saint Pius V in ratifying the Council of Trent which reaffirmed the serious sin of omitting or changing the Form of the Sacrament at the Consecration, something that, according to the weight and Magisterial Power of the Council of Trent also calls into serious question the validity of the New Mass of Paul VI.     ON DEFECTS THAT MAY OCCUR IN THE CELEBRATION OF MASS
I – Defects of the Missing 1. The priest who is to celebrate Mass should take every precaution to make sure that none of the things required for celebrating the Sacrament of the Eucharist is missing. A defect may occur with regard to the matter to be consecrated, with regard to the form to be observed and with regard to the consecrating minister. There is no Sacrament if any of these is missing: the proper matter, the form, including the intention, and the priestly ordination of the celebrant. If these things are present, the Sacrament is valid, no matter what else is lacking. There are other defects, however, which may involve sin or scandal, even if they do not impair the validity of the Sacrament.
II – Defects of the matter 2. Defects on the part of the matter may arise from some lack in the materials required. What is required is this: bread made from wheat flour, wine from grapes, and the presence of these materials before the priest at the time of the Consecration.
III – Defect of bread3. If the bread is not made of wheat flour, or if so much other grain is mixed with the wheat that it is no longer wheat bread, or if it is adulterated in some other way, there is no Sacrament. 4. If the bread has been made with rose-water or some other distillation, the validity of the Sacrament is doubtful. 5. If the bread has begun to mold, but it is not corrupt, or if it is not unleavened according to the custom of the Latin Church, the Sacrament is valid but the celebrant is guilty of grave sin.6. If the celebrant notices before the Consecration that the host is corrupt or that it is not made of wheat flour, he is to replace that host with another, make the offering at least mentally and continue from where he left off.7. If he notices this after the Consecration, or even after having consumed the host, he is to put out another host, make the offering as above and begin from the Consecration, namely from the words Qui pridie quam pateretur. If he has not consumed the first host, he is to consume it after taking the Body and the Blood, or else reserve it somewhere with reverence. If he has already consumed the first host, he is nevertheless to consume the one that he has consecrated, because the precept of completing the Sacrament is more important than the precept of fasting before Communion.8. If this should happen after the Blood has been consumed, not only should new bread be brought, but also wine with water. The priest should first make the offering, as above, then consecrate, beginning with the words Qui pridie. Then he should immediately receive under both species and continue the Mass, so that the Sacrament will not remain incomplete and so that due order will be observed.9. If the consecrated host disappears, either by some accident such as a gust of wind or by some animal’s taking it, and it cannot be found, then another is to be consecrated, beginning from the Qui pridie quam pateretur, having first been offered as above.10. In the cases referred to in paragraphs 5-9 above, the elevation of the Sacrament is to be omitted, and everything is to be done so as to avoid, as far as possible, any scandal or wonderment on the part of the faithful.
IV – Defect of wine11. If the wine has become mere vinegar, or is completely bad, or if it has been made from sour or unripe grapes, or if so much water has been mixed with it that the wine is adulterated, there is no Sacrament.12. If the wine has begun to turn to vinegar or to become corrupt, or if it is souring, or if it is unfermented, being made from newly pressed grapes, or if it has not been mixed with water, or if it has been mixed with rose-water or some other distillation, the Sacrament is valid, but the celebrant is guilty of grave sin.
  1. If the celebrant notices before the consecration of the Blood, even if the Body has already been consecrated, that there is no wine in the chalice, or no water, or neither wine nor water, he should immediately put in wine and water, make the offering as above and consecrate, beginning with the words Simili modo, etc.
  2. If after the words of the Consecration he notices that there was no wine in the chalice, but only water, he is to pour the water into some vessel, put wine and water into the chalice and consecrate, starting again from the words Simili modo, etc.
  3. If he notices this after consuming the Body, or after drinking the water in question, he is to set out another host to be consecrated, together with wine and water in the chalice, offer both, consecrate them and consume them, even though he is not fasting.
  4. In the cases referred to in paragraphs 13-15 above, the elevation of the Sacrament is to be omitted, and everything is to be done so as to avoid, as far as possible, any scandal or wonderment on the part of the faithful.
  5. If he finds out, before or after the Consecration, that the wine is completely vinegar or otherwise corrupt, he is to follow the same procedure as above, as if he were to find that no wine had been put into the chalice, or that only water had been put in.
  6. If the celebrant remembers before the consecration of the chalice that there was no water added, he is to put some in at once and say the words of the Consecration. If he remembers this after the consecration of the chalice, he is not to add any water, because the water is not necessary to the Sacrament.
  7. If a defect either of bread or of wine is discovered before the consecration of the Body, and the material needed cannot be obtained in any way, the priest should not continue any further. If after the consecration of the Body, or even of the wine, a defect in either species is discovered, and the material needed cannot be obtained in any way, then the priest should continue and complete the Mass if the defective material has already been consecrated, omitting the words and signs that pertain to the defective species. But if the material needed can be obtained with some little delay, he should wait, in order that the Sacrament may not remain incomplete.
    V – Defects of the form
  8. Defects on the part of the form may arise if anything is missing from the complete wording required for the act of consecrating. Now the words of the Consecration, which are the form of this Sacrament, are:

HOC EST ENIM CORPUS MEUM, and HIC EST ENIM CALIX SANGUINIS MEI, NOVI ET AETERNI TESTAMENTI: MYSTERIUM FIDEI: QUI PRO VOBIS ET PRO MULTIS EFFUNDETUR IN REMISSIONEM PECCATORUMIf the priest were to shorten or change the form of the consecration of the Body and the Blood, so that in the change of wording the words did not mean the same thing, he would not be achieving a valid Sacrament. If, on the other hand, he were to add or take away anything which did not change the meaning, the Sacrament would be valid, but he would be committing a grave sin.

  1. If the celebrant does not remember having said the usual words in the Consecration, he should not for that reason be worried. If, however, he is sure that he omitted something necessary to the Sacrament, that is, the form of the Consecration or a part of it, he is to repeat the formula and continue from there. If he thinks it is very likely that he omitted something essential, he is to repeat the formula conditionally, though the condition need not be expressed. But if what he omitted is not necessary to the Sacrament, he is not to repeat anything; he should simply continue the Mass.
    VI – Defects of the minister
  • Defects on the part of the minister may arise with regard to the things required in him. These are: first of all the intention, then the disposition of soul, the bodily disposition, the disposition of vestments, the disposition in the rite itself with regard to the things that may occur in it.
    VII – Defect of intention
  • The intention of consecrating is required. Therefore there is no consecration in the following cases: when a priest does not intend to consecrate but only to make a pretense; when some hosts remain on the altar forgotten by the priest, or when some part of the wine or some host is hidden, since the priest intends to consecrate only what is on the corporal; when a priest has eleven hosts before him and intends to consecrate only ten, without determining which ten he means to consecrate. On the other hand, if he thinks there are ten, but intends to consecrate all that he has before him, then all will be consecrated. For that reason every priest should always have such an intention, namely the intention of consecrating all the hosts that have been Placed on the corporal before him for consecration.
  • If the priest thinks that he is holding one host but discovers after the Consecration that there were two hosts stuck together, he is to consume both when the time comes. If after receiving the Body and Blood, or even after the ablution, he finds other consecrated pieces, large or small, he is to consume them, because they belong to the same sacrifice.
  • If, however, a whole consecrated host is left, he is to put it into the tabernacle with the others that are there; if this cannot be done, he is to consume it.
  • It may be that the intention is not actual at the time of the Consecration because the priest lets his mind wander, yet is still virtual, since he has come to the altar intending to do what the Church does. In this case the Sacrament is valid. A priest should be careful, however, to make his intention actual also.
    VIII – Defects of the disposition of soul
  • If a priest celebrates Mass in a state of mortal sin or under some ecclesiastical penalty, he does celebrate a valid Sacrament, but he sins most grievously.
    IX – Defects of the disposition of body
  • If a priest has not been fasting for at least one hour before Communion, he may not celebrate. The drinking of water, however, does not break the fast.
  • The sick, even though they are not bed-ridden, may take non-alcoholic liquids as well as true and proper medicine, whether liquid or solid, before the celebration of Mass, without any time limit.
  • Priests who can do so are earnestly invited to observe the ancient and venerable form of the Eucharistic fast before Mass.
    X – Defects occurring in the celebration of the rite itself
  • Defects may occur also in the performance of the rite itself, if any of the required elements is lacking, as in the following cases: if the Mass is celebrated in a place that is not sacred, or not lawfully approved, or on an altar not consecrated, or not covered with three cloths; if there are no wax candles; if it is not the proper time for celebrating Mass, which is from one hour before dawn until one hour after noon under ordinary circumstances, unless some other time is established or permitted for certain Masses; if the priest fails to wear some one of the priestly vestments; if the priestly vestments and the altar cloths have not been blessed; if there is no cleric present nor any other man or boy serving the Mass; if there is not a chalice, with a cup of gold, or of silver with the inside gold-plated; if the paten is not gold-plated; if both chalice and paten are not consecrated by a bishop; if the corporal is not clean (and the corporal should be of linen, not decorated in the middle with silk or gold; and both corporal and pall should be blessed); if the priest celebrates Mass with his head covered, without a dispensation to do so; if there is no missal present, even though the priest may know by heart the Mass he intends to say.
  • If, while the priest is celebrating Mass, the church is violated before he has reached the Canon, the Mass is to be discontinued; if after the Canon, it is not to be discontinued. If there is fear of an attack by enemies, or of a flood or of the collapse of the building where the Mass is being celebrated, the Mass is to be discontinued if it is before the Consecration; if this fear arises after the Consecration, however, the priest may omit everything else and go on at once to the reception of the Sacrament.
  • If before the Consecration the priest becomes seriously ill, or faints, or dies, the Mass is discontinued. If this happens after the consecration of the Body only and before the consecration of the Blood, or after both have been consecrated, the Mass is to be completed by another priest from the place where the first priest stopped, and in case of necessity even by a priest who is not fasting. If the first priest has not died but has become ill and is still able to receive Communion, and there is no other consecrated host at hand, the priest who is completing the Mass should divide the host, give one part to the sick priest and consume the other part himself. If the priest has died after half-saying the formula for the consecration of the Body, then there is no Consecration and no need for another priest to complete the Mass. If, on the other hand, the priest has died after half- saying the formula for the consecration of the Blood, then another priest is to complete the Mass, repeating the whole formula over the same chalice from the words Simili modo, postquam cenatum est; or he may say the whole formula over another chalice which has been prepared, and consume the first priest’s host and the Blood consecrated by himself, and then the chalice which was left half-consecrated.
  • If anyone fails to consume the whole Sacrament aside from cases of necessity of this kind, he is guilty of very grave sin.
  • If before the Consecration a fly or spider or anything else falls into the chalice, the priest is to pour out the wine in a suitable place, put other wine into the chalice, add a little water, offer it, as above, and continue the Mass. If after the Consecration a fly or something of the kind falls into the chalice, he is to take it out, wash it with wine, burn it after the Mass is over, and throw the ashes and the wine which was used for washing into the sacrarium.
  • If something poisonous falls into the chalice after the Consecration, or something that would cause vomiting, the consecrated wine is to be poured into another chalice, with water added until the chalice is full, so that the species of wine will be dissolved; and this water is to be poured out into the sacrarium. Other wine, together with water, is to be brought and consecrated.
  • If anything poisonous touches the consecrated host, the priest is to consecrate another and consume it in the way that has been explained, while the first host is to be put into a chalice full of water and disposed of as was explained regarding the Blood in paragraph 36 above.
  • If the particle of the host remains in the chalice when he consumes the Blood, he is to bring it to the edge of the cup with his finger and consume it before the purification, or else he is to pour water in and consume it with the water.
  • If before the Consecration the host is found to be broken, it is to be consecrated anyway, unless the people can see plainly that it is broken. But if there may be scandal for the people, another host is to be taken and offered. If the broken host has already been offered, the priest is to consume it after the ablution. If the host is seen to be broken before the offerings however, another complete host is to be taken, if this can be done without scandal and without a long delay.
  • If the consecrated host falls into the chalice, nothing is to be repeated on that account, but the priest is to continue the Mass, performing the ceremonies and making the usual signs of the Cross with the part of the host that is not moistened with the Blood, if he can conveniently do so. But if the entire host has become wet, he is not to take it out; he is to say everything as usual, omitting the signs of the Cross that pertain to the host alone, and he is to consume the Body and the Blood together, signing himself with the chalice and saying: Corpus et Sanguis Domini nostri, etc.
  • If the Blood freezes in the chalice in winter time, the chalice should be wrapped in cloths that have been warmed. If this is not enough, it should be placed in boiling water near the altar until the Blood melts, but care should be taken that none of the water gets into the chalice.
  • If any of the Blood of Christ falls, if it is only a drop or so, nothing need be done except to pour a little water over the spilled drops and dry it afterwards with a purificator. If more has been spilled, the corporal or the altar cloth or other place is to be washed in the best way possible, and the water is then to be poured into the sacrarium.
  • If, however, all the Blood is spilled after the Consecration, the little that remains is to be consumed, and the procedure described above is to be followed with the rest which has been spilled. But if none at all remains, the priest is to put wine and water into the chalice again and consecrate from the words Simili modo, postquam cenatum est, etc., after first making an offering of the chalice, as above.
  • If anyone vomits the Eucharist, the vomit is to be gathered up and disposed of in some decent place.
  • If a consecrated host or any particle of it falls to the ground or floor, it is to be taken up reverently, a little water is to be poured over the place where it fell, and the place is to be dried with a purificator. If it falls on clothing, the clothing need not be washed. If it falls on a woman’s clothing, the woman herself is to take the particle and consume it.
  • Defects may occur in the celebration of the rite itself also if the priest does not know the rites and ceremonies to be observed, all of which have been fully described in the above rubrics.

“Mediator Dei”
Sobre la Sagrada Liturgia
20 de noviembre de 1947

SU SANTIDAD PIO XII

 SU SANTIDAD PIO XII

A los Venerables Hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica

Venerables Hermanos Salud y Bendición Apostólica.

INTRODUCCIÓN

I. Los fundamentos de nuestra liturgia

A). NOTA LITÚRGICA DE LA REDENCIÓN

1. «El mediador entre Dios y los, hombres» (I Tim., 2, 5), el gran Pontífice que penetró en las cielos, Jesús, el Hijo de Dios, al asumir la obra de Misericordia, mediante la cual enriquece al género humano con beneficios sobrenaturales, deseó sin duda restablecer entre las hombres y su Creador aquélla relación de orden -que el pecado había perturbado y conducir de nuevo la mísera descendencia de Adán, manchada por el pecado original, al Padre celestial, primer principio y último fin.

2. Y por esto durante su morada en la tierra, no sólo anunció el comienzo de la Redención y declaró inaugurado el Reino de Dios, sino que se dedicó de lleno a procurar la salvación de las almas con el continuo ejercicio de la oración y su propio sacrificio, hasta que en la cruz se ofreció Víctima Inmaculada a Dios para limpiar nuestra conciencia de las obras muertas, para servir al Dios vivo.

3. Así todos los hombres, felizmente rescatados del camino que los arrastraba a la ruina y a la perdición, fueron nuevamente encaminados a Dios a fin de que con su colaboración personal al logro de la propia santificación, fruto de la Sangre del Cordero inmaculado, diesen a Dios la gloria que le es debida.

B). CONTINUACIÓN EN LA IGLESIA

4. El divino Redentor quiso también que la vida sacerdotal iniciada por El en su cuerpo mortal con sus plegarias y su sacrificio, no cesase en el transcurso de los siglos en su Cuerpo místico, que es la Iglesia; y por esto instituyó un sacerdocio visible, para ofrecer en todas partes la oblación pura, a fin de que todos los hombres, del Oriente al Occidente, libres del pecado, sirviesen espontánea y voluntariamente a Dios, por deber de conciencia.

5. La Iglesia, pues, fiel al mandato recibido de su Fundador, continúa el oficio sacerdotal de Jesucristo, sobre todo por medio de la Sagrada Liturgia. Esto lo hace en primer lugar en el Altar, donde es perpetuamente representado y renovado el Sacrificio de la Cruz, con la sola diferencia del modo de ofrecer; después con los Sacramentos, que son instrumentos especiales, por los cuales los hombres participan en la vida sobrenatural; y, por último, con el cotidiano tributo de alabanzas ofrecidas a Dios Optimo Máximo.

6. «¡Qué gozoso espectáculo! -decía Nuestro predecesor Pío XI, de feliz memoria- ofrece al cielo y a la tierra la Iglesia orante, cuando continuamente, durante todos los días y todas las noches, se cantan en la tierra los Salmos escritos por inspiración divina: no quedando hora alguna del día, que no esté consagrada con una Liturgia propia; ni edad de la vida humana, que no tenga su puesto en la acción de gracias, en las alabanzas, en las preces, en las aspiraciones de esta plegaria común del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia» (1).

PRIMERA PARTE

NATURALEZA, ORIGEN Y PROGRESO DE LA LITURGIA

I. La Liturgia, culto público

A) DEBER DE RELIGIÓN EN LOS HOMBRES

18. El deber fundamental del hombre es, indudablemente, el de orientarse hacia Dios a sí mismo y a su propia vida. «A El, en efecto, debemos principalmente unirnos como indefectible principio al que debe orientarse constantemente nuestra elección como a último fin, que por negligencia perdemos pecando y que debemos reconquistar por la fe y creyendo en El» (2).

19. Ahora bien, el hombre se vuelve ordenadamente a Dios cuando reconoce su suprema majestad y su supremo magisterio, cuando acepta con sumisión las verdades divinamente reveladas, cuando observa religiosamente sus leyes, cuando hace converger en El todas sus actividades, cuando -para decirlo brevemente- presta mediante la virtud de la religión el debido culto al único y verdadero Dios.

20. Este es un deber que obliga ante todo a cada uno de los hombres en singular, pero es también un deber colectivo de toda la comunidad humana, unida entre sí con vínculos sociales, porque también ella depende de la suprema autoridad de Dios.

B) RECONOCIMIENTO DE ESTE DEBER EN TODOS LOS TIEMPOS

1.° Razón de esta universalidad.

21. Hemos de advertir que los hombres se encuentran ligados por este deber, por haberlos Dios elevado a un orden sobrenatural.

2.° En el Antiguo Testamento.

22. Así, si consideramos a Dios como autor de la Antigua Ley, le vemos proclamar también preceptos rituales y determinar exactamente las normas que el pueblo debe observar al rendirle el legítimo culto. Estableció, pues, varios sacrificios y designó varias ceremonias, con arreglo a las cuales debían realizarse, y determinó claramente lo que se refería al Arca de la Alianza, al Templo y a los días festivos; designó la tribu sacerdotal y al Sumo Sacerdote, indicó y describió las ropas a usar por los ministros sagrados y cuantas cosas más tenían relación con el culto divino.

23. Ahora bien, este culto no era otra cosa que la sombra del que el Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento había de rendir al Padre celestial.

3 ° En el Nuevo Testamento.

a) Jesús.

24. Y en verdad, apenas «el Verbo se hizo carne» (Juan, 1, 14), se manifiesta al mundo en su oficio sacerdotal, haciendo un acto de sumisión al Padre eterno, acto de sumisión que había de durar toda su vida («entrando en este mundo, dice…Heme aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad…») (Hebr. 10,5-7) y que había de ser consumado en el sacrificio cruento de la cruz: «En virtud de esta voluntad somos nosotros santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo, hecha una sola vez» (Heb. 10, 10).

25. Toda su actividad entre los hombres no tiene otro fin. De niño, es presentado en el Templo al Señor; de adolescente, vuelve a él; más tarde, acude allí a menudo para instruir al pueblo y para orar. Antes de iniciar el ministerio público, ayuna durante cuarenta días, y con su consejo y su ejemplo exhorta a todos que oren, lo mismo de día que de noche. Como maestro de verdad «ilumina a todas los hombres» (Juan, 1, 9) para que los mortales reconozcan debidamente al Dios inmortal y no «se oculten para perdición, Sino que perseveren fieles para ganar el alma» (Hebr. 10. 39). Cómo pastor, pues, gobierna, a su grey, la conduce a los pastos de la vida y le da una Ley que observar para que ninguno se separe de El y del camino recto que El ha señalado; sino que todos vivan santamente bajo su influjo y su acción. En la última Cena, con rito y aparato solemnes, celebra la nueva Pascua y establece su continuación, mediante la institución divina de la Eucaristía; al día siguiente, levantado entre el cielo y la tierra, ofrece el Sacrificio de su vida; y de su pecho traspasado hace en cierto modo brotar los Sacramentos que repartan a las almas los tesoros de la Redención. Al hacer esto, tiene como único fin la gloria del Padre y la santificación cada vez mayor, del hombre.

b) Continuación en la Iglesia

1. Cristo e Iglesia

26. Entrando después en la sede de la santidad celestial, quiere que él culto por El instituido y practicado durante su vida terrenal continúe ininterrumpidamente, ya que El no ha dejado huérfano al género humanó, sino qué; igual que lo asiste con su continuo y valioso patrocinio, haciéndose nuestro abogado en el cielo cerca del Padre, así lo ayuda, mediante su Iglesia, en la cual está indefectiblemente presente en el curso de los siglos. Iglesia que EL ha constituido columna de la verdad y dispensadora de la gracia y que, con el sacrificio de la Cruz, fundó, consagró y confirmó para toda la eternidad.

27. La Iglesia, pues, tiene en común con el Verbo encarnado, el fin; la tarea y la función de enseñar a todos la verdad, regir y gobernar a los hombres, ofrecer á Dios sacrificios aceptables y gratos, y así restablecer entré el Creador y las criaturas aquélla unión y armonía que el Apóstol de los gentiles indica claramente con estas palabras: «Por tanto, ya no sois extranjeros u huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el fundamento de los Apóstoles y de los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, en quien vosotros también sois edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efes. 2, 19-22)). Por esto la sociedad fundada por el divino Redentor no tiene otro fin, sea con su doctrina y su gobierno, sea con el sacrificio y los sacramentos por El instituidos, sea, por fin, con el ministerio que El le confió, con sus plegarias y su sangre, que el de crecer y dilatarse cada vez más; lo que sucede cuando Cristo es edificado y dilatado en las almas de los mortales y cuando inversamente las almas de los mortales son edificadas y dilatadas en Cristo, de manera que en este destierro terrenal prospere el templo en que la divina majestad recibe el culto grato y legítimo.

28. En toda acción litúrgica, por tanto, juntamente con la Iglesia, está presente su Divino Fundador. Cristo está presente en el Augusto Sacramento del Altar, bien en la persona de su ministro, bien, principalmente, bajo las especies eucarísticas; está presente en los Sacramentos con la virtud que en ellos transfunde para que sean instrumentos eficaces de santidad; está presente, por fin, en las alabanzas y en las súplicas dirigidas a Dios, cama está escrito: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18, 20).

29. La Sagrada Liturgia es, por tanto, el culto público que nuestro Redentor rinde al Padre como Cabeza de la Iglesia, y es el culto que la sociedad de los fieles rinde a su Cabeza, y, por medio de ella, al Padre eterno; es, para decirlo en pocas palabras, el culto integral del Cuerpo místico de Jesucristo; esto es, de la Cabeza y de sus miembros.

2. Práctica de esta doctrina

30. La acción litúrgica se inicia con la misma fundación de la Iglesia. Los primeros cristianos, en efecto, «perseveran en oír la enseñanza de los Apóstoles, y en la unión en la fracción del pan y en la oración» (Act. 2, 42). En todas partes donde los pastores pueden reunir un grupo de fieles, erigen un altar, sobre el que ofrecen el sacrificio, y en torno de éste son establecidos otros ritos adecuados a la salvación de los hombres y a la glorificación de Dios. Entre estos ritos, están en primer lugar los Sacramentos, es decir, las siete fuentes principales de salvación; después las celebraciones de las alabanzas divinas, con las que los fieles, también reunidos, obedecen a 1a exhortación del Apóstol: «Enseñándoos y exhortándoos unos a otros con toda sabiduría, con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y dando gracias a Dios en vuestros corazones» (Colos. 3, 16); después la lectura de la -Ley, de los profetas; del Evangelio y dde las Epístolas apostólicas, y por fin, la homilía, con la cual el presidente de la asamblea recuerda y comenta útilmente los preceptos del Divino Maestro y los acontecimientos principales de su vida. y amonesta a todos los presentes con oportunas exhortaciones y ejemplos.

31. El culto se organiza y se desarrolla según las circunstancias y las necesidades de los cristianos, se enriquece con nuevos ritos, ceremonias y fórmulas, siempre con la misma intención, esto es, «a fin de que nos sintamos estimulados por estos signos…, nos sea conocido el progresó realizado y nos sintamos solicitados a aumentarlo con mayor vigor, ya que el efecto es tanto más digno cuánto más ardiente es él afectó que lo precede» (3).

32. Así el alma se eleva más y mejor hacia Dios; así el -Sacerdocio de Jesucristo se mantiene activo en la sucesión de los tiempos, no siendo otra cosa la Liturgia qué el ejercicio de este Sacerdocio. Lo mismo que su Cabeza divina; también la Iglesia asiste continuamente a sus hijos, los ayuda, los exhorta a la santidad, para qué adornados con está dignidad sobrenatural, puedan un día retornar al Padre, que está en los cielos. Devuelve la vida- celestial a los nacidos a la vida terrenal, los llena del Espíritu Santo para la lucha contra el enemigo implacable; congrega a los cristianos alrededor de los altares y con insistentes invitaciones los exhorta a celebrar y tomar parte en el Sacrificio Eucarístico, y los alimenta con el pan de los Ángeles para que estén cada vez más fuertes; purifica y consuela á aquellos a quienes el pecado hirió y manchó; consagra con legítimo rito a aquellos que por vocación se sienten llamados al ministerio sacerdotal; revigoriza con gracias y dones divinos el casto connubio de aquellos que están destinados a fundar y constituir la familia cristiana; después de haberlos, confortado y restaurado con el viático eucarístico y la santa, Unción, en sus últimas horas de vida terrena, acompaña al sepulcro con suma piedad los despojos de sus hijos, los compone religiosamente y los protege al amparo de la cruz, para que, puedan resucitar un día triunfantes sobre la muerte; bendice con particular solemnidad a cuantos dedican su vida al servicio divino, en el logro de la perfección religiosa, y extiende su mano auxiliadora a las almas que en las llamas de la purificación imploran oraciones y sacrificios para conducirlas finalmente a la eterna beatitud.

La Liturgia, culto interno y externo

A) EXTERNO

33. Todo el culto que la Iglesia rinde a Dios debe ser interno y externo. Es externo, porque así lo reclama la naturaleza del hombre, compuesto de alma y cuerpo; porque Dios ha dispuesto que «conociéndolo por medio de las cosas visibles, seamos atraídos al amor de las cosas invisibles» (4). Además, todo lo que sale del alma es expresado naturalmente con los sentidos; y el culto divino pertenece no solamente al individuo, sino también a la colectividad humana, y por lo tanto, es necesario que sea social, lo que es imposible, incluso en el terreno religioso, sin vínculos y manifestaciones externas. Por último, es un medio que pone de relieve la unidad del Cuerpo místico, acrecienta sus santos entusiasmos, aumenta sus fuerzas e intensifica su acción, «si bien, en efecto, las ceremonias en sí mismas no contengan ninguna perfección o santidad, no obstante son actos externos de religión que, como signos, estimulan el alma a la veneración de las Cosas sagradas, elevan la mente a la realidad sobrenatural, nutren la piedad, fomentan la caridad, aumentan la fe, robustecen la devoción, instruyen aun a los más sencillos, adornan el culto de Dios, conservan la religión y distinguen a los verdaderos de los falsos cristianos y de los heterodoxos (5)».

B) INTERNO

1) Es elemento esencial.

34. Pero el elemento esencial del culto debe ser el interno: es necesario, en efecto, vivir siempre en Cristo, dedicarse por entero a El, a fin de que en El y por El se dé gloria al Padre.

2) Así lo exigen la Liturgia, Cristo y la Iglesia.

35. La Sagrada Liturgia exige que estos dos elementos estén íntimamente unidos, lo que no se cansa dé repetir cada vez que prescribe un acto externo del culto. Así, por ejemplo, a propósito del ayuno nos exhorta: «A fin de que lo que nuestra observancia profesa exteriormente se obre de hecho en nuestro interior» (6). De otra forma la religión se convierte en un ritualismo sin fundamento y sin sentido.

36. Vosotros sabéis, Venerables Hermanos, que el divino Maestro considera indignos del templo sagrado y expulsa de él a aquellos que creen honrar a Dios sólo con el sonido de frases bien construidas y con posturas teatrales, y están convencidos de poder proveer a su eterna salvación sin desarraigar de su alma sus inveterados vicios.

37. La Iglesia, por tanto, quiere que todos los fieles se postren a los pies del Redentor para profesarle su amor y su veneración; quiere que las multitudes, como los niños que salieron con gozosas aclamaciones al encuentro de Cristo cuando entraba en Jerusalén, saluden y acompañen, al Rey de reyes y al Sumo Autor de todas las cosas buenas con el canto de gloria y la acción de gracias; quiere que en sus labios haya plegarias, bien sean de súplica, bien de alegría y gratitud, con las cuales, lo mismo que los Apóstoles junto al lago de Tiberíades, puedan experimentar la ayuda de su misericordia y de su potencia, o como Pedro en el monte Tabor, se abandonen a Dios en los místicos transportes de la contemplación.

3) Falsedad y Verdad

38. No tienen por esto una exacta noción de la Sagrada Liturgia aquellos que la consideran como una parte exclusivamente externa y sensible del culto divino ó como un ceremonial decorativo; ni yerran menos aquellos que la consideran como una mera suma de leyes y de preceptos, con los cuales la Jerarquía eclesiástica ordena al cumplimiento de los ritos.

39. Por tanto, deben todos tener bien sabido que no se puede honrar dignamente a Dios si el alma no se dirige al logro de la perfección de la vida, y que el culto rendido a Dios por la Iglesia, en unión con su Cabeza divina, tiene la máxima eficacia de santificación.

40. Esta eficiencia, si se trata del sacrificio eucarístico y de los sacramentos, proviene ante todo del valor de la acción en sí misma («ex opere, operato»); si después se considera también la actividad propia de la Esposa inmaculada de Jesucristo, con la que ésta adorna de plegarias y ceremonias sagradas el sacrificio eucarístico o los sacramentos; o si se :trata de los sacramentales, y otros ritos, instituidos por la jerarquía eclesiástica, entonces la eficacia se deriva, ante todo, de la acción de la iglesia («ex opere operantis Ecclesiae»), en cuanto que ésta es santa, y obra siempre en íntima unión con su Cabeza.

1. Nueva teoría de la piedad “objetiva”

41. A este propósito, Venerables Hermanos, deseamos que dediquéis vuestra atención a las nuevas teorías sobre la piedad «objetiva», las cuales, al esforzarse en poner de manifiesto el misterio del Cuerpo místico, la realidad efectiva de la gracia santificante y la acción divina de los sacramentos y del sacrificio eucarístico, tratan de posponer o hacer desaparecer la piedad «subjetiva» o personal.

42. En las celebraciones litúrgicas, y en particular en el augusto sacrificio del altar, se continúa sin duda la obra de nuestra redención y se aplican sus frutos. Cristo obra nuestra salvación cada día en los sacramentos y en su sacrificio, y por medio de ellos continuamente purifica y consagra a Dios el género humano. Por tanto, esos sacramentos y ese sacrificio tienen una virtud «objetiva», con la cual hacen partícipes a nuestras almas de la vida divina de Jesucristo. Tienen, pues, no por nuestra virtud, sino por virtud divina, la eficacia de unir la piedad de los miembros con la piedad de la Cabeza, y de hacerla en cierto modo acción de toda la comunidad.

43. De estos profundos argumentos concluyen algunos, que toda la piedad cristiana debe consistir en el misterio del Cuerpo Místico de Cristo, sin ninguna consideración del elemento «personal» o «subjetivo»; y por esto creen que se deben abandonar todas las prácticas religiosas que no sean estrictamente litúrgicas y se realicen fuera del culto público.

Todos, sin embargo, podrán darse cuenta de que estas conclusiones acerca de las dos especies de piedad, aunque los principios arriba expuestos sean óptimos, son completamente falsas, insidiosas y dañosísimas.

5) Doctrina verdadera.

44. Es cierto que los sacramentos y el sacrificio del altar tienen una virtud intrínseca en cuanto son acciones del ‘mismo Cristo, que comunica y difunde la gracia de la Cabeza divina en los miembros del Cuerpo místico; pero para tener la debida eficacia exigen una buena disposición de nuestra alma. Por esto advierte San Pablo, a propósito de la Eucaristía: «Examínese cada uno a sí mismo y después coma de este pan y beba de este cáliz». Por esto la Iglesia define breve y claramente todos los ejercicios con que nuestra alma se purifica, especialmente durante la Cuaresma, como «el entrenamiento de la milicia cristiana» (7). Son, pues, acciones de los miembros que con la ayuda de la gracia quieren adherirse a su Cabeza, a fin de que repitiendo las palabras de San Agustín «se nos manifieste en nuestra Cabeza la fuente misma de la gracia» (8). Pero hay que advertir que estos miembros están vivos, dotados de razón; y de voluntad propia, y por esto es necesario que acercando los, labios a la fuente, tomen y asimilen el alimento vital y eliminen todo lo que pueda impedir su eficacia. Hay pues, que afirmar, que la obra de la Redención, independiente en sí de nuestra voluntad requiere el último esfuerzo de nuestra alma para que podamos conseguir la eterna salvación.

45. Si la piedad privada e interna de los individuos descuidase el augusto sacrificio del altar, y se sustrajese al influjo salvador que emana de la Cabeza a los miembros, esto sería, sin duda, reprochable y estéril; pero cuándo todos los consejos y actos de piedad que no son estrictamente litúrgicos fijan la mirada del alma en los actos humanos, únicamente para dirigirlos a nuestro Padre, que está en los cielos; para estimular, saludablemente a los hombres á la penitencia y al temor de Dios y para; una vez arrancados de los atractivos del mundo y, de los vicios, conducirlas felizmente por el arduo camino a la cima de la santidad, entonces son no solamente loables, sino necesarios, porque descubren los peligros de la vida espiritual, nos mueven a la adquisición de la virtud y aumentan el fervor con que todos debemos, dedicarnos al servicio de Jesucristo.

6) Necesidad de meditación y prácticas espirituales.

46. La genuina y verdadera piedad, aquella que el Doctor Angélico llamo, «devoción» y que es el acto principal de la virtud de la religión, por la que los hombres se orientan debidamente, se dirigen conveniente a Dios y se dedican al culto divino, tiene necesidad de la meditación de las verdades sobrenaturales y de las prácticas espirituales, para alimentarse, estimularse y vigorizarse, y para animarnos a la perfección. Porque la religión Cristiana, debidamente practicada, requiere ante todo que la voluntad se consagre a Dios e influya sobre las demás facultades del alma. Pero todo acto de voluntad. supone el ejercicio de la inteligencia y antes de que se conciba el deseo y el propósito de darse a Dios por medio del sacrificio, es absolutamente necesario el conocimiento de los argumentos, y de los motivos que imponen la religión, como por ejemplo, el fin último del hombre y la grandeza de la divina Majestad, el deber de sujeción al Creador, los tesoros inagotables del. Amor con que El nos quiere enriquecer, la necesidad de la gracia para llegar a la meta señalada y el camino particular que la divina Providencia nos ha preparado, ya qué todos, como miembros de un cuerpo, hemos sido unidos con Jesucristo nuestra Cabeza. Y pues que no siempre los motivos del amor hacen mella en el alma agitada por las pasiones, es muy oportuno que nos impresione también la saludable consideración de la divina Justicia, para reducirnos a la humildad cristiana, a la penitencia y a la enmienda de las costumbres.

47. Todas estas consideraciones no deben ser una vacía y abstracta reminiscencia, sino que deben tender, efectivamente, a someter nuestros sentidos y facultades a la razón iluminada por la fe; a purificar nuestra alma, uniéndola cada día más íntimamente a Cristo, conformándola cada vez más a El, y sacando de El la inspiración y la fuerza divina de que tiene necesidad; a convertirse en estímulos cada vez más eficaces, que exciten a los hombres al bien, a la fidelidad al propio deber, a la práctica de la religión y al ferviente ejercicio de la virtud: «Vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios». Sea, pues, todo orgánico y, por decirlo así, «teocéntrico», si verdaderamente queremos que todo se encamine a la gloria de Dios por la vida y la virtud que nos viene de nuestra Cabeza divina: «Teniendo, pues, hermanos, en virtud de la Sangre de Cristo, firme confianza de entrar en el Santuario, que El nos abrió, como camino nuevo y vivo a través del velo, esto es, de su Sangre; y teniendo un gran Sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón, con la fe perfecta, purificados los corazones de toda conciencia mala y lavado el cuerpo con el agua pura. Retengamos firme la confesión de la esperanza… Miremos los unos por los otros para excitarnos a la caridad y a las buenas obras» (Hebr. 10, 19-24).

48. De aquí se deriva el armonioso equilibrio de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo. Con la enseñanza de la fe católica, con la exhortación a la observancia de los preceptos cristianos, la Iglesia prepara el camino a su acción propiamente sacerdotal y santificadora; nos dispone a una más íntima contemplación de la vida del Divino Redentor, y nos conduce a un conocimiento más profundo de los misterios de la fe, para que de ellos obtengamos el alimento sobrenatural, con el que, fortalecidos, podamos adelantar seguros hacia la perfección de la vida por Cristo. No sólo por obra de sus ministros, sino también por la de todos los fieles, de tal modo impregnados del espíritu de Jesucristo, la Iglesia se esfuerza en empapar de este mismo espíritu la vida y la actividad privada, conyugal, social y, por último, económica y política de los hombres, para que todos aquellos que se llaman hijos de Dios puedan más fácilmente conseguir su fin.

49. De esta manera, la acción privada y el esfuerzo ascético dirigido a la purificación del alma estimulan las energías de los fieles y les disponen a participar más aptamente en el Sacrificio augusto del Altar, a recibir los Sacramentos con más fruto, y a celebrar los ritos sagrados de modo que salgan de ellos más animados y formados en la oración y la abnegación cristiana; a cooperar activamente a las inspiraciones y a las llamadas de la gracia y a imitar cada día más las virtudes del Redentor, no sólo por su propio beneficio, sino también para el de todo el Cuerpo de la Iglesia, en el cual todo el bien que se realiza proviene de la virtud de la Cabeza y redunda en beneficio de los miembros.

C) NO HAY REPUGNANCIA

50. Por esto en la vida espiritual no puede haber ninguna oposición o repugnancia entre la acción divina, que infunde la gracia en las almas, para continuar nuestra Redención, y la colaboración activa del hombre, que no debe hacer infructuoso el don de Dios; entre la eficacia del rito externo de los Sacramentos, que proviene del valor intrínseco de los mismos («ex opere operato ») y el mérito del que los administra o recibe («ex opere operantis»); entre las oraciones privadas y las plegarias públicas; entre la ética y la contemplación de las verdades sobrenaturales; entre la vida ascética y la piedad litúrgica; entre el poder de jurisdicción y de legítimo magisterio y la potestad eminentemente sacerdotal que se ejercita en el mismo ministerio sagrado.

51. Por graves motivos la Iglesia prescribe a los ministros de los altares y a los religiosos que en los tiempos señalados atiendan a piadosa meditación, al diligente examen y enmienda de la conciencia y a los demás ejercicios espirituales, puesto que están destinados de manera particular a cumplir las funciones litúrgicas del sacrificio y de la alabanza divina.

52. Sin duda, la plegaria litúrgica, siendo como es oración pública de la Esposa Santa de Jesucristo, tiene mayor dignidad que las oraciones privadas; pero esta superioridad no quiere decir que entre los dos géneros de oración haya ningún contraste u oposición. Pues estando animadas de un mismo espíritu, las dos se funden y armonizan, según aquello: «porque Cristo lo es todo en todos» (Colos. 3, 11) y tienden al mismo fin: a formar a Cristo en nosotros.

III. La Liturgia es regulada por la Jerarquía

A) La doctrina

53. Para comprender mejor la Sagrada Liturgia es necesario considerar otro de sus caracteres, no de menor importancia.

La Iglesia es una sociedad y exige por esto una autoridad y jerarquía propias. Si bien todos los miembros del Cuerpo místico participan de los mismos bienes y tienden a los mismos fines, no todos gozan del mismo poder ni están capacitados para realizar las mismas acciones.

B) LOS ARGUMENTOS

1) PRIMER ARGUMENTO: El Sacramento del Orden.

54. En efecto, el Divino Redentor ha establecido su Reino sobre los fundamentos del Orden sagrado, que es un reflejo de la Jerarquía celestial.

Sólo a los Apóstoles y a aquellos que, después de ellos, han recibido de sus sucesores la imposición de las manos, les está conferida la potestad sacerdotal, en virtud de la cual, al mismo tiempo que representan a Cristo ante el pueblo que les ha sido confiado, representan también al pueblo ante Dios.

55. Este Sacerdocio no es transmitido ni por herencia ni por descendencia carnal, ni resulta por emanación de la comunidad cristiana o por diputación popular. Antes de representar al pueblo cerca de Dios, el Sacerdote representa al Divino Redentor, y como Jesucristo es la Cabeza de aquel cuerpo del que los cristianos son miembros, representa también a Dios cerca de su pueblo. La potestad que le ha sido conferida no tiene, por tanto, nada de humano en su naturaleza; es sobrenatural y viene de Dios: «Como me envió mi Padre, así os envío Yo…» (Juan, 20, 21). «El que a vosotros oye, a Mí me oye…» (Luc. 10, 16). «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará» (Marc. 16, 15-16).

56. Por esto el Sacerdocio externo y visible de Jesucristo se transmite a la Iglesia no de modo genérico, universal e indeterminado, sino que es conferido a individuos elegidos con la generación espiritual del Orden, uno de los siete Sacramentos, que no sólo confiere una gracia particular, propia de este estado y de este oficio, sino también un carácter indeleble que configura a los sagrados ministros a Jesucristo Sacerdote, demostrando que son aptos para realizar aquellos legítimos actos de religión, con los que los hombres se santifican y Dios es glorificado según las exigencias de la economía sobrenatural.

57. En efecto, así como el Bautismo distingue a los cristianos y los separa de aquellos que no han sido lavados en el agua purificadora y no son miembros de Cristo, así el Sacramento del Orden distingue a los Sacerdotes de todos los demás cristianos no consagrados, porque sólo ellos, por vocación sobrenatural, han sido introducidos al augusto ministerio que los destina a los sagrados altares, y los constituye en instrumentos divinos, por medio de los cuales se participa en la vida sobrenatural con el Cuerpo místico de Jesucristo. Además, como ya hemos dicho, sólo ellos están investidos del carácter indeleble que los configura al Sacerdocio de Cristo, y sólo sus manos son consagradas «para que sea bendito todo lo que bendigan, y todo lo que consagren sea consagrado y santificado en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (1).

58. A los Sacerdotes, pues, deben recurrir todos los que quieran vivir en Cristo, para que de ellos reciban el consuelo y el alimento de la vida espiritual, la medicina saludable que los curará y los revigorizará para que puedan felizmente resurgir de la perdición y de la ruina de los vicios; de ellos finalmente recibirán la bendición que consagra a la familia, y por ellos el último suspiro de la vida mortal será dirigido al ingreso en la eterna beatitud.

59. Por tanto, puesto que la Sagrada Liturgia es ejercida sobre todo por los Sacerdotes en nombre de la Iglesia, su organización, su regulación y su forma no pueden depender más que de la autoridad de la Iglesia.

2) SEGUNDO ARGUMENTO: La Historia.

60. Esto es no sólo una consecuencia de la naturaleza misma del culto cristiano, sino que está también confirmado por el testimonio de la Historia.

3) TERCER ARGUMENTO: El Dogma.

a) Estrechas relaciones.

61. Este indiscutible derecho de la Jerarquía Eclesiástica es demostrado también por el hecho de que la Sagrada Liturgia tiene estrechas relaciones con aquellos principios doctrinales que la Iglesia propone como formando parte de verdades certísimas, y por consiguiente debe conformarse a los dictámenes de la Fe católica, proclamados por la autoridad del Supremo Magisterio para tutelar la integridad de la Religión revelada por Dios.

b) Un error y la verdad.

62. A este propósito, Venerables Hermanos, queremos plantear en sus justos términos algo que creemos no os será desconocido: el error de aquellos que han pretendido que la Sagrada Liturgia era sólo un experimento del Dogma, en cuanto que si una de sus verdades producía los frutos de piedad y de santidad, a través de los ritos de la Sagrada Liturgia, la Iglesia debería aprobarla, y en caso contrario, reprobarla. De donde aquel principio: La ley de la Oración, es la ley de la Fe.

63. No es, sin embargo, esto lo que enseña y lo que manda la Iglesia. El culto que ésta rinde a Dios es, como breve y claramente dice San Agustín, una continua profesión de Fe católica y un ejercicio de la esperanza y de la caridad: «A Dios se le debe honrar con la fe, la esperanza y la caridad» (2). En la Sagrada Liturgia hacemos explícita profesión de fe, no sólo con la celebración de los divinos misterios, con la consumación del Sacrificio y la administración de los Sacramentos, sino también recitando y cantando el Símbolo de la Fe, que es como el distintivo de los cristianos; con la lectura de los otros documentos y de las Sagradas Letras escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo. Toda la Liturgia tiene, pues, un contenido de fe católica, en cuanto atestigua públicamente la fe de la Iglesia.

64. Por este motivo, siempre que se ha tratado de definir un dogma, los Sumos Pontífices y los Concilios, al documentarse en las llamadas fuentes teológicas, no pocas veces han extraído también argumentos de esta Sagrada Disciplina, como hizo, por ejemplo, Nuestro Predecesor de inmortal memoria Pío IX, cuando definió la Inmaculada Concepción de la Virgen María. De la misma forma, la Iglesia y los Santos Padres, cuando se discutía de una verdad controvertida o puesta en duda, no han dejado de recurrir también a los ritos venerables transmitidos desde la antigüedad. Así nació la conocida y veneranda sentencia: «Que la ley de la Oración establezca la ley de la Fe» (“Lex orandi, lex credendi”) (3).

65. La Liturgia, pues, no determina ni constituye en un sentido absoluto y por virtud propia la fe católica; pero siendo también una profesión de las verdaderas celestiales, profesión sometida al supremo Magisterio de la Iglesia, puede proporcionar argumentos y testimonios de no escaso valor, para aclarar un punto particular de la doctrina cristiana. De aquí que ti queremos distinguir y determinar de manera absoluta y general las relaciones que existen entre la fe y la Liturgia, podemos afirmar con razón: «La Ley de la Fe, debe establecer la ley de la Oración». Lo mismo debe decirse también cuando se trata de las otras virtudes teologales: «En la fe, en la esperanza y en la caridad oramos siempre en continuo deseo» (4).

IV. Progreso y desarrollo de la Liturgia

A) OBJETO

66. La Jerarquía eclesiástica ha empleado siempre este su derecho en materia litúrgica, instruyendo y ordenando el culto divino y enriqueciéndole con esplendor y decoro siempre renovados para gloria de Dios y bien de los hombres. Tampoco ha dudado, por otra parte, salvo la sustancia del Sacrificio Eucarístico y de los Sacramentos, en cambiar lo que no creía apropiado y añadir lo que mejor parecía contribuir al honor de Jesucristo y de la Santísima Trinidad y a la instrucción y saludable estímulo del pueblo cristiano.

67. La Sagrada Liturgia, en efecto, consta de elementos humanos y de elementos divinos: estos últimos, habiendo sido instituidos por el Divino Redentor, evidentemente no pueden ser alterados por los hombres; pero aquellos, en cambio, pueden sufrir varias modificaciones, aprobadas por la Sagrada Jerarquía, asistida del Espíritu Santo, según las exigencias de los tiempos, de las circunstancias y de las almas. De aquí nace la, estupenda variedad de los ritos orientales y occidentales, de aquí el desarrollo progresivo de particulares costumbres religiosas y prácticas de piedad, de las que apenas se tenía un leve conocimiento en tiempos anteriores; a esto se debe que con cierta frecuencia sean nuevamente empleadas y renovadas piadosas instituciones, borradas por el tiempo. Todo esto testimonia la vida de la Inmaculada Esposa de Jesucristo durante tantos siglos; expresa el lenguaje empleado por ella para manifestar a su Divino Esposo su fe y amor inagotables y los de los pueblos a ella encomendados; demuestra su sabia pedagogía para estimular y acrecentar de día en día en los creyentes el «sentido de Cristo».

B) CAUSAS

68. No pocas, en verdad, son las causas por las que se despliega y desenvuelve el progreso de la Sagrada Liturgia durante la larga y gloriosa historia de la Iglesia.

Así, por ejemplo, una más cierta y amplia exposición de la doctrina católica sobre la Encarnación del Verbo Divino, sobre el Sacramento y Sacrificio Eucarístico, sobre la Virgen María Madre de Dios, ha contribuido a la adopción de nuevos ritos, por medio de los cuales la luz más espléndidamente refulgente del magisterio eclesiástico se refleja mejor y con más claridad en las acciones litúrgicas para llegar más fácilmente a la inteligencia y al corazón del pueblo cristiano.

69. El ulterior desarrollo de la disciplina eclesiástica en la administración de los Sacramentos, por ejemplo, del Sacramento de la Penitencia; la institución y después la desaparición del catecumenado, la comunión eucarística bajo una sola especie en la Iglesia latina, han contribuido no poco a la modificación de los antiguos ritos y a la adopción gradual de otros nuevos y más adecuados para las nuevas disposiciones.

70. A esta evolución y a estos cambios contribuyeron notablemente las iniciativas y las prácticas piadosas no estrictamente litúrgicas, que, nacidas en épocas posteriores por admirable providencia de Dios, tanto se difundieron por el pueblo: como por ejemplo, el culto más extenso y fervoroso del Redentor, del Sacratísimo Corazón de Jesús, de la Virgen Madre de Dios y de su castísimo Esposo.

71. Entre las circunstancias exteriores tuvieron su parte las públicas peregrinaciones a los sepulcros de los Mártires, por devoción; las observancias de ayunos especiales instituidos con el mismo fin; las procesiones estacionales de penitencia que se celebraban en esta Ciudad Madre, y en las que no rara vez intervenía el Sumo Pontífice.

72. Es también fácilmente comprensible la forma en que el progreso de las bellas artes, en especial la arquitectura, la pintura y la música ha influido sobre la determinación y la varia conformación de los elementos exteriores de la Sagrada Liturgia. (Ver: Criterios y normas prácticas para el Arte Sagrado)

73. De este mismo derecho se ha servido la Iglesia para defender la santidad del culto divino contra los abusos temerarios e imprudentes de individuos particulares y de iglesias determinadas. Y así, como esos abusos y costumbres crecían más y más en el siglo XVI, y las tentativas de los particulares ponían en situación estrecha la integridad de la fe y de la piedad, saliendo gananciosos dos herejes y propagándose sus errores y herejías, Nuestro Predecesor, de inmortal memoria, Sixto V, para defender como legítimos los ritos de la Iglesia y apartar de ellos cuantas impurezas se introdujesen, instituyó en el año 1588 una Sagrada Congregación para la vigilancia de los ritos; a esta Congregación pertenece ahora también como oficio propio ordenar con sumo cuidado todo lo que pertenece a la Sagrada Liturgia.

C) ¿QUIEN DIRIGE ESTE PROGRESO?

74. Por esto, sólo el Sumo Pontífice tiene derecho de reconocer y establecer cualquier costumbre del culto, de introducir y aprobar nuevos ritos y de cambiar aquellos que estime deben ser cambiados; los Obispos, después, tienen el derecho y el deber de vigilar diligentemente para que las prescripciones de los Sagrados Cánones relativos al Culto divino sean puntualmente observadas. No es posible dejar al arbitrio de los particulares, aun cuando sean miembros del clero, las cosas santas y venerables que se refieren a la vida religiosa de la comunidad cristiana, al ejercicio del Sacerdocio de Jesucristo y al culto divino, al honor que se debe a la Santísima Trinidad, al Verbo Encarnado, a su augusta Madre y a los otros Santos y a la salvación de los hombres; por el mismo motivo a nadie le está permitido regular en este terreno acciones externas que tienen un íntimo nexo con la disciplina eclesiástica, con el orden, con la unidad y la concordia del Cuerpo Místico, y no pocas veces, con la misma integridad de la Fe católica.

D) VERDADERA DOCTRINA

1) La Iglesia, organismo vivo.

75. Ciertamente, la Iglesia es un organismo vivo, y por esto crece y se desarrolla también en aquellas cosas que atañen a la Sagrada Liturgia, adaptándose y conformándose a las circunstancias y a las exigencias que se presentan en el transcurso del tiempo, dejando a salvo, sin embargo, la integridad de su doctrina.

2) Excesos.

76. No obstante lo cual hay que reprochar severamente la temeraria osadía de aquellos que de propósito introducen nuevas costumbres litúrgicas o hacen revivir ritos ya caídos en desuso y que no concuerdan con las leyes y rúbricas vigentes. No sin gran dolor sabemos que esto sucede en cosas no sólo de poca, sino también de gravísima importancia; no falta, en efecto, quien usa la lengua vulgar en las celebraciones del Sacrificio Eucarístico, quien transfiere a otras fechas fiestas fijadas ya por estimables razones, quien excluye de los libros legítimos de oraciones públicas las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, reputándolas poco apropiadas y oportunas para nuestros tiempos.

3) Doctrina sobre alguno de estos excesos.

a) La lengua latina y la lengua vulgar.

77. El empleo de la lengua latina, vigente en una gran parte de la Iglesia, es un claro y noble signo de unidad y un eficaz antídoto contra toda corrupción de la pura doctrina. Por otra parte, en muchos ritos el empleo de la lengua vulgar puede ser bastante útil para el pueblo, pero sólo la Sede Apostólica tiene facultades para autorizarlos, y por esto no es lícito hacer nada en este terreno sin su juicio y su aprobación, porque, ya lo hemos dicho, la ordenación de la Sagrada Liturgia es de su exclusiva competencia.

b) Ritos y ceremonias antiguas y nuevas.

78. Del mismo modo se deben juzgar los esfuerzos de algunos para resucitar ciertos antiguos ritos y ceremonias. La Liturgia de la época antigua es, sin duda, digna de veneración; pero una costumbre antigua no es, por el solo motivo de su antigüedad, la mejor, sea en sí misma, sea en su relación con los tiempos posteriores y las nuevas condiciones establecidas. También los ritos litúrgicos más recientes son respetables, porque han nacido bajo el influjo del Espíritu Santo, que está con la Iglesia hasta la consumación del mundo, y son medios de los cuales se sirve la Esposa Santa de Jesucristo para estimular y procurar la santidad de los hombres.

79. Es ciertamente cosa santa y digna de toda alabanza recurrir con la mente y con el alma a las fuentes de la Sagrada Liturgia, porque su estudio, remontándose a los orígenes, ayuda no poco a comprender el significado de las fiestas y a indagar con mayor profundidad y exactitud el sentido de las ceremonias; pero, ciertamente, no es tan santo y loable el reducir todas las cosas a las antiguas.

80. Así, para poner un ejemplo, está fuera del recto camino el que quiere devolver al Altar su antigua forma de mesa; el que quiere excluir de los ornamentos el color negro; el que quiere eliminar de los templos las imágenes y estatuas sagradas; el que quiere que las imágenes del Redentor crucificado se presenten de manera que su Cuerpo no manifieste los dolores acerbísimos que padeció; finalmente, el que reprueba e1 canto polifónico, aun cuando esté conforme con las normas emanadas de la Santa Sede.

81. Lo mismo que ningún católico de corazón puede refutar las sentencias de la doctrina cristiana, compuestas y decretadas con gran provecho en épocas recientes por la Iglesia, inspirada y asistida del Espíritu Santo, para volver a las fórmulas de los antiguos Concilios; ni puede rechazar las leyes vigentes para volver a las prescripciones de las antiguas fuentes del Derecho Canónico; así, cuando se trata de la Sagrada Liturgia, no estaría animado de un celo recto e inteligente el que quisiese volver a los antiguos ritos y usos, rechazando las nuevas normas introducidas, por disposición de la Divina Providencia, debido al cambio de las circunstancias.

82. En efecto, este modo de pensar y de obrar, hace revivir el excesivo e insano arqueologismo suscitado por el Concilio ilegítimo de Pistola, y se esfuerza en resucitar los múltiples errores que fueron las premisas de aquel conciliábulo y le siguieron con gran daño de las almas, y que la Iglesia, vigilante custodio del «depósito de la Fe», que le ha sido confiado por su divino Fundador, condenó con justo derecho. En efecto, deplorables propósitos e iniciativas Venden a paralizar la acción santificadora, con la cual la Sagrada Liturgia dirige saludablemente al Padre a sus hijos de adopción.

E) RECAPITULACIÓN

83. Hágase, por tanto, todo en la necesaria unión con la Jerarquía eclesiástica. Nadie se arrogue el derecho de ser su propia ley y de imponerla a los otros por su voluntad. Sólo el Sumo Pontífice, en su calidad de sucesor de Pedro, a quien el Divino Redentor confió su rebaño universal y los Obispos, que bajo la dependencia de la Sede Apostólica «han sido constituidos por el Espíritu Santo… para apacentar la Iglesia de Dios», tiene el derecho y el deber de gobernar al pueblo cristiano. Por esto, Venerables Hermanos, todas aquellas veces que defendéis Vuestra autoridad -en ocasiones también con saludable severidad-, no sólo cumplís Vuestro deber, sino que defendéis la voluntad del mismo Fundador de la Iglesia.

PARTE SEGUNDA

EL CULTO EUCARÍSTICO.

I. Naturaleza del Sacrificio Eucarístico

A) MOTIVO DE TRATAR ESTE TEMA

84. El Misterio de la Santísima Eucaristía, instituida por el Sumo Sacerdote, Jesucristo, y renovada constantemente por sus ministros, por obra de su voluntad, es como el compendio y el centro de la religión cristiana. Tratándose de lo más alto de la Sagrada Liturgia, creemos oportuno, Venerables Hermanos, detenernos un poco y atraer Vuestra atención a este gravísimo argumento.

B) EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO

1º. Institución.

85. Cristo, Nuestro Señor, «Sacerdote eterno según el orden de Melchisedec» (Sal. 109, 4)) que «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo» (Juan, 13, 1), «en la última cena, en la noche en que era traicionado, para dejar a la Iglesia, su Esposa amada, un sacrificio visible -como lo exige la naturaleza de los hombres-, que representase el sacrificio cruento que había de llevarse a efecto en la Cruz, y para que su recuerdo permaneciese hasta el fin de los siglos y fuese aplicada su virtud salvadora a la remisión de nuestros pecados cotidianos… ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre, bajo las especies del pan y del vino, y las dio a los Apóstoles, entonces constituidos en Sacerdotes del Nuevo Testamento, a fin de que bajo estas mismas especies lo recibiesen, mientras les mandaba a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio, el ofrecerlo» (5).

2º. Naturaleza.

a) No es simple conmemoración.

86. El Augusto Sacrificio del Altar no es; pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, en el cual, inmolándose incruentamente el Sumo Sacerdote, hace lo que hizo una vez en la Cruz, ofreciéndose todo El al Padre, Víctima gratísima. «Una… y la misma, es la Víctima; lo mismo que ahora se ofrece por ministerio de los Sacerdotes, se ofreció entonces en la Cruz; sólo es distinto el modo de hacer el ofrecimiento» (6).

b) Comparación con el de la Cruz.

1) Idéntico Sacerdote.

87. Idéntico, pues, es el Sacerdote, Jesucristo, cuya Sagrada Persona está representada por su ministro. Este, en virtud de la consagración sacerdotal recibida, se asimila al Sumo Sacerdote y tiene el poder de obrar en virtud y en la persona del mismo Cristo; por esto, con su acción sacerdotal, en cierto modo; «presta a Cristo su lengua; le ofrece su mano» (7).

2) Idéntica Víctima.

88. Igualmente idéntica es la Víctima; esto es, el Divino Redentor; según su humana Naturaleza y en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre.

3) Distinto modo.

89. Diferente, en cambio, es el modo en que Cristo es ofrecido. En efecto, en la Cruz, El se ofreció a Dios todo entero, y le ofreció sus sufrimientos y la inmolación de la Víctima fue llevada a cabo por medio de una muerte cruenta voluntariamente sufrida; sobre el Altar, en cambio, a causa del estado glorioso de su humana Naturaleza, «la muerte no tiene ya dominio sobre El» (Rom. 6, 9) y, por tanto, no es posible la efusión de la sangre; pero la divina Sabiduría han encontrado el medio admirable de hacer manifiesto el Sacrificio de Nuestro Redentor con signos exteriores, que son símbolos de muerte. Ya que por medio de la Transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, como se tiene realmente presente su Cuerpo, así se tiene su Sangre; así, pues, las especies eucarísticas, bajo las cuales está presente, simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre. De este modo, la conmemoración de su muerte, que realmente sucedió en el Calvario, se repite en cada uno de los sacrificios del altar, ya que por medio de señales diversas se significa y se muestra Jesucristo en estado de víctima.

4) Idénticos fines.

a’) Primer fin: Glorificación de Dios.

0. Idénticos, finalmente, son los fines, de los que el primero es la glorificación de Dios. Desde su Nacimiento hasta su Muerte, Jesucristo estuvo encendido por el celo de la Gloria divina y, desde la Cruz, el ofrecimiento de su Sangre, llegó al cielo en olor de suavidad. Y para que el himno no tenga que acabar jamás en el Sacrificio Eucarístico, los miembros se unen a su Cabeza divina, y con El, con los Ángeles y los Arcángeles, cantan a Dios perennes alabanzas (8), dando al Padre Omnipotente todo honor y gloria.

b’) Segundo fin: Acción de gracias a DIOS.

91. El segundo fin es la Acción de gracias a Dios. Sólo el divino Redentor, como Hijo predilecto del Padre Eterno, de quien conocía el inmenso amor, pudo alzarle un digno himno de acción de gracias. A esto miró y esto quiso «dando gracias» ( Marc. 14, 23) en la última Cena, y no cesó de hacerlo en la Cruz ni cesa de hacerlo en el augusto Sacrificio del Altar, cuyo significado es precisamente la acción de gracias o eucarística; y esto, porque es «cosa verdaderamente digna, justa, equitativa y saludable» (9).

c’) Tercer fin: Expiación y propiciación.

92. El tercer fin es la Expiación y la Propiciación. Ciertamente nadie, excepto Cristo, podía dar a Dios Omnipotente satisfacción adecuada por las culpas del género humano. Por esto, El quiso inmolarse en la Cruz como «propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo» (I Ioan 2, 2). En los altares se ofrece igualmente todos los días por nuestra Redención, a fin de que, libres de la condenación eterna, seamos acogidos en la grey de los elegidos. Y esto no sólo para nosotros, los que estamos en esta vida mortal, sino también «para todos aquellos que descansan en Cristo, los que nos han precedido por el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz» (10), «porque lo mismo vivos que muertos, no nos separamos del único Cristo» (11).

d’) Cuarto fin: Impetración.

93. El cuarto fin es la Impetración. Hijo pródigo, el hombre ha malgastado y disipado todos los bienes recibidos del Padre celestial, y por esto se ve reducido a la mayor miseria y necesidad; pero desde la Cruz, Cristo «habiendo ofrecido oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas, fue escuchado por su reverencial temor» (Hebr. 5, 7), y en los altares sagrados ejercita la misma eficaz mediación, a fin de que seamos colmados de toda clase de gracias y bendiciones.

c) Aplicación de la virtud salvadora de la Cruz.

1) Afirmación de Trento.

94. Por tanto, se comprende fácilmente la razón por qué el Sacrosanto Concilio de Trento afirma que con el Sacrificio Eucarístico nos es aplicada la virtud salvadora de la Cruz, para la remisión de nuestros pecados cotidianos.

2) Única oblación: La Cruz.

95. El Apóstol de los Gentiles, proclamando la superabundante plenitud y perfección del Sacrificio de la Cruz, ha declarado que Cristo, con una sola oblación, perfeccionó perpetuamente a los santificados. En efecto, los méritos de este Sacrificio, infinitos e inmensos, no tienen límites, y se extiendan a la universalidad de los hombres en todo lugar y tiempo porque en El el Sacerdote y la Víctima es el Dios Hombre; porque su inmolación, lo mismo que su obediencia a la voluntad del Padre eterno, fue perfectísima y porque quiso morir como Cabeza del género humano: «Mira cómo ha sido tratado Nuestro Salvador: Cristo pende de la Cruz; mira a qué precio compró…, vertió su Sangre. Compró con su Sangre, con la Sangre del Cordero Inmaculado, con la Sangre del único Hijo de Dios… Quien compra es Cristo; el precio es la Sangre; la posesión todo el mundo» (12).

3) La aplicación.

96. Este rescate, sin embargo, no tuvo inmediatamente su pleno efecto; es necesario que Cristo, después de haber rescatado al mundo con el preciosísimo precio de Sí mismo, entre en la posesión real y efectiva de las almas. De aquí que para que con el agrado de Dios se lleve a cabo la redención y salvación de todos los individuos y las generaciones venideras hasta el fin de los siglos, es absolutamente necesario que todos establezcan contacto vital con el Sacrificio de la Cruz, y de esta forma, los méritos que de él se derivan les serán transmitidos y aplicados. Se puede decir que Cristo ha construido en el Calvario un estanque de purificación y salvación que llenó con la Sangre vertida por El; pero si los hombres no se bañan en sus aguas y no lavan en ellas las manchas de su iniquidad, no pueden ciertamente ser purificados y salvados.

97. Por lo tanto, para que cada uno de los pecadores se lave con la Sangre del Cordero, es necesaria la colaboración de los fieles. Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado con el Padre, por medio de su Muerte cruenta, a todo el género humano, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen conducidos a la Cruz por medio de los Sacramentos y por medio del Sacrificio de la Eucaristía, para poder conseguir los frutos de salvación, ganados por El en la Cruz. Con esta participación actual y personal, de la misma manera que los miembros se configuran cada día más a la Cabeza divina, así afluye a los miembros, de forma que cada uno de nosotros puede repetir las palabras de San Pablo: «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 19-20). Como en otras ocasiones hemos dicho de propósito y concisamente, Jesucristo «al morir en la Cruz, dio a su Iglesia, sin ninguna cooperación por parte de Ella, el inmenso tesoro de la Redención; pero, en cambio, cuando se trata de distribuir este tesoro, no sólo participa con su Inmaculada Esposa de esta obra de santificación, sino que quiere que esta actividad proceda también, de cualquier forma, de las acciones de Ella» (13).

98. El augusto Sacramento del Altar es un insigne instrumento para la distribución a los creyentes de los méritos derivados de la Cruz del Divino Redentor: «Cada vez que se ofrece este Sacrificio, se renueva la obra de nuestra Redención» (14). Y esto, antes que disminuir la dignidad del Sacrificio cruento, hace resaltar, como afirma el Concilio de Trento, su grandeza y proclama su necesidad. Renovado cada día, nos advierte que no hay salvación fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, que Dios quiere la continuación de este Sacrificio «desde la salida del sol hasta el ocaso» (Malaq. 1, 11), para que no cese jamás el himno de glorificación y de acción de gracias que los hombres deben al Creador desde el momento que tienen necesidad de su continua ayuda y de la Sangre del Redentor para compensar los pecados que ofenden a su Justicia.

II. Participación de los fieles en el Sacrificio Eucarístico

A) RESUMEN DE LA DOCTRINA

1º La verdad.

99. Es necesario, pues, Venerables Hermanos, que todos los fieles consideren como el principal deber y mayor dignidad participar en el Sacrificio Eucarístico, no con una asistencia negligente, pasiva y distraída, sino con tal empeño y fervor que entren en íntimo contacto con el Sumo Sacerdote, como dice el Apóstol: «Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Filip. 2, 5), ofreciendo con El y por El, santificándose con El.

100. Es muy cierto que Jesucristo es Sacerdote, pero no para Sí mismo, sino para nosotros, presentando al Padre Eterno los votos y los sentimientos religiosos de todo el género humano. Jesús es Víctima, pero para nosotros, sustituyendo al hombre pecador.

101. Por esto aquello del Apóstol: «Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús», exige de todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, cuanto lo permite la naturaleza humana, el mismo estado de ánimo que tenía el mismo Redentor cuando hacia el Sacrificio de Sí mismo: la humilde sumisión del espíritu, la adoración, el honor y la alabanza, y la acción de gracias a la divina Majestad de Dios; exige además que reproduzcan en sí mismos las condiciones de víctima: la abnegación de sí mismos, según los preceptos del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la expiación de los propios pecados. Exige, en una palabra, nuestra muerte mística en la Cruz con Cristo, de tal forma que podamos decir con San Pablo: «Estoy crucificado con Cristo» (Gal. 2, 19).

2º El error.

102. Es necesario, Venerables Hermanos, explicar claramente a vuestro rebaño cómo el hecho de que los fieles tomen parte en el Sacrificio Eucarístico no significa, sin embargo, que gocen de poderes sacerdotales.

103. Hay en efecto, en nuestros días, algunos que, acercándose a errores ya condenados el, enseñan que en el Nuevo Testamento, con el nombre de Sacerdocio, se entiende solamente algo común a todos los que han sido purificados en la fuente sagrada del Bautismo; y que el precepto dado por Jesús a los Apóstoles en la última Cena de que hiciesen lo que El había hecho, se refiere directamente a toda la Iglesia de fieles; y que el Sacerdocio jerárquico no se introdujo hasta más tarde. Sostienen por esto que el pueblo goza de una verdadera potestad sacerdotal, mientras que el Sacerdote actúa únicamente por oficio delegado de la comunidad. Creen, en consecuencia, que el Sacrificio Eucarístico es una verdadera y propia «concelebración», y que es mejor que los sacerdotes «concelebren» juntamente con el pueblo presente, que el que ofrezcan privadamente el Sacrificio en ausencia de éstos.

104. Inútil es explicar hasta qué punto estos capciosos errores estén en contradicción con las verdades antes demostradas, cuando hemos hablado del puesto que corresponde al Sacerdote en e1 Cuerpo Místico de Jesús. Recordemos solamente que el Sacerdote hace las veces del pueblo, porque representa a la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, en cuanto El es Cabeza de todos los miembros y se ofreció a Sí mismo por ellos: por esto va al altar, como Ministro de Cristo, siendo inferior a El, pero superior al pueblo. El pueblo, en cambio, no representando por ningún motivo a la Persona del Divino Redentor, y no siendo mediador entre sí mismo y Dios, no puede en ningún modo gozar de poderes sacerdotales.

B) LOS DOS PUNTOS DE ESTA PARTICIPACIÓN

1° Ofrecen con el Sacerdote.

105. Todo esto consta de fe cierta, pero hay que afirmar, además, que los fieles ofrecen la Víctima divina, aunque bajo un distinto aspecto.

a) Los argumentos.

106. Lo declararon ya abiertamente algunos de Nuestros Predecesores y Doctores de la Iglesia. «No sólo -dice Inocencio III, de inmortal memoria-, ofrecen los Sacerdotes, sino también todos los fieles; porque lo que en particular se cumple por ministerio del Sacerdote, se cumple universalmente por voto de los fieles» (1) . Y nos place citar, por lo menos, uno de los muchos textos de S. Roberto Bellarmino a este propósito: «El Sacrificio -dice- es ofrecido principalmente en la persona de Cristo. Por eso la oblación que sigue a la Consagración atestigua que toda la Iglesia consiente en la oblación hecha de Cristo y ofrece conjuntamente con El» (2).

107. Con no menor claridad, los ritos y las oraciones del Sacrificio Eucarístico significan y demuestran que la oblación de la Víctima es hecha por los Sacerdotes en unión del pueblo. En efecto, no sólo el sagrado Ministro, después del ofrecimiento del pan y del vino, dice explícitamente vuelto al pueblo: «Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea aceptado cerca de Dios Omnipotente» (3), sino que las oraciones con que es ofrecida la Víctima divina, son dichas en plural, y en ellas se indica repetidas veces que e1 pueblo toma también parte como oferente en este augusto Sacrificio. Se dice, por ejemplo: «Por los cuales te ofrecemos y ellos mismos te ofrecen… por eso Te rogamos, Señor, que aceptes aplacado esta oferta de tus siervos y de toda tu familia… Nosotros, siervos tuyos, y también tu pueblo santo, ofrecemos a tu Divina Majestad las cosas que Tú mismo nos has dado, esta Hostia pura, Hostia santa, Hostia inmaculada» (4).

b) El carácter bautismal.

108. No es de maravillarse el que los fieles sean elevados a semejante dignidad. En efecto, con el lavado del Bautismo los fieles se convierten, a título común, en miembros del Cuerpo Místico de Cristo Sacerdote, y por medio del «carácter» que se imprime en sus almas, son delegados al culto divino, participando así, de acuerdo con su estado, en el Sacerdocio de Cristo.

c) Sentido en que ofrecen.

1. Introducción.

109. En la Iglesia católica, la razón humana, iluminada por la Fe, se ha esforzado siempre por tener el mayor conocimiento posible de las cosas divinas; por eso es natural que también el pueblo cristiano pregunte piadosamente en qué sentido se dice en el Canon del Sacrificio que él mismo lo ofrece también. Para satisfacer este piadoso deseo, Nos place tratar aquí el tema con concisión y claridad.

2. Razones.

110. Hay, ante todo, razones más bien remotas: A veces, por ejemplo, sucede que los fieles que asisten a los ritos sagrados unen alternativamente sus plegarias a las oraciones sacerdotales; otras veces sucede de manera semejante -en la antigüedad esto ocurría con mayor frecuencia-, que ofrecen al ministro del Altar pan y vino para que se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y, finalmente, otras veces, con limosnas, hacen que el Sacerdote ofrezca por ellos la Víctima divina.

111. Pero hay también una razón, más profunda, para que se pueda decir que todos los cristianos, y especialmente aquellos que asisten al Altar, participan en la oferta.

Para no hacer nacer errores peligrosos en este importantísimo argumento, es necesario precisar con exactitud el significado del término oferta.

112. La inmolación incruenta, por medio de la cual, una vez pronunciadas las palabras de la Consagración, Cristo está presente en el Altar en estado de Víctima, es realizada solamente por el Sacerdote, en cuanto representa a la Persona de Cristo, y no en cuanto representa a las personas de los fieles.

113. Pero al poner sobre el Altar la Víctima divina, el Sacerdote la presenta al Padre como oblación a gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de todas las almas. En esta oblación propiamente dicha, los fieles participan en la forma que les está consentida y por un doble motivo: porque ofrecen el sacrificio, no sólo por las manos del Sacerdote, sino también, en cierto modo, conjuntamente con él y porque con esta participación también la oferta hecha por el pueblo cae dentro del culto litúrgico.

114. Que los fieles ofrecen el Sacrificio por medio del Sacerdote es claro, por el hecho de que el Ministro del Altar obra en persona de Cristo en cuanto Cabeza, que ofrece en nombre de todos los miembros; por lo que con justo derecho se dice que toda la Iglesia, por medio de Cristo, realiza la oblación de la Víctima.

115. Cuando se dice que el pueblo ofrece conjuntamente con el Sacerdote, no se afirma que los miembros de la Iglesia, a semejanza del propio Sacerdote, realicen el rito litúrgico, visible -el cual pertenece solamente al Ministro de Dios, para ello designado-, sino que unen sus votos de alabanza, de impetración y de expiación, así como su acción de gracias a la intención del Sacerdote, ante el mismo Sumo Sacerdote, a fin de que sean presentadas a Dios Padre en la misma oblación de la Víctima, y con el rito externo del Sacerdote. Es necesario, en efecto, que el rito externo del Sacrificio manifieste por su naturaleza el culto interno; ahora bien, el Sacrificio de la Nueva Ley significa aquel obsequio supremo con el que el principal oferente, que es Cristo, y con El y por El todos sus miembros místicos, honran debidamente a Dios.

3. Conocimiento y exageraciones de esta doctrina.

116. Con gran alegría de Nuestro ánimo hemos sido informados de que esta doctrina, principalmente en los últimos tiempos, por él intenso estudio de la disciplina Litúrgica por parte de muchos, ha sido puesta en su justo lugar. Pero no podemos por menos de deplorar vivamente las exageraciones y las desviaciones de la verdad, que no concuerdan con los genuinos preceptos de la Iglesia.

117. Algunos, en efecto, reprueban por completo las Misas que se celebran en privado y sin la asistencia del pueblo, como si se desviasen de la forma primitiva del Sacrificio; no falta tampoco quien afirma que los Sacerdotes no pueden ofrecer la Víctima divina al mismo tiempo en varios altares, porque de esta forma disocian la comunidad y ponen en peligro su unidad; asimismo, tampoco faltan quienes llegan hasta el punto de creer necesaria la confirmación y ratificación del Sacrificio por parte del pueblo, para que pueda tener su fuerza y eficacia.

118. Erróneamente se apela en este caso a la índole social del Sacrificio Eucarístico. En efecto, cada vez que el Sacerdote repite lo que hizo el Divino Redentor en la última Cena, el Sacrificio es realmente consumado y tiene siempre y en cualquier lugar, necesariamente y por su intrínseca naturaleza, una función pública y social en cuanto el oferente obra en nombre de Cristo y de los cristianos, de los cuales el Divino Redentor es la Cabeza, y lo ofrece a Dios por la Santa Iglesia Católica, por los vivos y por los difuntos. Y esto se verifica ciertamente lo mismo si asisten los fieles -que Nos deseamos y recomendamos que estén presentes, numerosísimos y fervorosísimos- como si no asisten, no siendo en forma alguna necesario que el pueblo ratifique lo que hace el Sagrado Ministro.

119. Si bien de lo que hemos dicho resulta claramente que el Santo Sacrificio de la Misa es ofrecido válidamente en nombre de Cristo y de la Iglesia, no está privado de sus frutos sociales, aun cuando se celebre sin asistencia dé ningún acólito, no obstante, y por la dignidad de este Ministerio, queremos é insistimos -como por otra parte siempre lo mandó la Santa Madre Iglesia- en que ningún Sacerdote se acerque al Altar si no hay quien le asista y le responda, como prescribe el canon 813.

2° Se ofrecen a sí mismos como víctimas.

120. Para que la oblación, con la que en este Sacrificio ofrecen la Víctima divina al Padre celestial, tenga su pleno efecto, es necesaria todavía otra cosa, a saber: Que se inmolen a sí mismos como víctimas.

121. Esta inmolación no se limita solamente al Sacrificio litúrgico. Quiere, en efecto, el Príncipe de los Apóstoles, que por el mismo hecho de que hemos sido edificados como piedras vivas sobre Cristo, podamos como «Sacerdocio santo ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por Jesucristo» (I Petr. 2, 5), y San Pablo Apóstol, sin ninguna distinción de tiempo, exhorta a los cristianos con las siguientes palabras: «Yo os ruego, hermanos, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios; éste es vuestro culto racional» (Rom. 12, 1).

122. Pero sobre todo cuando los fieles participan en la acción litúrgica con tanta piedad y atención, que se puede verdaderamente decir de ellos: «cuya fe y devoción Te son bien conocidas» (5), no puede ser por menos de que la fe de cada uno actúe más ardientemente por medio de la caridad, se revigorice e inflamé la piedad y se consagren todos a procurar la gloria divina, deseando con ardor hacerse íntimamente semejantes a Cristo, que padeció acerbos dolores, ofreciéndose con el mismo Sumo Sacerdote y por medio de El, como víctima espiritual.

23. Esto enseñan también las exhortaciones que el Obispo dirige en nombre de la Iglesia a los Sagrados Ministros en el día de su Consagración: «Daos cuenta de lo que hacéis, imitad lo que tratáis cuando celebréis el Misterio de la Muerte del Señor, procurad bajo todos los aspectos mortificar vuestros miembros de los vicios y de las concupiscencias» (6). Y casi del mismo modo en los libros litúrgicos son exhortados los cristianos que se acercan al Altar para que participen en los Sagrados Misterios: «Esté… sobre este Altar el culto de la inocencia, inmólese en él la soberbia, aniquílese la ira, mortifíquese la lujuria y todas las pasiones, ofrézcanse en lugar de las tórtolas el sacrificio de la castidad y en lugar de las palomas el sacrificio de la inocencia» (7). Al asistir al Altar debemos, pues, transformar nuestra alma de forma, que se extinga radicalmente todo pecado que hoya en ella, que todo lo que por Cristo da la vida sobrenatural sea restaurado y reforzado con todo diligencia, y así nos convirtamos juntamente con la Hostia inmaculada, en una víctima agradable a Dios Padre.

124. La Iglesia se esfuerza con los preceptos de la Sagrada Liturgia en llevar a efecto de la manera más apropiada este santísimo precepto. A esto tienden no sólo las lecturas, las homilías y las otras exhortaciones de los ministros sagrados y todo el ciclo de los misterios que nos son recordados durante el año, sino también las vestiduras, los ritos sagrados y su aparato externo, que tienen la misión de «hacer pensar en la majestad de tan grande sacrificio, excitar las mentes de los fieles por medio de los signos visibles de piedad y de religión, a la contemplación de las altísimas cosas ocultas en este Sacrificio» (8).

125. Todos los elementos de la Liturgia tienden, pues, a reproducir en nuestras almas la imagen del Divino Redentor, a través del misterio de la Cruz, según el dicho del Apóstol de los, Gentiles: «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal. 2, 19-20). Por cuyo medio nos convertirnos en víctima juntamente con Cristo, para la mayor gloria del Padre.

26. A esto, pues, deben dirigir y elevar su alma los fieles que ofrecen la Víctima divina en el sacrificio eucarístico. Si, en efecto, como escribe San Agustín, «en la mesa del Señor está puesto nuestro Misterio» (9), esto es, el mismo Cristo. Nuestro Señor, en cuanto es Cabeza y símbolo de aquella unión, en virtud de la cual nosotros somos el Cuerpo de Cristo y miembros de su Cuerpo; si San Roberto Bellarmino enseña, según el pensamiento del Doctor de Nipona, que en el Sacrificio del Altar está significado el sacrificio general con que todo el Cuerpo Místico de Cristo, esto es, toda la ciudad redimida es ofrecida a Dios por medio de Cristo Sumo Sacerdote, nada se puede encontrar más recto y más justo que el inmolarnos todos nosotros con Nuestra Cabeza, que por nosotros ha sufrido, al Padre Eterno. En el Sacramento del Altar, según el misma San Agustín, se demuestra a la Iglesia que en el Sacrificio que ofrece es ofrecida también Ella.

3° Recapitulación.

27. Consideren, pues, los fieles a qué dignidad los eleva el Sagrado Bautismo y no se contenten con participar en el Sacrificio Eucarístico con la intención general que conviene a los miembros de Cristo e hijos de la Iglesia, sino que libremente e íntimamente unidos al Sumo Sacerdote y a su Ministro en la tierra, según el espíritu de la Sagrada Liturgia, únanse a él de modo particular en el momento de la Consagración de la Hostia Divina y ofrézcanla conjuntamente con él cuando son pronunciadas aquellas solemnes palabras: «Por El, en El y con El a Ti, Dios Padre Omnipotente, sea dado todo honor y gloria por los siglos de los siglos» (10), a las que el pueblo responde: «Amén«». Ni se olviden los cristianos de ofrecerse a sí mismos con la Divina Cabeza Crucificada, así como sus preocupaciones, dolores, angustias, miserias y necesidades.

C) MEDIOS PARA PROMOVER ESTA PARTICIPACIÓN

1º Varios medios y maneras de participar.

128. Son, pues, dignos de alabanza aquellos que, a fin de hacer más factible y fructuosa para el pueblo cristiano la participación en el Sacrificio Eucarístico, se esfuerzan en poner oportunamente entre las manos del pueblo el «Misal Romano», de forma que los fieles, unidos con el Sacerdote, rueguen con él, con sus mismas palabras y con los mismos sentimientos de la Iglesia, y aquellos que tienden a hacer de la Liturgia, aun externamente, una acción sagrada en la que comuniquen de hecho todos los asistentes. Esto puede realizarse de varias formas, a saber: cuando todo el pueblo, según las normas rituales, o bien responde disciplinadamente a las palabras del Sacerdote, o sigue los cantos correspondientes a las distintas partes del Sacrificio, o hace las dos cosas, o, finalmente, cuando en las Misas solemnes responde alternativamente a las oraciones del Ministro de Jesucristo y se asocia al canto litúrgico.

2° Sus condiciones e intención.

129. Estas maneras de participar en el Sacrificio son dignas de alabanza y aconsejables cuando obedecen escrupulosamente a los preceptos de la Iglesia. Están ordenadas sobre todo a alimentar y fomentar la piedad de los cristianos y a su íntima unión con Cristo y con su Ministro visible, y a estimular aquellos sentimientos y aquellas disposiciones de ánimo con las que es preciso que nuestra alma se configure al Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento.

3° Excesos.

130. Pero si bien demuestran de modo exterior que el Sacrificio, por su naturaleza, en cuanto es realizado por el Mediador entré Dios y los hombres, ha de considerarse obra de todo el Cuerpo Místico de Cristo, no son necesarias para constituir su carácter público y común.

131. Además la Misa «dialogada» no puede sustituir a la Misa solemne, la cual, aun cuando sea celebrada con la sola presencia de los Ministros, goza de una particular dignidad por la majestad de los ritos y el aparato de las ceremonias, aunque su esplendor y su solemnidad aumenten en grado máximo, si, como la Iglesia desea, asiste un pueblo numeroso y devoto.

132. Hay que advertir también. que están fuera de la verdad y del camino de la recta razón aquellos que, arrastrados por falsas opiniones, atribuyen a todas estas circunstancias tanto valor que no dudan en afirmar que, al omitirlas, la acción sagrada no puede alcanzar el fin prefijado.

133. No pocos fieles, en efecto, son incapaces de usar el «Misal Romano», aun cuando esté escrito en lengua vulgar, y no todos están en condiciones de comprender rectamente, como conviene, los ritos y las ceremonias litúrgicas. El ingenio, el carácter y la índole de los hombres son tan variados y diferentes, que no todos pueden ser igualmente impresionados y guiados por las oraciones, los cantos o las acciones sagradas realizadas en común. Además, las necesidades y las disposiciones de las almas no son iguales en todos ni son siempre las mismas en cada, persona. ¿Quién, pues, podrá decir, movido de tal prejuicio, que todos estos cristianos no pueden participar en el Sacrificio Eucarístico y gozar sus beneficios? Pueden ciertamente hacerlo de otras maneras, que a algunos les resultan fáciles, como por ejemplo, meditando piadosamente los misterios de Jesucristo o realizando ejercicios de piedad y rezando otras oraciones, que, aunque diferentes en la forma de los sagrados ritos, corresponden a ellos por su naturaleza.

4° Normas y exhortaciones.

134. Por cuya razón, os exhortamos, Venerables Hermanos, a que en Vuestra Diócesis o jurisdicción eclesiástica reguléis y ordenéis la manera más apropiada en que el pueblo pueda participar en la acción litúrgica, según las normas establecidas por el «Misal Romano» y según los preceptos de la Sagrada Congregación de Ritos y del Código de Derecho Canónico; de forma que todo se lleve a cabo con el necesario decoro y no se consienta a nadie, aun cuando sea Sacerdote, que emplee los Sagrados Sacrificios para arbitrarios experimentos.

135. A tal propósito, deseamos también que en las distintas Diócesis, lo mismo que ya existe una Comisión para el Arte y la Música Sagrada, se constituya también una Comisión para promover el Apostolado litúrgico, a fin de que bajo vuestro vigilante cuidado todo se realice diligentemente, según las prescripciones de la Sede Apostólica.

136. En las Comunidades religiosas también debe observarse exactamente todo lo que sus propias Constituciones han establecido en esta materia, y no deben introducirse novedades que no hayan sido previamente aprobadas por los Superiores.

137. En realidad, por varias que puedan ser las formas y las circunstancias externas de la participación del pueblo en el Sacrificio Eucarístico y en las otras acciones litúrgicas, se debe siempre procurar con todo cuidado que las almas de los asistentes se unan al Divino Redentor con los más estrechos vínculos posibles y que su vida se enriquezca con una santidad cada vez mayor y crezca cada día más la gloria del Padre celestial.

III. La Comunión Eucarística

A) LA COMUNIÓN. SUS RELACIONES CON EL SACRIFICIO

1° Resumen de la Doctrina.

138. El augusto Sacrificio del Altar se completa con la Comunión del divino Convite. Pero, como todos saben, para obtener la integridad del mismo Sacrificio, sólo es necesario que el Sacerdote se nutra del alimento celestial, pero no que el pueblo (aunque esto sea por demás sumamente deseable) se acerque a la Santa Comunión.

2° No es necesaria la de los fieles.

139. Nos place, a este propósito, recordar las consideraciones de Nuestro Predecesor Benedicto XIV sobre las definiciones del Concilio de Trento: «En primer lugar, debemos decir que a ningún fiel se le puede ocurrir que las Misas privadas, en las que sólo el Sacerdote toma la Eucaristía, pierdan por esto su valor de verdadero, perfecto e íntegro Sacrificio, instituido por Cristo Nuestro Señor, y hayan por ello de considerarse ilícitas. Tampoco ignoran los fieles (o al menos pueden ser fácilmente instruidos de ello) que el Sacrosanto Concilio de Trento, fundándose en la doctrina custodiada en la ininterrumpida Tradición de la Iglesia, condenó la nueva y falsa doctrina de Lutero, contraria a ella».(11) «Quien diga que las Misas en las que sólo el Sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas y deben por ello derogarse, sean anatema» (12).

140. Se alejan, pues, del camino de la verdad aquellos que se niegan a celebrar si el pueblo cristiano no se acerca a la Mesa divina; y todavía más se alejan aquellos que, por sostener la absoluta necesidad de que los fieles se nutran del alimento eucarístico juntamente con el Sacerdote, afirman capciosamente que no se trata tan sólo de un Sacrificio, sino de un Sacrificio y de un convite de fraterna comunión y hacen de la santa Comunión, realizada en común casi el punto supremo de toda la celebración.

141. Hay que afirmar una vez más que el Sacrificio Eucarístico consiste esencialmente en la inmolación cruenta de la Víctima divina, inmolación que es místicamente manifestada por la separación de las sagradas Especies y por la oblación de las mismas hecha al Eterno Padre. La santa Comunión pertenece a la integridad del Sacrificio y a la participación en él por medio de la Comunión del augusto Sacramento, y aunque es absolutamente necesaria al Ministro sacrificante, en lo que toca a los fieles sólo es evidentemente recomendable.

3° Pero es de consejo.

1. La Comunión.

142. Y así como la Iglesia, en cuanto Maestra de verdad, se esfuerza con todo cuidado en tutelar la integridad de la Fe católica, así, en cuanto Madre solicita de sus hijos, les exhorta a participar con frecuencia e interés en este máximo beneficio de nuestra Religión.

143. Desea ante todo que los cristianos (especialmente cuando no pueden con facilidad recibir de hecho el alimento eucarístico) lo reciban al menos con el deseo, de forma que, con viva fe, con ánimo reverentemente humilde y confiado en la voluntad del Redentor divino, con el amor más ardiente se unan a El.

144. Pero no basta. Puesto que, como hemos dicha más arriba, podemos participar en el Sacrificio también con la Comunión Sacramental, por medio del Convite de los Ángeles, la Madre Iglesia, para que más eficazmente «podamos sentir en nosotros de continuo el fruto de la Redención» (13), repite a todos sus hijos la invitación de Cristo Nuestro Señor: «Tomad y comed… Haced esto en mi memoria» (I Cor. 11, 24).

145. A cuyo propósito, el Concilio de Trento, haciéndose eco del deseo de Jesucristo y de su Esposa inmaculada, nos exhorta ardientemente «para que en todas las Misas los fieles presentes participen no sólo espiritualmente, sino también recibiendo sacramentalmente la Eucaristía, a fin de que reciban más abundantemente el fruto de este Sacrificio» (14).

146. También Nuestro inmortal predecesor Benedicto XIV, para que quedase mejor y más claramente manifiesta la participación de los fieles en el mismo Sacrificio divino por medio de la Comunión Eucarística, alaba la devoción de aquellos que no sólo desean nutrirse del alimento celestial, durante la asistencia al Sacrificio, sino que prefieren alimentarse de las Hostias consagradas en el mismo Sacrificio, si bien, como él declara, se participa real y verdaderamente en el Sacrificio, aun cuando se trate de Pan eucarístico debidamente consagrado con anterioridad. Así escribe, en efecto: «Y aunque participen en el mismo sacrificio además de aquellos a quienes el Sacerdote celebrante da parte de la Víctima por él ofrecida en la Santa Misa, otras personas a las que el Sacerdote da la Eucaristía que se suele conservar, no por esto la Iglesia ha prohibido en el pasado ni prohíbe ahora que el Sacerdote satisfaga la devoción y la justa petición de aquellos que asisten a la Misa y solicitan participar en el mismo Sacrificio que ellos también ofrecen a la manera que les está asignada; antes bien, aprueba y desea que esto se haga y reprobaría a aquellos Sacerdotes por cuya culpa o negligencia se negase a los fieles esta participación» (15).

147. Quiera, pues, Dios que todos, espontánea y libremente, correspondan a esta solícita invitación de la Iglesia; quiera Dios que los fieles, incluso todos los días, participen no sólo espiritualmente en el Sacrificio divino, sino también con la Comunión del Augusto Sacramento, recibiendo el Cuerpo de Jesucristo, ofrecido por todos al Eterno Padre. Estimulad, Venerables Hermanos, en las almas confiadas a Vuestro cuidado el hambre apasionada e insaciable de Jesucristo; que Vuestra enseñanza llene los Altares de niños y de jóvenes que ofrezcan al Redentor divino su inocencia y su entusiasmo; que los cónyuges se acerquen al Altar a menudo, para que puedan educar la prole que les ha sido confiada en el sentido y en la caridad de Jesucristo; sean invitados los obreros para que puedan tomar el alimento eficaz e indefectible que restaura sus fuerzas y les prepara para sus fatigas la eterna misericordia en el cielo; reuníos, en fin, los hombres de todas las clases y «apresuraos a entrar», porque éste es el Pan de la vida del que todos tienen necesidad. La Iglesia de Jesucristo sólo tiene este Pan para saciar las aspiraciones y los deseos de nuestras almas, para unirlas íntimamente a Jesucristo y, en fin, para que por su virtud se conviertan en «un solo Cuerpo» (I Cor. 10, 17) y sean como hermanos todos los que se sientan a una misma Mesa para tomar el remedio de la inmortalidad con la fracción de un único Pan.

2. Las circunstancias de la Comunión.

148. Es bastante oportuno también (lo que, por otra parte, está establecido por la Liturgia) que el pueblo acuda a la Santa Comunión después que el Sacerdote haya tomado del Altar el alimento divino; y, como más arriba hemos dicho, son de alabar aquellos que, asistiendo a la Misa, reciben las Hostias consagradas en el mismo Sacrificio, de forma que se cumpla en verdad que «todos los que participando de este Altar hayamos recibido el Sacrosanto Cuerpo y Sangre de tu Hijo, seamos colmados de toda la gracia y bendición celestial» (16).

149. Sin embargo, no faltan a veces las causas, ni son raras las ocasiones en que el Pan Eucarístico es distribuido antes o después del mismo Sacrificio y también que se comulgue, aunque la Comunión se distribuya inmediatamente después de la del Sacerdote, con Hostias consagradas anteriormente. También en esos casos, como por otra parte ya hemos advertido, el pueblo participa en verdad en el Sacrificio Eucarístico y puede, a veces con mayor facilidad, acercarse a la Mesa de la Vida eterna.

150. Sin embargo, si la Iglesia, con maternal condescendencia, se esfuerza en salir al encuentro de las necesidades espirituales de sus hijos, éstos, por su parte, no deben desdeñar aquello que aconseja la Sagrada Liturgia, y siempre que no haya un motivo plausible para lo contrario, deben hacer todo aquello que más claramente manifiesta en el Altar la unidad viva del Cuerpo místico.

B) ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

1º. Su conveniencia.

151. La acción sagrada, que está regulada por particulares normas litúrgicas, no dispensa, después de haber sido realizada, de la acción de gracias, a aquel que ha gustado del alimento celestial; antes bien, es muy conveniente que, después de haber recibido el alimento eucarístico, y terminados los ritos públicos, se recoja íntimamente unido al Divino Maestro, se entretenga con El en dulcísimo y saludable coloquio durante el tiempo que las circunstancias le permitan.

2°. El error.

152. Se alejan, por tanto, del recto camino de la verdad, aquellos que, aferrándose a las palabras más que al espíritu, afirman y enseñan que acabada la Misa no se debe prolongar la acción de gracias, no sólo porque el Sacrificio del Altar es ya por su naturaleza una Acción de Gracias, sino también porque esto es gestión de la piedad privada y personal y no del bien de la comunidad.

3°. Razones que la exigen.

153. Antes al contrario, la misma naturaleza del Sacramento exige que el cristiano que lo reciba obtenga de él abundantes frutos de santidad. Ciertamente, ya se ha disuelto la pública congregación de la comunidad, pero es necesario que cada uno, unido con Cristo, no interrumpa en su alma el cántico de alabanzas, «dando siempre gracias por todo a Dios Padre, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo» (Efes. 5, 20).

154. A lo que también nos exhorta la Sagrada Liturgia del Sacrificio Eucarístico cuando nos manda rezar con estas palabras: «Señor… Te rogamos que siempre perseveremos en acción de gracias… y que jamás cesemos de alabarte»(17). Por tanto, si siempre se debe dar gracias a Dios y jamás se debe dejar de alabarlo, ¿quién se atrevería a reprender y desaprobar a la Iglesia, que aconseja a sus Sacerdotes y a los fieles que se mantengan, al menos por un poco de tiempo, después de la Comunión, en coloquio con el Divino Redentor, y que han insertado en los libros litúrgicos las oportunas plegarias, enriquecidas con indulgencias, con las cuáles los Sagrados Ministros se pueden preparar convenientemente antes de celebrar y de comulgar y, acabada la Santa Misa, manifestar a Dios su agradecimiento?

155. La Sagrada Liturgia, lejos de sofocar los sentimientos íntimos de cada cristiano, los capacita y los estimula para que se asimilen a Jesucristo y, por medio de El, sean dirigidos al Padre; de aquí que exija que quien se haya acercado a la Mesa Eucarística, dé gracias a Dios como es debido. Al divino Redentor le agrada escuchar nuestras plegarias, hablar con nosotros con el Corazón abierto y ofrecernos refugio en su Corazón inflamado de Amor.

156. Además, estos actos, propios de cada individuo, son absolutamente necesarios para gozar más abundantemente de todos los tesoros sobrenaturales de que tan rica es la Eucaristía y para transmitirlos a los otros, según nuestras posibilidades, a fin de que Cristo Nuestro Señor consiga en todas las almas la plenitud de su virtud.

4º. Alabanzas a quienes la hacen.

157. ¿Por qué, pues, Venerables Hermanos, no hemos de alabar a aquellos que, aun después de haberse disuelto oficialmente la Asamblea cristiana, se mantienen en íntima familiaridad con el Redentor Divino, no sólo para entretenerse en dulce coloquio con El, sino también para darle gracias y alabarle y especialmente para pedirle ayuda, a fin de quitar de su alma todo lo que pueda disminuir la eficacia del Sacramento y hacer de su parte todo lo que pueda favorecer la acción presente de Jesús? Les exhortamos también a hacerlo de forma particular, bien llevando a la práctica los propósitos concebidos y ejercitando las virtudes cristianas, bien adaptando a sus propias necesidades cuanto han recibido con munificencia.

5º. Palabras de “La Imitación de Cristo”.

158. Verdaderamente hablaba según los preceptos y el espíritu de la Liturgia, el autor del áureo librito de «La Imitación de Cristo», cuando aconsejaba a los que habían comulgado: «Recógete en secreto y goza a tu Dios, para poseer aquello que el mundo entero no podrá quitarte» (18).

6º. Unirnos a Cristo.

159. Todos nosotros, pues, íntimamente unidos a Cristo, debemos tratar de sumergirnos en su Alma Santísima y de unirnos con El para participar así en los actos de Adoración con los que El ofrece a la Trinidad Augusta el homenaje más grato y aceptable; en los actos de Alabanza y de Acción de gracias que El ofrece al Padre Eterno y de que se hace unánime eco el cántico del cielo y la tierra, como está dicho: «Bendecid al Señor en todas sus criaturas» (Dan. 3, 57); en los actos, finalmente, con los que, unidos, imploramos la ayuda celestial en el momento más oportuno para pedir y obtener socorro en nombre de Cristo, y sobre todo en aquellos con los que nos ofrecemos e inmolamos como víctimas, diciendo: «Haz de nosotros mismos un homenaje en tu honor»(19).

7º. Permanecer en Cristo.

160. El Divino Redentor repite incesantemente su apremiante invitación: «Permaneced en Mí» .(Juan 15, 4) Por medio del Sacramento de la Eucaristía, Cristo habita en nosotros y nosotros habitamos en Cristo; y de la misma manera que Cristo, permaneciendo en nosotros, vive y obra, así es necesario que nosotros, permaneciendo en Cristo, por El vivamos y obremos.

IV. La adoración de la Eucaristía

A) SUS FUNDAMENTOS

161. El alimento eucarístico contiene, como todos saben, «verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo» (20); no es, por tanto, extraño que la Iglesia, desde sus orígenes, haya adorado el Cuerpo de Cristo bajo las especies eucarísticas, como se ve en los mismos ritos del augusto Sacrificio, en los que se prescribe a los Sagrados Ministros que adoren al Santísimo Sacramento con genuflexiones o con inclinaciones profundas.

162. Los Sagrados Concilios enseñan que desde el comienzo de su vida ha sido transmitido a la Iglesia, que se debe honrar «con una única adoración al Verbo Dios Encarnado y a su propia Carne» 124(21), y San Agustín afirma: «Ninguno coma de esta Carne sin haberla antes adorado» 125(22), añadiendo que no sólo no pecamos adorando, sino que pecamos no adorando.

B) SU ORIGEN Y DESARROLLO

1. Origen histórico.

163. De estos principios doctrinales ha nacido y se ha venido poco a poco desarrollando el culto eucarístico de adoración, distinto del Santo Sacrificio. La conservación de las sagradas Especies para los enfermos y para todos aquellos que pudieran encontrarse en peligro de muerte, introdujo el loable uso de adorar este Pan celestial conservado en las Iglesias.

2. Motivo.

164. Este culto de adoración tiene un válido y sólido motivo. La Eucaristía, en efecto, es un Sacrificio y es también un Sacramento, y se distingue de los demás Sacramentos en que no sólo produce la gracia, sino que contiene de forma permanente al Autor mismo de la Gracia. Cuando por esto la Iglesia nos ordena adorar a Cristo escondido bajo los velos eucarísticos y pedirle a El los bienes sobrenaturales y terrenos de que siempre tenemos necesidad, manifiesta la fe viva con la cual se cree presente bajo aquellos velos a su Esposo divino, le manifiesta su reconocimiento y goza su familiaridad intima.

3. Desarrollo.

165. En el decurso de los tiempos, la Iglesia ha introducido en este culto varias formas, cada día ciertamente más bellas y saludables. Como, por ejemplo, las devotas visitas diarias a los Sagrarios del Señor; las bendiciones con el Santísimo Sacramento; las solemnes procesiones por campos y ciudades, especialmente con ocasión de los Congresos Eucarísticos, y adoración del Augusto Sacramento, públicamente expuesto. Adoraciones públicas que a veces duran un tiempo limitado y a veces, en cambio, son prolongadas durante horas enteras e incluso durante cuarenta horas; en algunos lugares son continuadas durante todo el año por turno en las distintas Iglesias; en otros se continúan tanto de día como de noche, por la vela de las Comunidades Religiosas, y a veces también los fieles toman parte en ellas.

166. Estos ejercicios de devoción contribuyeron de forma admirable a la Fe y a la Vida sobrenatural de la Iglesia militante en la tierra, la cual, al obrar así, se hace eco, en cierto modo, de la Iglesia triunfante, que eleva eternamente el himno de alabanza a Dios y al Cordero «que ha sido sacrificado». Por esto la Iglesia no sólo ha aprobado, sino que ha hecho suyo y ha confirmado con su autoridad estos devotos ejercicios, propagados por doquier en el transcurso de los siglos. Surgen del espíritu de la Sagrada Liturgia, y por esto, siempre que sean realizadas con el decoro, la fe y la devoción exigidos por los Sagrados Ritos y por las prescripciones de la Iglesia, ciertamente contribuyen en gran modo a vivir la vida litúrgica.

167. Tampoco se puede decir que este culto eucarístico provoca una errónea confusión entre el Cristo histórico, como algunos dicen, el que ha vivido en la tierra, y el Cristo presente en el Augusto Sacramento del Altar, y el Cristo triunfante en el Cielo y dispensador de gracias antes bien, se debe afirmar que con este culto los fieles testimonian solemnemente la fe de la Iglesia, con la cual se cree que uno e idéntico es el Verbo de Dios y el Hijo de María Virgen, que sufrió en la Cruz, que está presente oculto en la Eucaristía y que reina en el Cielo.

168. Así dice San Juan Crisóstomo : «Cuando lo veas ante ti (el Cuerpo de Cristo), di para ti mismo: Por este Cuerpo no soy ya tierra y cenizas, no soy ya esclavo, sino libre; por esto espero lograr el cielo y los bienes que en él se encuentran, la vida inmortal, la herencia de los Ángeles, la compañía de Cristo; este Cuerpo traspasado por los clavos, azotado por los látigos, no fue presa de la muerte… Este es aquel Cuerpo que fue ensangrentado, traspasado por la lanza, y del cual brotaron dos fuentes salvadoras: la una de Sangre, y la otra de agua… Este Cuerpo nos dio qué tener y qué comer, lo cual es consecuencia del intenso amor» (23).

169. De modo particular, pues, es muy de alabar la costumbre según la cual muchos ejercicios de piedad, incorporados a las costumbres del pueblo cristiano, concluyen con el rito de la Bendición Eucarística. Nada mejor ni más beneficioso que el gesto con que el Sacerdote, elevando al Cielo el Pan de los Ángeles, ante la multitud cristiana arrodillada, y moviéndolo en forma, de Cruz, invoca al Padre celestial para que se digne volver benignamente los ojos a su Hijo, crucificado por Amor nuestro, y que a causa de El quiso ser Nuestro Redentor y hermano, y para que por su medio difunda sus dones celestiales sobre los redimidos por la Sangre inmaculada del Cordero.

4. Exhortación.

170. Procurad, pues, Venerables Hermanos, con Vuestra suma diligencia habitual, que los templos edificados por la fe y por la piedad de las generaciones cristianas en el transcurso de los siglos, como un perenne himno de gloria a Dios y, como digna morada de Nuestro Redentor oculto bajo las especies eucarísticas, estén abiertos lo más posible a los fieles, cada vez más numerosos, a fin de que, reunidos a los pies de su Salvador, escuchen su dulcísima invitación «Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que Yo os aliviaré» (Mat. 11, 28). Que los templos sean verdaderamente la Casa de Dios, en la cual el que entre para pedir favores se alegre al conseguirlo todo y obtenga el consuelo celestial.

«Buen Pastor, Pan verdadero,
Jesús, ten misericordia de nosotros:
apaciéntanos Tú, guárdanos:
haz que veamos los bienes
en la tierra
de los vivos».

PARTE TERCERA

I. El Oficio Divino

EL OFICIO DIVINO Y EL AÑO LITÚRGICO

A) FUNDAMENTOS

172. El ideal de la vida cristiana consiste, en que cada uno se una íntima y continuamente a Dios. Por esto, el culto que la Iglesia rinde al Eterno, y que está recogido principalmente en el Sacrificio Eucarístico y en el uso de los Sacramentos, está ordenado y dispuesto de modo que por el Oficio Divino se extienda a todas las horas del día, a las semanas, a. todo el curso del año, a todos los tiempos y a todas las condiciones de la vida humana.

173. Habiendo ordenado el Divino Maestro: «Conviene orar perseverantemente y no desfallecer» (Luc. 18, 1), la Iglesia, obedeciendo fielmente esta advertencia, no cesa nunca de orar y nos exhorta con el Apóstol de los Gentiles: «Ofrezcamos, pues, a Dios sin cesar, por medio de El (Jesús), un sacrificio de alabanza» (Hebr. 13, 15).

B) HISTORIA

174. La Oración pública y colectiva, dirigida a Dios por todos conjuntamente, en la antigüedad sólo tenía lugar en ciertos días y a determinadas horas. Sin embargo, no sólo se oraba en las reuniones públicas, sino también en las casas privadas y a veces con los vecinos y amigos.

175. No obstante, pronto comenzó a tomar auge en las distintas partes de la cristiandad la costumbre de destinar a la Oración determinados momentos: por ejemplo, la última hora del día, cuando el sol se oculta y se encienden las luces; o la primera, cuando termina la noche, después del canto del gallo y al salir el sol. Otros momentos del día son indicados como más propios para la Oración por las Sagradas Escrituras, siguiendo las costumbres tradicionales hebreas y los usos cotidianos. Según los Hechos de los Apóstoles, los Discípulos de Jesucristo se reunían para orar en la hora tercera, cuando «fueron llenados todos del Espíritu Santo»; el Príncipe de los Apóstoles también, antes de tomar alimento, «subió a lo alto de la casa, cerca de la hora de sexta, a hacer oración»; Pedro y Juan «subían al Templo a la oración de la hora nona», y Pablo y Silas «a la media noche, puestos en oración, cantaban alabanzas a Dios».

176. Estas distintas oraciones, especialmente por iniciativa y obra de los monjes y de los ascetas, se perfeccionan cada día más y poco a poco son introducidas en el uso de la Sagrada Liturgia por la autoridad de la Iglesia.

C) NATURALEZA

177. El Oficio Divino es, pues, la oración del Cuerpo Místico de Cristo, dirigida a Dios en nombre de todos los cristianos y en su beneficio, siendo hecha por Sacerdotes, por los otros ministros de la Iglesia y por las religiosos para ello delegados por la Iglesia misma.

178. Cuáles deban ser el carácter y valor de esta Alabanza divina se deduce de las palabras que la Iglesia aconseja decir antes de comenzar las oraciones del Oficio, prescribiendo que sean recitadas «digna, atenta y devotamente».

179. El Verbo de Dios, al tomar la Naturaleza humana, introdujo en el destierro terreno el himno que se canta en el cielo por toda la eternidad. El une a Sí a toda la comunidad humana y se la asocia en el canto de este himno de alabanza. Debemos reconocer con humildad que «no sabiendo siquiera qué hemos de pedir en nuestras oraciones ni cómo conviene hacerlo, el mismo espíritu (divino) hace o produce en nuestro interior nuestras peticiones a Dios con gemidos que son inexplicables» (Rom. 8, 26). Y también Cristo, por medio de su espíritu, ruega en nosotros al Padre. «Dios no podría hacer a los hombres un don más grande… Ruega (Jesús) por nosotros como nuestro Sacerdote; ruega en nosotros como nuestra Cabeza; nosotros le rogamos a El como a nuestro Dios… Reconozcamos, pues, tanto nuestras voces en El como su voz en nosotros… Se le ruega a El como Dios; ruega El como siervo; allí es el Creador, aquí un Ser creado en cuanto asume la naturaleza de cambiar sin cambiarse, haciendo de nosotros un solo hombre con El: Cabeza y Cuerpo» (1).

D) DEVOCIÓN DE NUESTRA ALMA

180. A la excelsa dignidad de esta Oración de la Iglesia debe corresponder la intensa devoción de nuestra alma. Y puesto que la voz del orante repite los cánticos escritos por inspiración del Espíritu Santo, que proclaman y exaltan la perfectísima grandeza de Dios, es también necesario que a esta voz acompañe el movimiento interior de nuestro espíritu para hacer nuestros aquellos sentimientos con que nos elevamos al Cielo, adoramos a la Santísima Trinidad y le rendimos las alabanzas y acciones de gracias debidas. <>. No se trata, pues, de una simple recitación ni de un canto que, aunque perfectísimo según las leyes del arte musical y las normas de los Sagrados Ritos, llegue tan sólo al oído, sino que se trata sobre todo de una elevación de nuestra mente y de nuestra alma a Dios, a fin de que nos consagremos nosotros mismos y todas nuestras acciones a El, unidos con Jesucristo.

181. De esto depende, y ciertamente no en pequeña parte, la eficacia de las oraciones. Las cuales, si no son dirigidas al mismo Verbo hecho Hombre, acaban con estas palabras: «Por Nuestro Señor Jesucristo», que, como Mediador ante Dios y los hombres, muestra al Padre celestial su intercesión gloriosa, «como que está siempre vivo para interceder por nosotros» (Hebr. 7, 25).

E) LOS SALMOS

182. Los Salmos, como todos saben, constituyen la parte principal del Oficio divino. Abrazan toda la extensión del día y le dan un carácter de santidad. Casiodoro dice bellamente a propósito de los Salmos distribuidos en el oficio divino de su tiempo: «Ellos… con el júbilo matutino, nos hacen favorable el día que va a comenzar, nos santifican la primera hora del día, nos consagran la tercera, nos alegran la sexta en la fracción del pan, nos señalan en la nona el fin del ayuno, concluyen el fin de la jornada impidiendo a nuestro espíritu entenebrecerse al acercarse la noche» (2).
183. Los Salmos repiten las verdades, reveladas por Dios al pueblo escogido, a veces terribles, a veces penetradas de suavísima dulzura; repiten y encienden la esperanza en el libertador prometido que en un tiempo era animada con cánticos en torno al hogar doméstico y en la misma majestad del Templo; ponen bajo una luz maravillosa la profetizada gloria de Jesucristo y su supremo y eterno Poder, su venida y su muerte en este destierro terrenal, su regia dignidad y su potestad sacerdotal, sus benéficas fatigas y su Sangre derramada por nuestra Redención. Expresan igualmente la alegría de nuestras almas, la tristeza, la esperanza, el temor, el intercambio de amor y el abandono en Dios, como la mística ascensión hacia los divinos Tabernáculos.

«El Salmo… es la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio del pueblo, el aplauso de todos, el lenguaje general, la voz de la Iglesia, la profesión de la fe con cantos, la plena devoción a la autoridad, la alegría de la libertad, el grito de júbilo, el eco del gozo» (3).

F) PRÁCTICA

184. En los tiempos antiguos, la asistencia de los fieles a estas oraciones del oficio era mayor, pero fue disminuyendo gradualmente, y como hemos dicho, su recitación está en la actualidad reservada al Clero y a los Religiosos. En rigor de derecho, pues, nada está prescrito a los seglares en esta materia; pero es sumamente de desear que también ellos tomen parte activa en el canto o en la recitación del oficio de Vísperas en los días festivos, en sus respectivas Parroquias.
185. Os recomendamos vivamente, Venerables Hermanos, a vosotros y a vuestros fieles, que no cese esta piadosa costumbre y que se le restituya en lo posible donde haya desaparecido.

186. Esto traerá ciertamente frutos saludables si las Vísperas son cantadas, no sólo digna y decorosamente, sino también de forma que regocijen suavemente en varias formas la piedad de los fieles.

187. Permanezca en su debido cumplimiento la observancia de los días festivos, que deben ser dedicados y consagrados a Dios de modo particular y, sobre todo, del Domingo, que los Apóstoles, instruidos por el Espíritu Santo, instituyeron en lugar del sábado. Si se mandó a los judíos: «Trabajaréis durante seis días; el séptimo es el sábado, de santo descanso para el Señor; cualquiera que trabaje en este día, será condenado a muerte» (Exod. 31, 15), ¿cómo no temerán la muerte espiritual aquellos cristianos que hacen trabajos serviles y que, en la duración del descanso festivo, no se dedican a la piedad y a la Religión, sino que se abandonan desorbitadamente a los atractivos del siglo? El domingo y los días festivos deben, por tanto, estar consagrados al culto divino, con el cual se adora a Dios y el alma se nutre del alimento celestial, y si bien la Iglesia prescribe solamente que los fieles deben abstenerse del trabajo servil y deben asistir al Sacrificio Eucarístico y no da ningún precepto para el culto vespertino, también es cierto que existen además de los preceptos sus insistentes recomendaciones y deseos, además de que esto es todavía más imperiosamente exigido por la necesidad que todos tienen de que el Señor se les muestre propicio para impetrarle sus beneficios.

188. Nuestro ánimo se entristece profundamente al ver cómo en nuestros tiempos pasa el pueblo cristiano las tardes de los días festivos los locales de espectáculos públicos y de juegos están llenos, mientras que las Iglesias se ven menos frecuentadas de lo que convendría.

189. Sin embargo, es indudablemente necesario que todos se acerquen a nuestro templo para ser instruidos en la verdad de la fe católica, para cantar las alabanzas de Dios y para ser enriquecidos por el Sacerdote con la bendición eucarística y proveerse de la ayuda celestial contra las adversidades de la vida presente.

190. Procuren todos aprender las fórmulas que se cantan en las Vísperas e intenten penetrar su intimo significado, y bajo el influjo de estas oraciones experimentarán aquello que San Agustín afirmaba de él: «¡Cuánto lloré entre himnos y cánticos, vivamente conmovido por el suave canto de tu Iglesia! Aquellas voces resonaban en mis oídos, destilaban la verdad en mi corazón y me inspiraban sentimientos de devoción, y las lágrimas corrían y me hacían bien» (4).

II. El año litúrgico

CICLO DE LOS MISTERIOS

1º. Se desenvuelve principalmente por El

191. Durante todo el curso del año, la celebración del sacrificio eucarístico y el oficio divino se desenvuelve, sobre todo, en torno a la persona de Jesucristo, y se organiza de forma tan concorde y congruente que nos hace conocer a la perfección a nuestro Salvador en sus misterios de humillación, de redención y de triunfo.

2º. Intentos de la Sagrada Liturgia.

192. Revocando estos misterios de Jesucristo, la Sagrada Liturgia trata de hacer participar en ellos a todos los creyentes, de forma que la Divina Cabeza del Cuerpo Místico viva en la plenitud de su santidad en cada uno de los miembros. Sean las almas de los cristianos como altares en los que se repitan y se revivan las varias fases del sacrificio que inmola el Sumo Sacerdote; los dolores y las lágrimas que lavan y expían los pecados; la oración dirigida a Dios, que se eleva hasta el cielo; la propia inmolación hecha con ánimo pronto, generoso y solícito y, por fin; la íntima unión con la cual nos abandonamos a Dios nosotros y nuestras cosas, y descansamos en El, «siendo el juego de la religión el imitar a aquél a quien adora» (5).

3º. Desarrollo de este ciclo.

193. Conforme con estos modos y motivos con que la Liturgia propone a nuestra meditación en tiempos fijos la vida de Jesucristo, la Iglesia nos muestra ejemplos que debemos imitar y los tesoros de santidad que hacemos nuestros, porque es necesario creer con el espíritu lo que se canta con la boca, y traducir en la práctica de las costumbres públicas y privadas lo que se cree con el espíritu.

a) Especial intención de la Iglesia en cada tiempo.

194. Así, en la época de Adviento, excita en nosotros la conciencia de los pecados miserablemente cometidos, y nos exhorta para que, frenando los deseos con la mortificación voluntaria del cuerpo, nos recojamos en piadosa meditación y nos sintamos impulsados por el deseo de volver a Dios, que es el único que puede liberarnos con su gracia de la mancha de los pecados y de los males que son su consecuencia.

195. Con la conmemoración del Nacimiento del Redentor, parece casi reconducirnos a la gruta de Belén, para que allí aprendamos que es absolutamente necesario nacer de nuevo y reformarnos radicalmente, lo que sólo es posible cuando nos unamos intima y vitalmente al Verbo de Dios, hecho hombre, y seamos partícipes de su divina naturaleza, a la que seamos elevados.

196. Con la solemnidad de la Epifanía, recordando la vocación de los gentiles a la fe cristiana, quiere que demos gracias todos los días al Señor por tan gran beneficio, que deseemos con gran fe al Dios vivo, que comprendamos con gran devoción y profundidad las cosas sobrenaturales y que practiquemos el silencio y la meditación para poder fácilmente entender y conseguir los dones celestiales.

197. En los días de la Septuagésima y de la Cuaresma, la Iglesia, nuestra Madre, multiplica sus cuidados para que cada uno de nosotros se percate diligentemente de sus miserias, sea activamente incitado a la enmienda de las costumbres y deteste de forma particular los pecados, lavándolos con la oración y la penitencia, ya que la asidua oración y la penitencia de los pecados cometidos nos obtienen la ayuda divina, sin la cual son inútiles y estériles todas nuestras obras.

198. En el tiempo sagrado en que la Liturgia nos propone los atroces dolores de Jesucristo, la Iglesia nos invita al Calvario, para seguir las huellas sangrientas del Divino Redentor, a fin de que con gusto llevemos la cruz con El, para que tengamos en nosotros los mismos sentimientos de expiación y de propiciación y para que juntos muramos todos con El.

199. Con la solemnidad pascual, que conmemora el triunfo de Cristo, nuestra alma es invadida por una íntima alegría, y debemos oportunamente pensar que también nosotros debemos resucitar juntamente con el Redentor de una vida fría e inerte a una vida más santa y fervorosa, ofreciéndonos todos con generosidad a Dios y olvidándonos de esta miserable tierra para aspirar solamente al Cielo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas que son de arriba…, saboread las cosas del cielo» (Colos. 3, 1-2).

200. En el tiempo de Pentecostés, finalmente, la Iglesia nos exhorta con sus preceptos y sus obras, a ofrecernos dócilmente a la acción del Espíritu Santo, el cual quiere inflamar nuestros corazones de caridad divina para que progrese cada día en la virtud con mayor empeño y así nos santifiquemos, de la misma forma que Cristo Nuestro Señor y su Padre celestial son Santos.

b) Es, pues, un himno que requiere atención e interés.

201. Todo el año litúrgico puede, pues, considerarse como un magnífico himno de alabanza que la familia cristiana dirige al Padre Celestial, por medio de Jesús, eterno mediador; pero requiere también de nosotros un estudio diligente y bien ordenado para conocer y alabar cada vez más a nuestro Redentor; un esfuerzo intenso y eficaz y un adiestramiento continuo para imitar sus misterios, para entrar voluntariamente en el camino de sus dolores y para participar, finalmente, de su gloria y de su eterna bienaventuranza.

4º. Error.

202. De cuanto ha sido expuesto, aparece claramente, Venerables Hermanos, lo alejados que están del verdadero y genuino concepto de la liturgia aquellos escritores modernos que, engañados por una pretendida disciplina mística superior, se atreven a afirmar que no debemos concentrarnos sobre el Cristo histórico, sino sobre el Cristo <<neumático y glorificado>>, y no vacilan en afirmar que en la piedad de los fieles se ha verificado un cambio, por el cual Cristo ha sido casi destronado con la ocultación del Cristo glorificado que vive y reina por los siglos de los siglos y está sentado a la diestra del Padre, mientras que en su lugar se ha introducido al Cristo de la vida terrenal. Por esto algunos llegan hasta el punto de querer retirar de las. Iglesias las imágenes del Divino Redentor que sufre en la Cruz.

203. Pero estas falsas opiniones son del todo contrarias a la sagrada doctrina tradicional. «Cree en Cristo nacido en carne -dice San Agustín- y llegarás al Cristo nacido de Dios, y Dios cerca de Dios» (6). La sagrada Liturgia nos propone también a todo Cristo, en los varios aspectos de su vida; el Cristo que es Verbo del Padre Eterno, que nace de la Virgen Madre de Dios, que nos enseña la verdad, que sana a los enfermos, que consuela a los afligidos, que sufre, que muere y que, en fin, resucita triunfando sobre la muerte; que reinando en la gloria del cielo, nos envía al Espíritu Paráclito, y que vive siempre en su Iglesia: «Jesucristo, el mismo que ayer, es hoy, y lo será por los siglos de los siglos» (Hebr. 13, 18). Y además, no nos lo presenta sólo como un ejemplo que imitar, sino también como un maestro a quien escuchar y un pastor a quien seguir; como mediador de nuestra salvación, principio de nuestra santidad y Cabeza mística de la que somos miembros, vivos con su misma vida.

204. Y así como sus acerbos dolores constituyen el misterio principal de que proviene nuestra salvación, está conforme con las exigencias de la fe católica el destacar esto todo lo posible, porque esto es como el centro del culto divino, siendo el sacrificio eucarístico su cotidiana representación y renovación y estando todos los sacramentos unidos con estrechísimos vínculos a la Cruz.

5º. Qué es, pues, el ciclo de misterios.

205. Por esto el año litúrgico, al que la piedad de la Iglesia alimenta y acompaña, no es una fría e inerte representación de hechos que pertenecen al pasado, o una simple y desnuda revocación de realidades de otros tiempos. Es más bien Cristo mismo, que vive en su Iglesia siempre y que prosigue el camino de inmensa misericordia por El iniciado con piadoso consejo en esta vida mortal, cuando pasó derramando bienes, a fin de poner a las almas humanas en contacto con sus misterios y hacerlas vivir por ellos, misterios que están perennemente presentes y operantes, no en la forma incierta y nebulosa de que hablan algunos escritores recientes, sino porque, como enseña la doctrina católica y según la sentencia de los doctores de la Iglesia, son ejemplos ilustres de perfección cristiana y fuentes de gracia divina por los méritos y la intercesión del Redentor y porque perduran en nosotros con su efecto, siendo cada uno de ellos, en la manera adecuada a su índole particular, la causa de nuestra salvación.

206. A esto se añade el que la piadosa Madre Iglesia, mientras propone a nuestra contemplación los misterios de Cristo, invoca con sus oraciones aquellos dones sobrenaturales, por medio de los cuales sus hijos se compenetran del espíritu de estos misterios por virtud de Cristo. Por influencia y virtud de El, nosotros podemos, con la colaboración de nuestra voluntad, asimilar la fuerza vital como ramas del árbol, como miembros de la cabeza, y nos podemos, progresiva y laboriosamente, transformar «a la medida de la edad perfecta de Cristo» (Efes. 4, 13).

B) CICLO DE LOS SANTOS

207. En el curso del año litúrgico se celebran no sólo los misterios de Jesucristo, sino también las fiestas de los Santos, en los cuales, aunque se trata de un orden inferior y subordinado, la Iglesia tiene siempre la preocupación de proponer a los fieles ejemplos de santidad que los estimulen a adornarse de las mismas virtudes del Divino Redentor.

1º. Imitar a los Santos.

208. Es necesario, en efecto, que imitemos las virtudes de los Santos, en las cuales brilla, de modo vario, la virtud misma de Cristo, como que de El fueron aquellos imitadores. Así, en algunos, refulgió el celo del apostolado; en otros, se demostró la fortaleza de nuestros héroes hasta la efusión de la sangre; en otros, brilló la constante vigilancia en la adoración del Redentor; en otros, refulgió el candor virginal del alma y la modesta dulzura de la humildad cristiana; en todos ardió una fervorosísima caridad hacia Dios y hacia el prójimo.

209. La Liturgia pone ante nuestros ojos todos estos adornos de santidad, a fin de que los contemplemos saludablemente y para que «a nosotros, a quienes alegran sus méritos, enfervoricen sus ejemplos» (7). Es necesario, pues, conservar «la inocencia en la sencillez, la concordia en la caridad, la modestia en la humildad, la diligencia en el gobierno, la vigilancia en el auxiliar al que sufre, la misericordia en el cuidar a los pobres, 1a constancia en defender la verdad, la justicia en la severidad de la disciplina, para que no falte en nosotros ninguna de las virtudes que nos han sido propuestas como ejemplo. Estas son las huellas de los Santos, que nos dejaron en su retorno a la patria, para que, siguiendo su camino, podamos también seguirles en la santidad» (8).

210. Y para que también nuestros sentidos sean saludablemente impresionados, la Iglesia quiere que en nuestros templos sean expuestas las imágenes de los santos, pero siempre con el mismo fin, a saber: «Que imitemos las virtudes de aquellos cuyas imágenes veneramos» (9).

2º. Pedirles su ayuda.

211. Pero hay todavía otra razón para el culto de los Santos por el pueblo cristiano: la de implorar su ayuda y «ser sostenidos por el patrocinio de aquellos con cuyas alabanzas nos regocijamos» (10). De esto se deduce fácilmente el por qué de las numerosas fórmulas de oraciones que la Iglesia nos propone para invocar el patrocinio de los Santos.

3º. Especial es el culto a la Santísima Virgen.

a) Culto preeminente.

212. Entre los santos tiene un culto preeminente la Virgen María, Madre de Dios. Su vida, por la misión que le fue confiada por Dios, está estrechamente unida a los misterios de Jesucristo y seguramente nadie ha seguido más de cerca y con mayor eficacia que ella el camino trazado por el Verbo Encarnado, ni nadie goza de mayor gracia y poder cerca del Corazón Sacratísimo del Hijo de Dios y a través del Hijo cerca del Padre.

213. Ella es más santa que los querubines y los serafines, y sin ningún parangón, más gloriosa que todos los demás santos, siendo «llena de gracia» (Luc. 1, 28) y Madre de Dios, y habiéndonos dado con su feliz parto al Redentor. A Ella, que es «Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra» (11), recurrimos todos nosotros, «gimiendo y llorando en este valle de lágrimas» y encomendamos con confianza a nosotros mismos y todas nuestras cosas a su protección. Ella se convirtió en nuestra Madre al hacer el Divino Redentor el sacrificio de Si mismo y, por esto, con este mismo título, nosotros somos hijos suyos. Ella nos enseña todas las virtudes, nos da a su Hijo y, con El, todos los auxilios que nos son necesarios, porque Dios «ha querido que todo lo tuviéramos por medio de María» (12).

4º. Recapitulación.

214. Por este camino litúrgico que todos los años se nos abre de nuevo bajo la acción santificadora de la Iglesia, confortados por la ayuda y los ejemplos de los Santos y, sobre todo, de la Inmaculada Virgen María, «acerquémonos, con sincero corazón, con plena fe, purificados los corazones de las inmundicias de la mala conciencia, lavados en el cuerpo con el agua limpia del Bautismo» (Hebr. 10, 22), al «gran Sacerdote» (Hebr. 10, 21) para vivir y sentir con El y penetrar por medio de El «por el velo» (Hebr. 6, 19) y allí honrar al Padre celestial por toda la eternidad.

215. Tal es la esencia y la razón de ser de la sagrada liturgia; se refiere al sacrificio, a los Sacramentos y a la alabanza de Dios; la unión de nuestras almas con Cristo y su santificación por medio del Divino Redentor, a fin de que sea honrado Cristo y, por El y en El, la Santísima Trinidad: «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».

PARTE CUARTA

DIRECTIVAS PASTORALES

216. Para alejar de la Iglesia los errores y las exageraciones de la verdad, de que hemos hablado más arriba, y para que los fieles puedan, guiados por las normas más seguras, practicar el apostolado litúrgico, con frutos abundantes, creemos oportuno, Venerables Hermanos, añadir algo para deducir consecuencias prácticas de la doctrina expuesta.

I. Recomendación de otras formas de piedad

217. Al tratar de la verdadera piedad, hemos afirmado que entre la liturgia y los otros actos de piedad -siempre que estén rectamente ordenados y tiendan al justo fin- no puede haber verdadera oposición; antes al contrario, hay algunos ejercicios piadosos que la Iglesia recomienda grandemente al clero y a los religiosos.

218. Ahora bien, queremos que el pueblo cristiano no sea tampoco ajeno a estos ejercicios. Estos son, por hablar tan sólo de los principales, la meditación de temas espirituales, el examen de conciencia, los retiros espirituales, instituidos para reflexionar más intensamente sobre las verdades eternas, las visitas al Santísimo Sacramento y las oraciones particulares en honor de la bienaventurada Virgen María, entre las cuales sobresale, como todos saben, el rosario.

219. A estas múltiples formas de piedad no pueden ser extrañas la inspiración y la acción del Espíritu Santo; en efecto, ellas, aunque de manera distinta, tienden todas a convertir y dirigir a Dios nuestras almas, para que las purifique de los pecados, las anime a la consecución de la virtud y, por último, para que las estimule a la verdadera piedad, acostumbrándolas a la meditación de las verdades eternas y haciéndolas más adaptadas a la contemplación de los misterios de la naturaleza humana y divina de Cristo. Y además, infundiendo intensamente en los fieles la vida espiritual, los dispone a participar en las sagradas funciones con mayor fruto y evitan el peligro de que las oraciones litúrgicas se reduzcan a un vano ritualismo.

220. No os canséis, pues, Venerables Hermanos, en vuestro celo pastoral, de recomendar y fomentar estos ejercicios de piedad, de los que, sin duda, se derivarán saludables frutos al pueblo que os ha sido confiado. Sobre todo, no permitáis -como algunos pretenden, bien con la eexcusa de una renovación de la liturgia, bien hablando con ligereza de una eficacia y dignidad exclusiva de los ritos litúrgicos- que las Iglesias estén cerradas durante las horas no destinadas a las funciones públicas, como ya sucede en algunas regiones; que se descuiden la adoración y la visita al Santísimo Sacramento; que se aconseje en contra de la confesión de los pecados, hecha con la única finalidad de la devoción, o que se descuide, especialmente entre la juventud, hasta el punto de languidecer, el culto de la Virgen, Madre de Dios, que, como dicen los Santos, es señal de predestinación. Estos son frutos envenenados, sumamente nocivos a la piedad cristiana, que brotan de ramas infectadas de un árbol sano; por esto es necesario cortarlas, para que la savia del árbol sólo pueda surtir frutos agradables y óptimos.

221. Puesto que, por otra parte, las opiniones manifestadas por algunos a propósito de la confesión frecuente son del todo ajenas al espíritu de Cristo y de su Esposa inmaculada y verdaderamente funestas para la vida espiritual; recordamos lo que a este propósito hemos escrito con dolor en nuestra encíclica «Mystici Corporis», e insistimos de nuevo para que propongáis a vuestros rebaños, y especialmente a los candidatos al sacerdocio y a1 clero joven, la seria meditación y el fiel cumplimiento de cuanto allí hemos dicho con graves palabras.

222. Orientad, pues, vuestra actividad de modo particular para que muchísimos fieles, no sólo del clero, sino también seglares, y especialmente los pertenecientes a las sociedades religiosas y a las ramas de Acción Católica, tomen parte en los retiros mensuales y en los ejercicios espirituales realizados en determinados días para fomentar la piedad. Como hemos dicho más arriba, estos ejercicios espirituales son utilísimos, e incluso necesarios para infiltrar en las almas la verdadera piedad y para formarlas en la santidad de tal modo que puedan obtener de la Sagrada Liturgia más eficaces y abundantes beneficios.

223. En cuanto a las varias formas en que se suelen practicar estos ejercicios, sea bien sabido y claro a todos que en la Iglesia terrena, como en la celestial, hay «muchas habitaciones», y que la ascética no puede ser monopolio de nadie. Uno solo es el Espíritu, que, sin embargo, «sopla donde quiere», y con diversos dones y por diversos caminos dirige a las almas por El iluminadas a la consecución de la santidad. Su libertad y la acción sobrenatural del Espíritu Santo en ellas ha de ser una cosa Sacrosanta, que a ninguno debe estarle permitido, bajo ningún título, perturbar ni conculcar.

Es sabido que los ejercicios espirituales de San Ignacio fueron plenamente aprobados e insistentemente recomendados por Nuestros predecesores por su admirable eficacia, y Nos también, por la misma razón, los hemos aprobado y recomendado, como ahora con mucho gusto los aprobamos y recomendamos.

224. Es absolutamente necesario, sin embargo, que la inspiración para seguir y practicar determinados ejercicios de piedad venga del Padre de la luz, del que provienen todas las cosas buenas y todos los dones perfectos y de esto será índice la eficacia con que contribuirán a que el culto divino sea cada vez más amado y ampliamente fomentado, y con que los fieles se sientan animados de un deseo más intenso de participación en los sacramentos y en el honor y obsequio debidos a todas las cosas sagradas. Si, por el contrario, obstaculizasen o se revelasen contrarios a los principios o normas del culto divino, entonces, sin duda, se deberían considerar como no ordenados por rectos pensamientos ni guiados por un celo prudente.

225. Hay, además, otros ejercicios de piedad que si bien en rigor de derecho no pertenecen a la sagrada liturgia, revisten particular dignidad e importancia, de forma que pueden ser considerados como incluidos de alguna manera en el ordenamiento litúrgico y gozan de las repetidas aprobaciones y alabanzas de esta Sede Apostólica y de los Obispos. Entre ellos se deben citar las oraciones que se suelen rezar durante el mes de mayo en honor de la Virgen María, Madre de Dios, o durante el mes de junio en honor del Corazón Sacratísimo de Jesús, los triduos y las novenas, los vía-crucis y otros semejantes.

226. Estas prácticas piadosas, al excitar al pueblo cristiano a una asidua frecuencia del sacramento de la Penitencia y a una devota participación en el sacrificio eucarístico y en la mesa divina, así como a la meditación de los misterios de nuestra redención y a la imitación de los grandes ejemplos de los santos, contribuyen con frutos saludables a nuestra participación en el culto litúrgico.

227. Por todo lo cual haría una cosa perniciosa y errónea quien osase temerariamente arrogarse la reforma de estos ejercicios de piedad para reducirlos a los solos esquemas litúrgicos. Es necesario, sin embargo, que el espíritu de la sagrada liturgia y sus preceptos influyan benéficamente sobre ellos para evitar que en ellos se introduzca algo inepto o indigno del decoro de la casa de Dios, o que vaya en detrimento de las sagradas funciones o sea contrario a la sana piedad.

228. Cuidad, pues, Venerables Hermanos, de que esta pura y genuina piedad prospere bajo vuestros ojos y florezca cada vez más. Sobre todo, no os canséis de inculcar a cada uno de los fieles que la vida cristiana no consiste en la multiplicidad o variedad de las oraciones y los ejercicios de piedad, sino que consiste, sobre todo, en que éstos y aquellos contribuyan realmente al progreso espiritual de los fieles y con ello al incremento de la Iglesia toda. Ya que el eterno Padre «nos escogió por El mismo (Cristo) antes de la creación del mundo para ser santos y sin mácula en su presencia». Todas nuestras oraciones, por tanto, y todas nuestras prácticas devotas deben tender y dirigir todos nuestros recursos espirituales a la consecución de este supremo y nobilísimo fin.

II. Espíritu y apostolado litúrgicos

A) NORMAS GENERALES

229. Os exhortamos, pues, con instancia, Venerables Hermano, para que eliminados los errores y las falsedades, y prohibido todo lo que caiga fuera de la verdad y del orden, promováis las iniciativas que dan al pueblo un conocimiento más profundo de la sagrada liturgia, a fin de que pueda participar más adecuada y fácilmente en los ritos divinos con disposición verdaderamente cristiana.

230. Es necesario, ante todo, esforzarse en que todos obedezcan con la fe y reverencia debidas los decretos publicados por el Concilio de Trento, por los Romanos Pontífices y la Congregación de Ritos y todas las disposiciones de los libros litúrgicos, en lo que se refiere a la acción del culto público.

231. En todas las cosas de la liturgia deben resplandecer, sobre todo, esos tres ornamentos de que nos habla nuestro predecesor Pío X, a saber: la santidad, que libra de toda influencia profana; la nobleza de las imágenes y de las formas, a la que sirven todas las artes verdaderas y mejores; y, por último, la universalidad, la cual, conservando las legítimas costumbres y los legítimos usos regionales, expresa la católica unidad de la Iglesia.

B) CONSEJOS PRÁCTICOS

1. Decoro.

232. Deseamos y recomendamos cálidamente una vez más, el decoro de los sacrificios y los altares sagrados. Que cada uno se sienta animado por la palabra divina: «El celo de tu casa me tiene consumido» y trabaje según sus fuerzas para que todas las cosas, sea en los edificios sagrados, sea en las vestiduras y en los objetos litúrgicos, aun cuando no brillen por su excesiva riqueza y esplendor, sean, sin embargo, apropiados y limpios, estando todo consagrado a la Divina Majestad. Que si ya, más arriba, hemos condenado el erróneo modo de obrar de aquellos que con la excusa de revivir lo antiguo, quieren expulsar de los templos las imágenes sagradas, creemos que es nuestro deber aquí reprender la piedad mal entendida de aquellos que en las iglesias y en los mismos altares proponen a la veneración sin justo motivo múltiples simulacros y efigies; aquellos que exponen reliquias no reconocidas por la legitima autoridad y aquellos, en fin, que insisten en detalles particulares y de poca importancia, mientras descuidan las cosas principales y necesarias y ponen así en ridículo a la religión y envilecen la seriedad del culto.

2. Nueva forma de culto.

233. Recordamos también el decreto «sobre las nuevas formas de culto y devoción que no se deben introducir» (1), cuya religiosa observancia recomendamos a Vuestra vigilancia.

3. Música.

234. En cuanto a la música obsérvense escrupulosamente las determinadas y claras normas emanadas de esta Sede Apostólica. El canto gregoriano, que la Iglesia romana considera como cosa suya, porque lo ha recibido de antigua tradición y lo ha conservado en el transcurso de los siglos bajo su diligente tutela, y que ella propone a los fieles como cosa también propia de ellos, y que prescribe de manera absoluta en algunas partes de la liturgia, no sólo añade decoro y solemnidad a la celebración de los divinos Misterios, sino que contribuye en forma máxima a acrecer la fe y la piedad en los asistentes.

235. A este efecto, Nuestro Predecesores de inmortal memoria Pío X y Pío XI establecieron -y Nos confirmamos con nuestra autoridad las disposiciones dadas por ellos- que en los Seminarios e Institutos religiosos sea cultivado con estudio y diligencia el canto gregoriano y que, al menos en las iglesias más importantes, sean restauradas las antiguas «Scholae Cantorum», como ya ha sido hecho con feliz resultado en no pocos lugares.

236. Además, «para que los fieles participen más activamente en el culto divino, ha de ser resucitado el canto gregoriano también en el uso del pueblo y en la parte que al pueblo corresponde. Y urge verdaderamente que los fieles asistan a las ceremonias sagradas, no como espectadores mudos y ajenos, sino profundamente emocionados por la belleza de la liturgia… que alternen, según las normas prescritas, sus voces con la voz del sacerdote y del coro; si esto, gracias a Dios, se verifica, no sucederá más que el pueblo responda apenas con un leve y ligero murmullo a las oraciones comunes dichas en latín yen lengua vulgar» (2). La multitud que asiste atentamente al sacrificio del altar, en el cual nuestro Salvador, juntamente con sus hijos redimidos con su sangre, canta el epitalamio de su inmensa caridad, ciertamente no podrá callar, porque «cantar es propio de quien ama» (3) y, como ya decía un antiguo proverbio «Quien bien canta reza dos veces». De esta manera, la Iglesia militante, clero y pueblos juntos, unirán su voz a los cantos de la Iglesia triunfante y a los coros angélicos y todos juntos cantarán un magnífico y eterno himno de alabanza a la Santísima Trinidad, como está escrito: «Con los cuales te rogamos que te dignes acoger también nuestras voces» (4).

237. No obstante, no se puede afirmar que la música y el canto modernos deban ser excluidos por completo del culto católico. Antes bien, si no tiene nada de profano o de inconveniente, para la santidad del lugar y de la acción sagrada, ni derivan de una vana búsqueda de efectos extraordinarios e insólitos, es necesario, ciertamente, abrirles la puerta de nuestras Iglesias, pudiendo el uno y la otra contribuir no poco al esplendor de los ritos sagrados, a la elevación de las mentes y, en general, a la verdadera devoción.

238. Os exhortamos también, Venerables Hermanos, a que procuréis fomentar el canto religioso popular y su exacta ejecución, hecha con la conveniente dignidad, pudiendo esto estimular y acrecentar la fe y la piedad de la muchedumbre cristiana. Ascienda al cielo el canto unísono y potente de nuestro pueblo, como el fragor de las olas del mar, expresión armoniosa y vibrante de un solo corazón y de una sola alma, como conviene a hermanos e hijos de un mismo padre.

4. Artes.

239. Lo que hemos dicho de la música, dicho queda a propósito de las otras artes, y especialmente de la arquitectura, de la escultura y de la pintura. No se deben despreciar y repudiar genéricamente y como criterio fijo las formas e imágenes recientes más adaptadas a los nuevos materiales con los que hoy se confeccionan aquéllas, pero evitando con un prudente equilibrio el excesivo realismo, por una parte, y el exagerado simbolismo, por otra, y teniendo en cuenta las exigencias de la comunidad cristiana más bien que el juicio y gusto personal de los artistas, es absolutamente necesario dar libre campo al arte moderno siempre que sirva con la debida reverencia y el honor debido a los sagrados sacrificios y a los ritos sagrados; de forma que también ella pueda unir su voz al admirable cántico de gloria que los genios han cantado en los siglos pasados a la fe católica.

240. No podemos por menos, sin embargo, movidos por nuestro deber de conciencia, que deplorar y reprobar aquellas imágenes, recientemente introducidas por algunos, que parecen ser depravaciones y deformaciones del verdadero arte y que a veces repugnan abiertamente al decoro, a la modestia y a la piedad cristiana y ofenden miserablemente al genuino sentimiento religioso; estas imágenes deben mantenerse absolutamente alejadas de nuestras iglesias, como en general «todo aquello que no esté en armonía con la santidad del lugar» (5).

241. Ateniéndoos a las normas y a los decretos de los Pontífices, procurad diligentemente, Venerables Hermanos, iluminar y dirigir la mente y el alma de los artistas, a los cuales se confíe la misión de restaurar y reconstruir tantas iglesias arruinadas o destruidas por la violencia de la guerra; ojalá que puedan y quieran, inspirándose en la religión, encontrar los motivos más dignos y adecuados a las exigencias del culto; así sucederá que las artes humanas, casi venidas del cielo, resplandezcan con una luz serena, promuevan grandemente la civilización humana y contribuyan a la gloria de Dios y a la santificación de las almas. Porque las artes están verdaderamente conformes con la religión cuando sirven «como nobilísimas esclavas al culto divino» (6).

C) EL ESPÍRITU LITÚRGICO

242. Pero hay una cosa todavía más importante, Venerables Hermanos, que recomendamos de modo especial a vuestra solicitud y a vuestro celo apostólico. Todo lo que afecta al culto religioso externo tiene su importancia, pero urge, sobre todo, que los cristianos vivan la vida litúrgica y con ella alimenten e incrementen su espíritu sobrenatural.

243. Procurad, pues, diligentemente, que el clero joven sea formado en la inteligencia de las ceremonias sagradas y en la comprensión de su majestad y belleza y aprenda diligentemente las rúbricas en armonía con su formación ascética, teológica, jurídica y pastoral. Y esto no sólo por razones de cultura; no sólo para que el seminarista pueda un día realizar los ritos de la religión con el orden, el decoro y la dignidad necesarios, sino, sobre todo, para que sea educado en íntima unión con Cristo sacerdote y se convierta en un santo ministro de santidad.

244. Procurad también por todos los medios que con los procedimientos que vuestra prudencia estime más apropiados, el pueblo y el clero sean una sola mente y una sola alma y que así, el pueblo cristiano participe activamente en la liturgia, que entonces será verdaderamente la acción sagrada, en la cual el sacerdote que atiende a la cura de las almas en la parroquia que le ha sido confiada, unido con la asamblea del pueblo, rinda al Señor el culto debido.

245. Para obtener esto será ciertamente útil que se escojan jóvenes piadosos y bien instruidos entre toda clase de fieles, para que, con desinterés y buena voluntad, sirvan devota y asiduamente al altar, misión que debería ser tenida en gran consideración por los padres, aun los de alta condición social y cultural.

246. Si estos jóvenes son instruidos con el cuidado necesario y bajo la vigilancia de un sacerdote para que cumplan este cometido con constancia y reverencia y en las horas establecidas, se hará fácil el que surjan entre ellos nuevas vocaciones sacerdotales y el clero no se lamentará de no encontrar -como sucede a veces incluso en regiones catolicísimas- a nadie que en la celebración del augusto sacrificio les responda y les sirva.

247. Intentad, sobre todo, obtener con vuestro diligentísimo celo, que todos los fieles asistan al sacrificio eucarístico y saquen de él los más abundantes frutos de salvación; exhortadlos asiduamente a fin de que participen en él con devoción, de todas aquellas formas legítimas de que más arriba hemos hablado. El augusto sacrificio del altar es el acto fundamental del culto divino; es necesario, por tanto, que sea también la fuente y el centro de la piedad cristiana. No consideraría satisfecho vuestro celo apostólico hasta que no veáis a vuestros hijos acercarse en gran número al celeste convite que es «Sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad» (7).

248. Para que el pueblo cristiano pueda conseguir estos dones sobrenaturales cada vez con mayor abundancia, instruidlo con cuidado por medio de oportunas predicaciones y especialmente con discursos y ciclos de conferencias, con semanas de estudio y con otras manifestaciones semejantes, sobre los tesoros de piedad contenidos en la sagrada liturgia. A este fin tendréis, ciertamente, a vuestra disposición a los miembros de la Acción Católica, siempre dispuestos a colaborar con la jerarquía para promover el reino de Jesucristo.

249. No obstante, es absolutamente necesario que en todo esto vigiléis atentamente para que en el campo del Señor no se introduzca el enemigo para sembrar la cizaña en medio del grano; en otras palabras: para que no se infiltren en vuestro rebaño los perniciosos y sutiles errores de un falso «misticismo» y de un nocivo «quietismo» -errores, como sabéis, ya condenados por Nos- y para que las almas no sean seducidas por un peligroso «humanismo» ni se introduzca una falsa doctrina que altere la noción misma de la fe, ni, por fin, un excesivo «arqueologismo» en materia litúrgica. Cuidad con igual diligencia para que no se difundan las falsas opiniones de aquellos que, sin razón, creen y enseñan que la naturaleza humana de Cristo glorificada habita realmente con su continua presencia en los «justificados» o que una sola e idéntica gracia une a Cristo con los miembros de su Cuerpo Místico.

250. No os dejéis desanimar por las dificultades que surjan, sino que éstas sirvan para estimular vuestro celo pastoral. «Tocad la trompeta en Sión, convocad la asamblea, reunid al pueblo, santificad la Iglesia, congregad a los vecinos, recoged a los niños» (Joel 2, 15-16) y haced por todos los medios que se llenen por doquier las Iglesias y los altares de cristianos, que, como miembros vivos unidos a su Cabeza divina, sean restaurados por las gracias de los sacramentos, celebren el augusto sacrificio con El y por El, y den al Eterno Padre las alabanzas debidas.

Conclusión

251. Todas estas cosas, Venerables Hermanos, teníamos intención de escribiros, y lo hacemos a fin de que nuestros y vuestros hijos comprendan mejor y estimen más el preciosísimo tesoro contenido en la sagrada Liturgia; es decir, el sacrificio eucarístico que represente y renueve el sacrificio que el cielo y la tierra elevan cada día a Dios.

252. Séanos permitido esperar que estas exhortaciones nuestras estimularán a los tímidos y a los recalcitrantes no sólo a un estudio más intenso e iluminado de la Liturgia, sino también a traducir en la práctica de la vida su espíritu sobrenatural, como dice el Apóstol: «No apaguéis el espíritu».

253. A aquellos a quienes un celo excesivo les mueve a veces a decir y hacer cosas que nos duele no poder aprobar, les repetimos la advertencia de San Pablo: «Examinad, sí, todas las cosas y ateneos a lo bueno», les amonestamos con ánimo paternal para que ajusten su modo de pensar y obrar en lo referente a la doctrina cristiana, conforme a los preceptos de la Inmaculada Esposa de Jesucristo y Madre de los Santos.

254. A todos, también, recordamos la necesidad de una generosa y fiel obediencia a los pastores a quienes compete el derecho e incumbe el deber de regular toda la vida y, ante todo, la espiritual de la Iglesia. «Obedeced a vuestros prelados y estadles sumisos, ya que ellos velan, como que han de dar cuenta de vuestras almas, para que lo hagan con alegría y no penando» (Hebr. 13, 17).

255. Que el Dios que adoramos y que «no es Dios de discordia, sino de paz», nos conceda benigno a todos el participar en este destierro terrenal con una sola mente y un solo corazón en la sagrada Liturgia; que sea como una preparación y auspicio de aquella liturgia celestial, con la cual, como confiamos, en compañía de la excelsa Madre de Dios, y dulcísima Madre nuestra, cantaremos: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, bendición y honra, y gloria, y potestad por los siglos de los siglos»(Apoc. 5, 13).

256. Con esta gozosísima esperanza, a todos y a cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, a los fieles confiados a vuestra vigilancia como auspicio de los dones celestiales y testimonio de nuestra particular benevolencia, impartimos con gratísimo afecto la bendición apostólica.

Dado en Castelgandolfo, cerca de Roma, el 20 de noviembre del año 1947, noveno de nuestro pontificado.

“NOBISCUM DEUS”

______________

CHRISTIAN WORSHIP

ENCYCLICAL LETTER

(MEDIATOR DEI)

Of His Holiness

PIUS XII

By Divine Providence

POPE

 

To His Venerable Brethren the Patriarchs, Primates, Archbishops, Bishops
and other Ordinaries at peace and in communion with the Apostolic See

On

THE SACRED LITURGY

Pope Pius XII

INTRODUCTION

…But the priestly life which the divine Redeemer had begun in His mortal body by His prayers and sacrifice was not finished. He willed it to continue unceasingly through the ages in His Mystical Body, which is the Church; and therefore He instituted a visible priesthood to offer everywhere a clean oblation,(4) so that all men all over the world, being delivered from sin, might serve God conscientiously, and of their own free will.
Accordingly the Church at the bidding of her Founder continues the priestly office of Jesus Christ, especially in the liturgy. This she does first and chiefly at the altar, where the sacrifice of the Cross is perpetually represented (5) and, with a difference only in the manner of offering, for ever renewed.(6)
…and the worship of the Eucharist has come to be seen for what in fact it is: the source and centre of true Christian devotion.
…This Apostolic See, as you know, has at all times endeavoured to inspire the faithful under its charge with a sound and active liturgical sense, and has likewise sought always to ensure proper decorum in the conduct of the sacred rites.
…But although We are greatly consoled by the beneficial results of these studies, yet, in view of certain tendencies already apparent, Our duty requires Us to give careful attention to this ‘revival’ and keep the movement free from exaggeration and error. For while We regret that in some quarters there is little or no interest in the liturgy or understanding of it, at the same time We observe elsewhere, with anxiety and some apprehension, an undue fondness for innovation and a tendency to stray from the path of truth and prudence. Certain plans and suggestions for the liturgical revival are mingled with principles which, either in fact or by implication, jeopardize the sacred cause they are intended to promote and sometimes introduce errors touching Catholic faith and ascetical doctrine.
Now this sacred science must be regulated according to the integrity of faith and morals, and must be in complete harmony with the wise pronouncements of the Church. It is therefore Our duty, in all that has been done, to praise and approve what is right and to check and condemn what is wrong. But the lazy and indifferent must not think We are commending them when We restrain the over-venturesome and correct those who go astray; nor must the imprudent see praise for themselves in the reproof We administer to the negligent.
If in this Encyclical We deal chiefly with the Latin Liturgy… It is because the special conditions of the Western Church in this matter seem to call for Our authoritative intervention.
Let all Christians, therefore, hearken obediently to their Father, who desires to see them all, in the closest union with himself, professing the same faith, obeying the same law, and taking their part with one mind and will in the same sacrifice. The honour due to God requires it, and the needs of our times require it too.


PART ONE

THE NATURE, ORIGIN, AND DEVELOPMENT OF THE LITURGY

Chapter I

PUBLIC WORSHIP

Ten Commandments

…And so, if we turn to the Old Testament we find God issuing special decrees concerning sacred rites and laying down precise rules to be observed by the people in their official worship of Him. Thus He instituted various sacrifices and indicated various ceremonies for the offering of the victim to Him; He gave detailed instructions regarding the ark of the covenant, the temple, and festivals; He instituted a priestly tribe and a high-priest; He appointed and described the vestments to be used by the sacred ministers, and indeed regulated everything else touching divine worship.(11)…At the Last Supper with solemn rite and splendour He celebrates the new Pasch and provides for its continuance by the divine institution of the Eucharist……Therefore in the whole conduct of the liturgy the Church has her divine Founder present with her……The practice of the liturgy began as soon as the Church had been divinely instituted….and the priesthood of Jesus Christ is constantly active through the ages, since the sacred liturgy is nothing else but the exercise of that priestly office.

And just as the divine Head is ever present with His members, so is the Church ever present with her children, helping and stimulating them to sanctify so that, adorned with this supernatural splendour, they may one day return to their heavenly Father. No sooner are they endowed with this earthly life than she begets them anew to the supernatural life of grace; for their conflict with the implacable foe she strengthens them with the vigour of the Holy Spirit; she bids the faithful to her altars and with repeated invitation urges them to take their part in the celebration of the Sacrifice, nourishing them with the bread of angels so that they may become stronger still; when they are wounded and stained by their sins she purifies and consoles them; those whom God calls to the priesthood she hallows with the established rite; for those who are called to set up and educate a Christian family she has a chaste wedlock strengthened with heavenly grace and gifts; she refreshes and comforts the last hours of this mortal life with the Viaticum of the Eucharist and the Anointing of the Sick, and then, like the loving Mother that she is, she accompanies her children’s remains to the grave and reverently buries them under the protection of the Cross to await their triumph over death in the resurrection. To those who dedicate their lives to God in quest of religious perfection she imparts a special solemn blessing.

Chapter II

WORSHIP EXTERNAL AND INTERNAL

…Finally, the external element in divine worship is an important manifestation of the unity of the Mystical Body; it also fosters its holy endeavours, invigorates its powers and intensifies its activity. ‘For although,’ writes Cardinal Bona, ‘ceremonies themselves possess no intrinsic perfection or holiness, yet they are external acts of religion which by their very significance move the soul to reverence for what is holy, raise the mind to the things of heaven, nourish piety, foster charity, increase faith, strengthen devotion, instruct the unlearned, add lustre to divine worship, maintain the sense of religion, AND DISTINGUISH THE FAITHFUL FROM FALSE CHRISTIANS AND HERETICS.’ (27)

…IT IS CONSEQUENTLY A TOTAL MISUNDERSTANDING of the true meaning of the liturgy to regard it as the merely external and visible element in divine worship, or as the outward splendour of ceremonial; IT IS EQUALLY WRONG to see in it a mere catalogue of rules and regulations issued by the hierarchy of the Church for the conduct of the sacred rites.

It must be well understood, then, that God cannot be worthily honoured unless the mind and will are intent upon spiritual perfection; and that for the achievement of holiness the worship which the Church, united with her divine Head, offers to God is the most efficacious possible means.

…It is certainly true that the Sacraments and the Mass possess an intrinsic efficacy, because they are actions of Christ Himself transmitting and distributing the grace of the divine head to the members of the Mystical Body.

…It is true that liturgical prayer, being the public prayer of the august Bride of Christ, is superior to private prayers; but this superiority does not mean that there is any conflict or incompatibility between them. The two are harmoniously blended because they are both animated by the same spirit: ‘There is nothing but Christ in any of us.’ (38) There purpose is the same: to form Christ in us.(39)

Chapter III

THE LITURGY AND HIERARCHICAL AUTHORITY

Last Supper / Priest

Another, and equally important, characteristic of the liturgy is to be noted if we are to form a proper conception of it.The Church is a society, and therefore must have its own authority and hierarchy. Although it is true that all the members of the Mystical Body share the same goods and tend to the same end, this does not mean that they all enjoy the same powers or are competent to perform the same actions. The divine Redeemer has established His Kingdom upon the stable foundation of a sacred order; and that order is a kind of reflection of the heavenly hierarchy.Only the Apostles and those who since have duly received from them and their successors the imposition of hands possess that priestly power in virtue of which they stand before their people as Christ’s representative and before God as vice-regent of the people. This priesthood is not transmitted by heredity or blood relationship; nor does it originate in the Christian community, nor is it derived by delegation from the people…..the priest is the ambassador of the divine Redeemer……THE POWER COMMITTED TO HIM, therefore, HAS NOTHING HUMAN ABOUT IT; it is supernatural and comes from God. ‘As the Father sent me I also send you.(40) …He who listens to you listens to me.(41) …Go out over the world, and preach the gospel to the whole creation; he who believes and is baptised will be saved.’ (42)Therefore the visible and external priesthood of Jesus Christ is not given in the Church universally, generally, or indeterminately; it is imparted to selected individuals by a sort of spriritual birth in one of the seven Sacraments, Holy Order….the sacred liturgy has a very close connection with the chief doctrines that the Church teaches as most certainly true; it must therefore remain in perfect conformity with the pronouncements on the Catholic faith issued by the Church’s supreme teaching authority to safeguard the integrity of revealed truth.In this connection, Venerable Brethren, We may mention a matter which must be known to you: We refer to the error that would see in the liturgy a sort of touchstone by which to judge which truths are to be held by faith: in the sense that those truths which, by means of the liturgy, have yielded fruits of piety or holiness should be approved by the Church, while others should be rejected. And in this sense appeal is made to the principle, ‘The law of our prayer is the law of our belief’ (Lex orandi, lex credendi)

But this is not what the Church teaches, this is not what the Church requires. The worship she pays to God is, as St Augustine tersely puts it, a continual profession of Catholic faith and an exercise of hope and charity. ‘God,’ he says, ‘is to be worshipped by faith, hope and charity.’ (44)In the liturgy we make explicit profession of the Catholic faith; not only by celebrating the various mysteries, not only by offering the Sacrifice and administering the Sacraments, but also by reciting or singing the Creed (the Christian watchword), by reading other documents and also the divinely inspired Scriptures. Thus the whole liturgy contains the Catholic faith, in as much as it is a public profession of the faith of the Church. This is why, whenever some divinely revealed truth has to be defined, Popes and Councils have frequently used the liturgy as a theological source of arguments….Similarly whenever some doubtful question was under discussion the Church and the Fathers have been accustomed to seek light also in the venerable and traditional sacred rites.

…Thus the sacred liturgy does not absolutely or of itself designate or constitute the Catholic faith. The fact is that the liturgy, besides being divine worship, is also a profession of heavenly truth subject to the Church’s supreme teaching authority, and therefore it can provide important indications to decide some particular point of Catholic doctrine.

Chapter IV

DEVELOPMENT OF THE LITURGY

Mass

The hierarchy of the Church has at all times used this right in the matter of the liturgy, regulating divine worship and constantly enriching it for the glory of God and benefit of the faithful. Indeed she has even introduced changes – always respecting the substance of the Eucharistic Sacrifice and the Sacraments – in anything she considered not entirely suitable, and made additions, where the greater honour of Jesus Christ and the Blessed Trinity, or the better instruction and more fervent devotion of the faithful, seemed to require them.(47)For in the liturgy there are human elements as well as divine. The latter, obviously, having been established by the divine Redeemer cannot under any circumstances be changed by men…..It is easy to understand that the progress of the fine arts, especially architecture, painting and music, have also had great influence in shaping and variously determining the external features of the liturgy.The same rights in the sphere of the liturgy has been used by the Church in order to protect the sacredness of divine worship against abuses introduced by individuals and by particular churches. The sixteenth century saw a great increase in the number of such abuses, and privately invented devotions were proving a danger to the integrity of faith and devotion, to the great advantage of heretics and the further spread of their errors. It was for this reason that our Predecessor Pope Sixtus V in the year 1588 INSTITUTED the SACRED CONGREGATION OF RITES,(49) to protect the lawful rites of the Church and to eliminate any corrupt elements that might have been introduced…

Chapter V

PRIVATE INITIATIVE AND THE SACRED
LITURGY

Mass

…It is true that the Church is a living organism and therefore grows and develops also in her liturgical worship; it is also true that, always saving the integrity of her doctrine, she accommodates herself to the needs and conditions of the times. But deliberately TO INTRODUCE NEW LITURGICAL CUSTOMS, or to revive obsolete rites inconsistent with existing laws and rubrics, IS AN IRRESPONSIBLE ACT WHICH WE MUST CONDEMN. And that this is in fact done, Venerable Brethren, and not only in trifling matters but in matters of the greatest importance, We have learned with very deep regret. There are some who use the vernacular in offering the Eucharistic Sacrifice……THE USE OF THE LATIN LANGUAGE prevailing in a great part of the Church AFFORDS AT ONCE AN IMPOSING SIGN OF UNITY and an effective safeguard against the corruption of true doctrine….to restore everything indiscriminately to its ancient condition is neither wise nor praiseworthy. IT WOULD BE WRONG, for example, to want the altar restored to its ancient form of table……No sincere Catholic could go so far, in his desire to revert to the ancient formularies used by the earlier Councils of the Church, as to repudiate the definitions of Christian doctrine which the Church, under the assistance and guidance of the Holy Ghost and with the most beneficial results, has drawn up and imposed upon the faithful in more recent times. NO SINCERE CATHOLIC, again, could disregard existing laws in order to revert to the decrees that are found in the most ancient sources of CANON LAW….This attitude is an attempt to revive the ‘archaeologism’ to which the pseudo-synod of Pistoia gave rise; it seeks also to re-introduce the many pernicious errors which led to that synod and resulted from it and which the Church, in her capacity of watchful guardian of ‘the deposit of faith’ entrusted to her by her divine Founder, has rightly condemned.(53) IT IS A WICKED MOVEMENT, that tends to paralyse the sanctifying and salutary action by which the liturgy leads the children of adoption on the path to their heavenly Father.


PART TWO

EUCHARISTIC WORSHIP

Chapter I

NATURE OF THE EUCHARISTIC SACRIFICE

Jesus - Last Supper

Christ our Lord, ‘priest for ever according to the order of Melchisedech,’ (56) ‘loved his own that were in the world’ (57); and accordingly ‘at the Last Supper, on the night on which He was being betrayed,’ He willed to leave to His beloved Bride the Church a visible sacrifice such as the nature of man requires; one by which the bloody sacrifice that was to be enacted once upon the Cross should be represented and its memory remain until the end of the world, and its salutary power be applied for the remission of the sins that are daily committed by us…He therefore offered His body and blood to God the Father under the appearances of bread and wine……THE AUGUST SACRIFICE OF THE ALTAR IS THEREFORE NO MERE SIMPLE COMMEMORATION of the Passion and Death of Jesus Christ; IT IS TRULY AND PROPERLY THE OFFERING OF A SACRIFICE, wherein by an unbloody immolation the High Priest does what He had already done on the Cross, offering Himself to the eternal Father as a most acceptable victim.’…the difference is only in the manner of offering.’ (59)…The victim, too, is the same: the divine Redeemer according to His humanity and in His true body and blood. But the manner in which Christ is offered is different. On the Cross He offered to God the whole of Himself and His sufferings, and the victim was immolated by a bloody death voluntarily accepted. But on the altar, by reason of the glorious condition of His humanity ‘death will no longer have dominion over him,’ (62)and therefore the shedding of His blood is not possible. Nevertheless the divine wisdom has devised a way in which our Redeemer’s sacrifice is marvellously shown forth by external signs symbolic of death. By the ‘transubstantiation’ of bread unto the body of Christ and of wine into His blood both His body and blood are rendered really present; but the eucharistic species under which He is present symbolize the violent separation of His body and blood, and so a commemorative showing forth of the death which took place in reality on Calvary is repeated in each Mass, because by distinct representations Christ Jesus is signified and shown forth in the state of victim.

Chapter II

THE PART TAKEN BY THE
FAITHFUL IN THE EUCHARISTIC SACRIFICE

…But the fact that the faithful take part in the Eucharistic Sacrifice does not mean that they also possess the power of the priesthood. The members of your flocks, Venerable Brethren, must be made to understand this quite clearly.
There are some who, holding a view not far removed from errors that have been already condemned, (82) teach…
…that the command which Jesus Christ gave to His Apostles at the Last Supper, to do what He Himself had done, was addressed directly to the whole community of the faithful; and that thence and only later the hierarchical priesthood took its rise. They therefore maintain that the people possess the true priestly power, and that the priest acts only in virtue of a function delegated to him by the community. Consequently they regard the Eucharistic Sacrifice as a true ‘concelebration,’ and think that it is much better for priests to assist and ‘concelebrate’ with the people, than to offer the Sacrifice privately when the people are not present.
IT IS NOT NECESSARY TO SHOW HOW PLAINLY THESE CAPTIOUS ERRORS CONTRADICT THE TRUTHS WE ASSERTED ABOVE, in speaking of the special position that the priest holds in the Mystical Body of Jesus Christ.
…But at the same time We have to deplore certain exaggerations and travesties of the truth which do not conform to the genuine teaching of the Church.

There are some who entirely disapprove of Masses that are offered privately and without a congregation, as though these were a departure from the original form of sacrifice…
…AND THERE ARE OTHERS WHO GO SO FAR AS TO CLAIM that it is necessary for the people to confirm and ratify the Sacrifice in order that it may have its power and efficacy.
…Every time the priest re-enacts what the divine Redeemer did at the Last Supper, the Sacrifice is really accomplished; and this Sacrifice, always and everywhere, necessarily and of its very nature, has a public and social character.
…And this happens whether the faithful are present – and We would indeed have them assisting in great numbers and with great devotion – or whether they are absent, BECAUSE IT IS IN NO WAY NECESSARY that the people should ratify what has been done by the sacred minister.
…In this way every element in the liturgy conspires to make our souls reflect the image of the divine Redeemer through the mystery of the Cross, so that each one of us may verify the words of St Paul: ‘With Christ I hang upon the Cross; and yet I am alive; or rather, not I; it is Christ that lives in me.’ (95)
…Let the faithful, then, learn to appreciate the dignity to which they have been raised by the Sacrament of Baptism. They must not be content to take part in the Eucharistic Sacrifice by the general intention which all the members of Christ and children of the Church ought to have; they ought also, in the spirit of the liturgy, to unite themselves closely and of set purpose with the High Priest and His minister on earth, especially in the moment of the consecration of the divine Victim, and join with him in offering it as the solemn words are pronounced: ‘Through Him, and with Him, and in Him, is given to Thee, God the Father Almighty, in the unity of the Holy Spirit, all honour and glory for ever and ever.’ (101) And as the people answer ‘Amen,’ let them not forget to offer themselves and their anxieties, their sorrows, their troubles, their miseries and their needs, in union with their divine Head crucified.
We therefore highly commend the zeal which, to enable the faithful to take part more easily and more profitably in the Mass, seeks to adapt the Roman Missal to their use, so that they may join in prayer with the priest, using his very words and uttering the sentiments of the Church herself.
…We therefore EXHORT you, Venerable Brethren, in your dioceses or within the sphere of your jurisdiction, to see that the way in which the faithful take part in the liturgy CONFORMS TO THE RULES laid down in the MISSAL and the instructions issued by the CONGREGATION OF RITES and in the CODE OF CANON LAW…

Chapter III

HOLY COMMUNION

Calvary

…Therefore it is a FALSE DOCTRINE that would lead a priest to refuse to celebrate unless the faithful come to Communion; and it is STILL WORSE TO GROUND THIS VIEW – that the faithful must necessarily communicate together with the priest – on the sophistical contention that the Mass besides being a sacrifice is also the banquet of a community of brethren: and that the general communion of the faithful is to be regarded as the culminating point of the whole celebration.

IT MUST BE EMPHASIZED AGAIN AND AGAIN that the Eucharistic Sacrifice is essentially the unbloody immolation of the Divine Victim…                                    Issued November 20, 1947

    His Holiness Pope Pius XII

“NOBISCUM DEUS”

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

DECLARACIÓN
DOMINUS IESUS
SOBRE LA UNICIDAD Y LA UNIVERSALIDAD SALVÍFICA
DE JESUCRISTO Y DE LA IGLESIA

INTRODUCCIÓN

1. El Señor Jesús, antes de ascender al cielo, confió a sus discípulos el mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero y de bautizar a todas las naciones: « Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado » (Mc 16,15-16); « Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28,18-20; cf. también Lc 24,46-48; Jn 17,18; 20,21; Hch 1,8).

La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad. Es éste el contenido fundamental de la profesión de fe cristiana: « Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra […]. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro ».1

2. La Iglesia, en el curso de los siglos, ha proclamado y testimoniado con fidelidad el Evangelio de Jesús. Al final del segundo milenio, sin embargo, esta misión está todavía lejos de su cumplimiento.2 Por eso, hoy más que nunca, es actual el grito del apóstol Pablo sobre el compromiso misionero de cada bautizado: « Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! » (1 Co 9,16). Eso explica la particular atención que el Magisterio ha dedicado a motivar y a sostener la misión evangelizadora de la Iglesia, sobre todo en relación con las tradiciones religiosas del mundo.3

Teniendo en cuenta los valores que éstas testimonian y ofrecen a la humanidad, con una actitud abierta y positiva, la Declaración conciliar sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas afirma: « La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres ».4 Prosiguiendo en esta línea, el compromiso eclesial de anunciar a Jesucristo, « el camino, la verdad y la vida » (Jn 14,6), se sirve hoy también de la práctica del diálogo interreligioso, que ciertamente no sustituye sino que acompaña la missio ad gentes, en virtud de aquel « misterio de unidad », del cual « deriva que todos los hombres y mujeres que son salvados participan, aunque en modos diferentes, del mismo misterio de salvación en Jesucristo por medio de su Espíritu ».5 Dicho diálogo, que forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia,6 comporta una actitud de comprensión y una relación de conocimiento recíproco y de mutuo enriquecimiento, en la obediencia a la verdad y en el respeto de la libertad.7

3. En la práctica y profundización teórica del diálogo entre la fe cristiana y las otras tradiciones religiosas surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata de afrontar recorriendo nuevas pistas de búsqueda, adelantando propuestas y sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso discernimiento. En esta búsqueda, la presente Declaración interviene para llamar la atención de los Obispos, de los teólogos y de todos los fieles católicos sobre algunos contenidos doctrinales imprescindibles, que puedan ayudar a que la reflexión teológica madure soluciones conformes al dato de la fe, que respondan a las urgencias culturales contemporáneas.

El lenguaje expositivo de la Declaración responde a su finalidad, que no es la de tratar en modo orgánico la problemática relativa a la unicidad y universalidad salvífica del misterio de Jesucristo y de la Iglesia, ni el proponer soluciones a las cuestiones teológicas libremente disputadas, sino la de exponer nuevamente la doctrina de la fe católica al respecto. Al mismo tiempo la Declaración quiere indicar algunos problemas fundamentales que quedan abiertos para ulteriores profundizaciones, y confutar determinadas posiciones erróneas o ambiguas. Por eso el texto retoma la doctrina enseñada en documentos precedentes del Magisterio, con la intención de corroborar las verdades que forman parte del patrimonio de la fe de la Iglesia.

4. El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otra religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad —aun en la distinción— entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo.

Las raíces de estas afirmaciones hay que buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de naturaleza filosófica o teológica, que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada. Se pueden señalar algunos: la convicción de la inaferrablilidad y la inefabilidad de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la actitud relativista con relación a la verdad, en virtud de lo cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical entre la mentalidad lógica atribuida a Occidente y la mentalidad simbólica atribuida a Oriente; el subjetivismo de quien, considerando la razón como única fuente de conocimiento, se hace « incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser »;8 la dificultad de comprender y acoger en la historia la presencia de eventos definitivos y escatológicos; el vaciamiento metafísico del evento de la encarnación histórica del Logos eterno, reducido a un mero aparecer de Dios en la historia; el eclecticismo de quien, en la búsqueda teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su coherencia y conexión sistemática, ni de su compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia.

Sobre la base de tales presupuestos, que se presentan con matices diversos, unas veces como afirmaciones y otras como hipótesis, se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad.

I. PLENITUD Y DEFINITIVIDAD
DE LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO

5. Para poner remedio a esta mentalidad relativista, cada vez más difundida, es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es « el camino, la verdad y la vida » (cf. Jn 14,6), se da la revelación de la plenitud de la verdad divina: « Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar » (Mt 11,27). « A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado » (Jn 1,18); « porque en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente » (Col 2,9-10).

Fiel a la palabra de Dios, el Concilio Vaticano II enseña: « La verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación ».9 Y confirma: « Jesucristo, el Verbo hecho carne, “hombre enviado a los hombres”, habla palabras de Dios (Jn 3,34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cf. Jn 5,36; 17,4). Por tanto, Jesucristo —ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9)—, con su total presencia y manifestación, con palabras y obras, señales y milagros, sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, y finalmente, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con el testimonio divino […]. La economía cristiana, como la alianza nueva y definitiva, nunca cesará; y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tm 6,14; Tit 2,13) ».10

Por esto la encíclica Redemptoris missio propone nuevamente a la Iglesia la tarea de proclamar el Evangelio, como plenitud de la verdad: « En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo ».11 Sólo la revelación de Jesucristo, por lo tanto, « introduce en nuestra historia una verdad universal y última que induce a la mente del hombre a no pararse nunca ».12

6. Es, por lo tanto, contraria a la fe de la Iglesia la tesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones. La razón que está a la base de esta aserción pretendería fundarse sobre el hecho de que la verdad acerca de Dios no podría ser acogida y manifestada en su globalidad y plenitud por ninguna religión histórica, por lo tanto, tampoco por el cristianismo ni por Jesucristo.

Esta posición contradice radicalmente las precedentes afirmaciones de fe, según las cuales en Jesucristo se da la plena y completa revelación del misterio salvífico de Dios. Por lo tanto, las palabras, las obras y la totalidad del evento histórico de Jesús, aun siendo limitados en cuanto realidades humanas, sin embargo, tienen como fuente la Persona divina del Verbo encarnado, « verdadero Dios y verdadero hombre »13 y por eso llevan en sí la definitividad y la plenitud de la revelación de las vías salvíficas de Dios, aunque la profundidad del misterio divino en sí mismo siga siendo trascendente e inagotable. La verdad sobre Dios no es abolida o reducida porque sea dicha en lenguaje humano. Ella, en cambio, sigue siendo única, plena y completa porque quien habla y actúa es el Hijo de Dios encarnado. Por esto la fe exige que se profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que va desde la encarnación a la glorificación, es la fuente, participada mas real, y el cumplimiento de toda la revelación salvífica de Dios a la humanidad,14 y que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, enseña a los Apóstoles, y por medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, « la verdad completa » (Jn 16,13).

7. La respuesta adecuada a la revelación de Dios es « la obediencia de la fe (Rm 1,5: Cf. Rm 16,26; 2 Co 10,5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando “a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad”, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él ».15 La fe es un don de la gracia: « Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da “a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad” ».16

La obediencia de la fe conduce a la acogida de la verdad de la revelación de Cristo, garantizada por Dios, quien es la Verdad misma;17 « La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado ».18 La fe, por lo tanto, « don de Dios » y « virtud sobrenatural infundida por Él »,19 implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por él, en virtud de la confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto « no debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo ».20

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la verdad revelada, que « permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente »,21 la creencia en las otras religiones es esa totalidad de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo Divino y al Absoluto.22

No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones.

8. Se propone también la hipótesis acerca del valor inspirado de los textos sagrados de otras religiones. Ciertamente es necesario reconocer que tales textos contienen elementos gracias a los cuales multitud de personas a través de los siglos han podido y todavía hoy pueden alimentar y conservar su relación religiosa con Dios. Por esto, considerando tanto los modos de actuar como los preceptos y las doctrinas de las otras religiones, el Concilio Vaticano II —como se ha recordado antes— afirma que « por más que discrepen en mucho de lo que ella [la Iglesia] profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres ».23

La tradición de la Iglesia, sin embargo, reserva la calificación de textos inspirados a los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo.24 Recogiendo esta tradición, la Constitución dogmática sobre la divina Revelación del Concilio Vaticano II enseña: « La santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. Jn 20, 31; 2 Tm 3,16; 2 Pe 1,19-21; 3,15-16), tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia ».25 Esos libros « enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras de nuestra salvación ».26

Sin embargo, queriendo llamar a sí a todas las gentes en Cristo y comunicarles la plenitud de su revelación y de su amor, Dios no deja de hacerse presente en muchos modos « no sólo en cada individuo, sino también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las religiones, aunque contengan “lagunas, insuficiencias y errores” ».27 Por lo tanto, los libros sagrados de otras religiones, que de hecho alimentan y guían la existencia de sus seguidores, reciben del misterio de Cristo aquellos elementos de bondad y gracia que están en ellos presentes.

II. EL LOGOS ENCARNADOY EL ESPÍRITU SANTO
EN LA OBRA DE LA SALVACIÓN

9. En la reflexión teológica contemporánea a menudo emerge un acercamiento a Jesús de Nazaret como si fuese una figura histórica particular y finita, que revela lo divino de manera no exclusiva sino complementaria a otras presencias reveladoras y salvíficas. El Infinito, el Absoluto, el Misterio último de Dios se manifestaría así a la humanidad en modos diversos y en diversas figuras históricas: Jesús de Nazaret sería una de esas. Más concretamente, para algunos él sería uno de los tantos rostros que el Logos habría asumido en el curso del tiempo para comunicarse salvíficamente con la humanidad.

Además, para justificar por una parte la universalidad de la salvación cristiana y por otra el hecho del pluralismo religioso, se proponen contemporaneamente una economía del Verbo eterno válida también fuera de la Iglesia y sin relación a ella, y una economía del Verbo encarnado. La primera tendría una plusvalía de universalidad respecto a la segunda, limitada solamente a los cristianos, aunque si bien en ella la presencia de Dios sería más plena.

10. Estas tesis contrastan profundamente con la fe cristiana. Debe ser, en efecto, firmemente creída la doctrina de fe que proclama que Jesús de Nazaret, hijo de María, y solamente él, es el Hijo y Verbo del Padre. El Verbo, que « estaba en el principio con Dios » (Jn 1,2), es el mismo que « se hizo carne » (Jn 1,14). En Jesús « el Cristo, el Hijo de Dios vivo » (Mt 16,16) « reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente » (Col 2,9). Él es « el Hijo único, que está en el seno del Padre » (Jn 1,18), el « Hijo de su amor, en quien tenemos la redención […]. Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar con él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos » (Col 1,13-14.19-20).

Fiel a las Sagradas Escrituras y refutando interpretaciones erróneas y reductoras, el primer Concilio de Nicea definió solemnemente su fe en « Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos ».28 Siguiendo las enseñanzas de los Padres, también el Concilio de Calcedonia profesó que « uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, es él mismo perfecto en divinidad y perfecto en humanidad, Dios verdaderamente, y verdaderamente hombre […], consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad […], engendrado por el Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad ».29

Por esto, el Concilio Vaticano II afirma que Cristo « nuevo Adán », « imagen de Dios invisible » (Col 1,15), « es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado […]. Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20) ».30

Al respecto Juan Pablo II ha declarado explícitamente: « Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo […]: Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable […]. Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos […]. Mientras vamos descubriendo y valorando los dones de todas clases, sobre todo las riquezas espirituales que Dios ha concedido a cada pueblo, no podemos disociarlos de Jesucristo, centro del plan divino de salvación ».31

Es también contrario a la fe católica introducir una separación entre la acción salvífica del Logos en cuanto tal, y la del Verbo hecho carne. Con la encarnación, todas las acciones salvíficas del Verbo de Dios, se hacen siempre en unión con la naturaleza humana que él ha asumido para la salvación de todos los hombres. El único sujeto que obra en las dos naturalezas, divina y humana, es la única persona del Verbo.32

Por lo tanto no es compatible con la doctrina de la Iglesia la teoría que atribuye una actividad salvífica al Logos como tal en su divinidad, que se ejercitaría « más allá » de la humanidad de Cristo, también después de la encarnación.33

11. Igualmente, debe ser firmemente creída la doctrina de fe sobre la unicidad de la economía salvífica querida por Dios Uno y Trino, cuya fuente y centro es el misterio de la encarnación del Verbo, mediador de la gracia divina en el plan de la creación y de la redención (cf. Col 1,15-20), recapitulador de todas las cosas (cf. Ef 1,10), « al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención » (1 Co 1,30). En efecto, el misterio de Cristo tiene una unidad intrínseca, que se extiende desde la elección eterna en Dios hasta la parusía: « [Dios] nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor » (Ef 1,4); En él « por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad » (Ef 1,11); « Pues a los que de antemano conoció [el Padre], también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó » (Rm 8,29-30).

El Magisterio de la Iglesia, fiel a la revelación divina, reitera que Jesucristo es el mediador y el redentor universal: « El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor […] es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos ».34 Esta mediación salvífica también implica la unicidad del sacrificio redentor de Cristo, sumo y eterno sacerdote (cf. Eb 6,20; 9,11; 10,12-14).

12. Hay también quien propone la hipótesis de una economía del Espíritu Santo con un carácter más universal que la del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. También esta afirmación es contraria a la fe católica, que, en cambio, considera la encarnación salvífica del Verbo como un evento trinitario. En el Nuevo Testamento el misterio de Jesús, Verbo encarnado, constituye el lugar de la presencia del Espíritu Santo y la razón de su efusión a la humanidad, no sólo en los tiempos mesiánicos (cf. Hch 2,32‑36; Jn 20,20; 7,39; 1 Co 15,45), sino también antes de su venida en la historia (cf. 1 Co 10,4; 1 Pe 1,10-12).

El Concilio Vaticano II ha llamado la atención de la conciencia de fe de la Iglesia sobre esta verdad fundamental. Cuando expone el plan salvífico del Padre para toda la humanidad, el Concilio conecta estrechamente desde el inicio el misterio de Cristo con el del Espíritu.35 Toda la obra de edificación de la Iglesia a través de los siglos se ve como una realización de Jesucristo Cabeza en comunión con su Espíritu.36

Además, la acción salvífica de Jesucristo, con y por medio de su Espíritu, se extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad. Hablando del misterio pascual, en el cual Cristo asocia vitalmente al creyente a sí mismo en el Espíritu Santo, y le da la esperanza de la resurrección, el Concilio afirma: « Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual ».37

Queda claro, por lo tanto, el vínculo entre el misterio salvífico del Verbo encarnado y el del Espíritu Santo, que actúa el influjo salvífico del Hijo hecho hombre en la vida de todos los hombres, llamados por Dios a una única meta, ya sea que hayan precedido históricamente al Verbo hecho hombre, o que vivan después de su venida en la historia: de todos ellos es animador el Espíritu del Padre, que el Hijo del hombre dona libremente (cf. Jn 3,34).

Por eso el Magisterio reciente de la Iglesia ha llamado la atención con firmeza y claridad sobre la verdad de una única economía divina: « La presencia y la actividad del Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones […]. Cristo resucitado obra ya por la virtud de su Espíritu […]. Es también el Espíritu quien esparce “las semillas de la Palabra” presentes en los ritos y culturas, y los prepara para su madurez en Cristo ».38 Aun reconociendo la función histórico-salvífica del Espíritu en todo el universo y en la historia de la humanidad,39 sin embargo confirma: « Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis, que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, “para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas” ».40

En conclusión, la acción del Espíritu no está fuera o al lado de la acción de Cristo. Se trata de una sola economía salvífica de Dios Uno y Trino, realizada en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios, llevada a cabo con la cooperación del Espíritu Santo y extendida en su alcance salvífico a toda la humanidad y a todo el universo: « Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu ».41

III. UNICIDAD Y UNIVERSALIDAD
DEL MISTERIO SALVÍFICO DE JESUCRISTO

13. Es también frecuente la tesis que niega la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo. Esta posición no tiene ningún fundamento bíblico. En efecto, debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro.

Los testimonios neotestamentarios lo certifican con claridad: « El Padre envió a su Hijo, como salvador del mundo » (1 Jn 4,14); « He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo » (Jn 1,29). En su discurso ante el sanedrín, Pedro, para justificar la curación del tullido de nacimiento realizada en el nombre de Jesús (cf. Hch 3,1-8), proclama: « Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos » (Hch 4,12). El mismo apóstol añade además que « Jesucristo es el Señor de todos »; « está constituido por Dios juez de vivos y muertos »; por lo cual « todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados » (Hch 10,36.42.43).

Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto, escribe: « Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros » (1 Co 8,5-6). También el apóstol Juan afirma: « Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él » (Jn 3,16-17). En el Nuevo Testamento, la voluntad salvífica universal de Dios está estrechamente conectada con la única mediación de Cristo: « [Dios] quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos » (1 Tm 2,4-6).

Basados en esta conciencia del don de la salvación, único y universal, ofrecido por el Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo (cf. Ef 1,3-14), los primeros cristianos se dirigieron a Israel mostrando que el cumplimiento de la salvación iba más allá de la Ley, y afrontaron después al mundo pagano de entonces, que aspiraba a la salvación a través de una pluralidad de dioses salvadores. Este patrimonio de la fe ha sido propuesto una vez más por el Magisterio de la Iglesia: « Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos (cf. 2 Co 5,15), da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse (cf. Hch 4,12). Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro ».42

14. Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.

Teniendo en cuenta este dato de fe, y meditando sobre la presencia de otras experiencias religiosas no cristianas y sobre su significado en el plan salvífico de Dios, la teología está hoy invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica tiene ante sí un extenso campo de trabajo bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que « la única mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única ».43 Se debe profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo: « Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias ».44 No obstante, serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo.

15. No pocas veces algunos proponen que en teología se eviten términos como « unicidad », « universalidad », « absolutez », cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo acerca del valor del evento salvífico de Jesucristo con relación a las otras religiones. En realidad, con este lenguaje se expresa simplemente la fidelidad al dato revelado, pues constituye un desarrollo de las fuentes mismas de la fe. Desde el inicio, en efecto, la comunidad de los creyentes ha reconocido que Jesucristo posee una tal valencia salvífica, que Él sólo, como Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado, en virtud de la misión recibida del Padre y en la potencia del Espíritu Santo, tiene el objetivo de donar la revelación (cf. Mt 11,27) y la vida divina (cf. Jn 1,12; 5,25-26; 17,2) a toda la humanidad y a cada hombre.

En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano II enseña: « El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, “punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización”, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos ».45 « Es precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma: “Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22,13) ».46

IV. UNICIDAD Y UNIDAD DE LA IGLESIA

16. El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15,1ss; Ga 3,28; Ef 4,15-16; Hch 9,5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia (cf. Col 1,24-27),47 que es su cuerpo (cf. 1 Co 12, 12-13.27; Col 1,18).48 Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único « Cristo total ».49 Esta misma inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2 Cor 11,2; Ef 5,25-29; Ap 21,2.9).50

Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: « una sola Iglesia católica y apostólica ».51 Además, las promesas del Señor de no abandonar jamás a su Iglesia (cf. Mt 16,18; 28,20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16,13) implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la integridad de la Iglesia, nunca faltaran.52

Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica —radicada en la sucesión apostólica—53 entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica: « Esta es la única Iglesia de Cristo […] que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18ss.), y la erigió para siempre como « columna y fundamento de la verdad » (1 Tm 3,15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste [subsistit in] en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él ».54 Con la expresión « subsitit in », el Concilio Vaticano II quiere armonizar dos afirmaciones doctrinales: por un lado que la Iglesia de Cristo, no obstante las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo plenamente sólo en la Iglesia católica, y por otro lado que « fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad »,55 ya sea en las Iglesias que en las Comunidades eclesiales separadas de la Iglesia católica.56 Sin embargo, respecto a estas últimas, es necesario afirmar que su eficacia « deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia católica ».57

17. Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él.58 Las Iglesias que no están en perfecta comunión con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderas iglesias particulares.59 Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del Primado, que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente sobre toda la Iglesia el Obispo de Roma.60

Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico,61 no son Iglesia en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades, por el Bautismo han sido incorporados a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia.62 En efecto, el Bautismo en sí tiende al completo desarrollo de la vida en Cristo mediante la íntegra profesión de fe, la Eucaristía y la plena comunión en la Iglesia.63

« Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades ».64 En efecto, « los elementos de esta Iglesia ya dada existen juntos y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras Comunidades ».65 « Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y Comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia ».66

La falta de unidad entre los cristianos es ciertamente una herida para la Iglesia; no en el sentido de quedar privada de su unidad, sino « en cuanto obstáculo para la realización plena de su universalidad en la historia ».67

V. IGLESIA, REINO DE DIOS Y REINO DE CRISTO

18. La misión de la Iglesia es « anunciar el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de todas las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino ».68 Por un lado la Iglesia es « sacramento, esto es, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano »;69 ella es, por lo tanto, signo e instrumento del Reino: llamada a anunciarlo y a instaurarlo. Por otro lado, la Iglesia es el « pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo »;70 ella es, por lo tanto, el « reino de Cristo, presente ya en el misterio »,71 constituyendo, así, su germen e inicio. El Reino de Dios tiene, en efecto, una dimensión escatológica: Es una realidad presente en el tiempo, pero su definitiva realización llegará con el fin y el cumplimiento de la historia.72

De los textos bíblicos y de los testimonios patrísticos, así como de los documentos del Magisterio de la Iglesia no se deducen significados unívocos para las expresiones Reino de los Cielos, Reino de Dios y Reino de Cristo, ni de la relación de los mismos con la Iglesia, ella misma misterio que no puede ser totalmente encerrado en un concepto humano. Pueden existir, por lo tanto, diversas explicaciones teológicas sobre estos argumentos. Sin embargo, ninguna de estas posibles explicaciones puede negar o vaciar de contenido en modo alguno la íntima conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto, « el Reino de Dios que conocemos por la Revelación, no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia… Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no es éste ya el Reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino —que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano e ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Co 15,27); asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es un fin en sí misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos ».73

19. Afirmar la relación indivisible que existe entre la Iglesia y el Reino no implica olvidar que el Reino de Dios —si bien considerado en su fase histórica— no se identifica con la Iglesia en su realidad visible y social. En efecto, no se debe excluir « la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia ».74 Por lo tanto, se debe también tener en cuenta que « el Reino interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación en toda su plenitud ».75

Al considerar la relación entre Reino de Dios, Reino de Cristo e Iglesia es necesario, de todas maneras, evitar acentuaciones unilaterales, como en el caso de « determinadas concepciones que intencionadamente ponen el acento sobre el Reino y se presentan como “reinocéntricas”, las cuales dan relieve a la imagen de una Iglesia que no piensa en sí misma, sino que se dedica a testimoniar y servir al Reino. Es una “Iglesia para los demás” —se dice— como “Cristo es el hombre para los demás”… Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo: El Reino del que hablan se basa en un “teocentrismo”, porque Cristo —dicen— no puede ser comprendido por quien no profesa la fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones diversas pueden coincidir en la única realidad divina, cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio al misterio de la creación, que se refleja en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto “eclesiocentrismo” del pasado y porque consideran a la Iglesia misma sólo un signo, por lo demás no exento de ambigüedad ».76 Estas tesis son contrarias a la fe católica porque niegan la unicidad de la relación que Cristo y la Iglesia tienen con el Reino de Dios.

VI. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES
EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN

20. De todo lo que ha sido antes recordado, derivan también algunos puntos necesarios para el curso que debe seguir la reflexión teológica en la profundización de la relación de la Iglesia y de las religiones con la salvación.

Ante todo, debe ser firmemente creído que la « Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta ».77 Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4); por lo tanto, « es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación ».78

La Iglesia es « sacramento universal de salvación »79 porque, siempre unida de modo misterioso y subordinada a Jesucristo el Salvador, su Cabeza, en el diseño de Dios, tiene una relación indispensable con la salvación de cada hombre.80 Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, « la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo ».81 Ella está relacionada con la Iglesia, la cual « procede de la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo »,82 según el diseño de Dios Padre.

21. Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada siempre por medio de Cristo en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona « por caminos que Él sabe ».83 La Teología está tratando de profundizar este argumento, ya que es sin duda útil para el crecimiento de la compresión de los designios salvíficos de Dios y de los caminos de su realización. Sin embargo, de todo lo que hasta ahora ha sido recordado sobre la mediación de Jesucristo y sobre las « relaciones singulares y únicas »84 que la Iglesia tiene con el Reino de Dios entre los hombres —que substancialmente es el Reino de Cristo, salvador universal—, queda claro que sería contrario a la fe católica considerar la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones. Éstas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios.

Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad que proceden de Dios85 y que forman parte de « todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones ».86 De hecho algunas oraciones y ritos pueden asumir un papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las cuales los corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de Dios.87 A ellas, sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos.88 Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10,20-21), constituyen más bien un obstáculo para la salvación.89

22. Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres (cf. Hch 17,30-31).90 Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista « marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que “una religión es tan buena como otra” ».91 Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos.92 Sin embargo es necesario recordar a « los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad ».93 Se entiende, por lo tanto, que, siguiendo el mandamiento de Señor (cf. Mt 28,19-20) y como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia « anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas ».94

La misión ad gentes, también en el diálogo interreligioso, « conserva íntegra, hoy como siempre, su fuerza y su necesidad ».95 « En efecto, « Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad » (1 Tm 2,4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera ».96 Por ello el diálogo, no obstante forme parte de la misión evangelizadora, constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su misión ad gentes.97 La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo —que es el mismo Dios hecho hombre— comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad,98 debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

23. La presente Declaración, reproponiendo y clarificando algunas verdades de fe, ha querido seguir el ejemplo del Apóstol Pablo a los fieles de Corinto: « Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí » (1 Co 15,3). Frente a propuestas problemáticas o incluso erróneas, la reflexión teológica está llamada a confirmar de nuevo la fe de la Iglesia y a dar razón de su esperanza en modo convincente y eficaz.

Los Padres del Concilio Vaticano II, al tratar el tema de la verdadera religión, han afirmado:          « Creemos que esta única religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28,19-20). Por su parte todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo referente a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla ».99

La revelación de Cristo continuará a ser en la historia la verdadera estrella que orienta a toda la humanidad: 100 « La verdad, que es Cristo, se impone como autoridad universal ». 101 El misterio cristiano supera de hecho las barreras del tiempo y del espacio, y realiza la unidad de la familia humana: « Desde lugares y tradiciones diferentes todos están llamados en Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos de Dios […]. Jesús derriba los muros de la división y realiza la unificación de forma original y suprema mediante la participación en su misterio. Esta unidad es tan profunda que la Iglesia puede decir con san Pablo: « Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios » (Ef 2,19) ». 102

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la Audiencia del día 16 de junio de 2000, concedida al infrascrito Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con ciencia cierta y con su autoridad apostólica, ha ratificado y confirmado esta Declaración decidida en la Sesión Plenaria, y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 6 de agosto de 2000, Fiesta de la Transfiguración del Señor.

 Joseph Card. Ratzinger
Prefecto

Tarcisio Bertone, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario

 


Notas

(1) Conc. de Constantinopla I, Symbolum Costantinopolitanum: DS 150.

(2) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 1: AAS 83 (1991) 249-340.

(3) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes y Decl. Nostra aetate; cf. también Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi: AAS 68 (1976) 5-76; Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio.

(4) Conc. Ecum. Vat.II, Decl.Nostra aetate, 2.

(5) Pont. Cons. para el Diálogo Interreligioso y la Congr. para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio, 29; cf. Conc.Ecum. Vat II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

(6) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.

(7) Cf. Pont.Cons. para el Diálogo Interreligioso y la Congr. para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio, 9: AAS 84 (1992) 414-446.

(8) Juan Pablo II,Enc. Fides et ratio, 5: AAS 91 (1999) 5‑88.

(9) Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 2.

(10) Ibíd., 4.

(11) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 5.

(12) Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 14.

(13) Conc. Ecum. de Calcedonia, DS 301. Cf. S. Atanasio de Alejandría, De Incarnatione, 54,3: SC 199,458.

(14) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 4

(15) Ibíd., 5.

(16) Ibíd.

(17) 3 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 144.

(18) Ibíd., 150.

(19) Ibíd., 153.

(20) Ibíd., 178.

(21) Juan Pablo II, Enc. Fides et Ratio, 13.

(22) Cf. ibíd., 31-32.

(23) Conc. Ecum. Vat.II, Decl.Nostra aetae, 2. Cf. también Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 9, donde se habla de todo lo bueno presente « en los ritos y en las culturas de los pueblos »; Const. dogm. Lumen gentium, 16, donde se indica todo lo bueno y lo verdadero presente entre los no cristianos, que pueden ser considerados como una preparación a la acogida del Evangelio.

(24) Cf. Conc. de Trento, Decr. de libris sacris et de traditionibus recipiendis: DS 1501; Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.Dei Filius, cap. 2: DS 3006.

(25) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 11.

(26) Ibíd.

(27) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; cf. también 56. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 53.

(28) Conc. Ecum. de Nicea I, DS 125.

(29) Conc. Ecum de Calcedonia, DS 301.

(30) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Gaudium et spes, 22.

(31) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6.

(32) Cf. San León Magno, Tomus ad Flavianum: DS 269.

(33) Cf. San León Magno, Carta « Promisisse me memini » ad Leonem I imp: DS 318: « In tantam unitatem ab ipso conceptu Virginis deitate et humanitate conserta, ut nec sine homine divina, nec sine Dio agerentur humana ». Cf. también ibíd.: DS 317.

(34) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. Cf. también Conc. de Trento, Decr. De peccato originali, 3: DS 1513.

(35) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 3-4.

(36) Cf. ibíd., 7.Cf. San Ireneo, el cual afirmaba que en la Iglesia « ha sido depositada la comunión con Cristo, o sea, el Espíritu Santo » (Adversus Haereses III, 24, 1: SC 211, 472).

(37) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

(38) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 28.Acerca de « las semillas del Verbo » cf. también San Justino, 2 Apologia, 8,1-2,1-3; 13, 3-6: ed. E. J. Goodspeed, 84; 85; 88-89.

(39) Cf. ibíd., 28-29.

(40) Ibíd., 29.

(41) 3 Ibíd., 5.

(42) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.Gaudium et spes, 10; cf. San Agustín, cuando afirma que fuera de Cristo, « camino universal de salvación que nunca ha faltado al género humano, nadie ha sido liberado, nadie es liberado, nadie será liberado »: De Civitate Dei 10, 32, 2: CCSL 47, 312.

(43) Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, 62.

(44) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 5.

(45) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. La necesidad y absoluta singularidad de Cristo en la historia humana está bien expresada por San Ireneo cuando contempla la preeminencia de Jesús como Primogénito: « En los cielos como primogénito del pensamiento del Padre, el Verbo perfecto dirige personalmente todas las cosas y legisla; sobre la tierra como primogénito de la Virgen, hombre justo y santo, siervo de Dios, bueno, aceptable a Dios, perfecto en todo; finalmente salvando de los infiernos a todos aquellos que lo siguen, como primogénito de los muertos es cabeza y fuente de la vida divina » (Demostratio, 39: SC 406, 138).

(46) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6.

(47) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.

(48) Cf. ibíd., 7.

(49) Cf. San Agustín, Enarrat.In Psalmos, Ps 90, Sermo 2,1: CCSL 39, 1266; San Gregorio Magno, Moralia in Iob, Praefatio, 6, 14: PL 75, 525; Santo Tomás de Aquino, Summa Theologicae, III, q. 48, a. 2 ad 1.

(50) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Lumen gentium, 6.

(51) Símbolo de la fe: DS 48.Cf. Bonifacio VIII, Bula Unam Sanctam: DS 870-872; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8.

(52) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 4; Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 11: AAS 87 (1995) 921-982.

(53) 3 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 20; cf. también San Ireneo, Adversus Haereses, III, 3, 1-3: SC 211, 20-44; San Cipriano, Epist. 33, 1: CCSL 3B, 164-165; San Agustín, Contra advers. legis et prophet., 1, 20, 39: CCSL 49, 70.

(54) Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8.

(55) Ibíd., Cf. Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 13. Cf. también Conc.Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 15, y Decr.Unitatis redintegratio, 3.

(56) Es, por lo tanto, contraria al significado auténtico del texto conciliar la interpretación de quienes deducen de la fórmula subsistit in la tesis según la cual la única Iglesia de Cristo podría también subsistir en otras iglesias cristianas. « El Concilio había escogido la palabra “subsistit” precisamente para aclarar que existe una sola “subsistencia” de la verdadera Iglesia, mientras que fuera de su estructura visible existen sólo “elementa Ecclesiae”, los cuales —siendo elementos de la misma Iglesia— tienden y conducen a la Iglesia católica » (Congr. para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre el volumen « Iglesia: carisma y poder » del P. Leonardo Boff, 11-III-1985: AAS 77 (1985) 756-762).

(57) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 3.

(58) Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, n. 1: AAS 65 (1973) 396-408.

(59) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 14 y 15; Congr. para Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17 AAS 85 (1993) 838-850.

(60) Cf. Conc. Ecum Vat. I, Const. Pastor aeternus: DS 3053-3064; Conc. Ecum. Vat. II, Const dogm. Lumen gentium, 22.

(61) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Unitatis redintegratio, 22.

(62) Cf. ibíd., 3.

(63) Cf. ibíd., 22.

(64) Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, 1.

(65) Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 14.

(66) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Unitatis redintegratio, 3.

(67) Congr. para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17.Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 4.

(68) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 5.

(69) 3 Ibíd., 1.

(70) 3 Ibíd., 4. Cf. San Cipriano, De Dominica oratione 23: CCSL 3A, 105.

(71) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 3.

(72) Cf. ibíd., 9. Cf. También la oración dirigida a Dios, que se encuentra en la Didaché 9, 4: SC 248, 176: « Se reúna tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino », e ibíd., 10, 5: SC 248, 180: « Acuérdate, Señor, de tu Iglesia… y, santificada, reúnela desde los cuatro vientos en tu reino que para ella has preparado ».

(73) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18; cf. Exhort. ap. Ecclesia in Asia, 6-XI-1999, 17: L’Osservatore Romano, 7-XI-1999. El Reino es tan inseparable de Cristo que, en cierta forma, se identifica con él (cf. Orígenes, In Mt. Hom., 14, 7: PG 13, 1197; Tertuliano, Adversus Marcionem, IV, 33, 8: CCSL 1, 634.

(74) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18.

(75) Ibíd., 15.

(76) Ibíd., 17.

(77) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14. Cf. Decr. Ad gentes, 7; Decr. Unitatis redintegratio, 3.

(78) Juan Pablo II,Enc. Redemptoris missio, 9. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 846‑847.

(79) 3 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm., Lumen gentium, 48.

(80) Cf. San Cipriano, De catholicae ecclesiae unitate, 6: CCSL 3, 253-254; San Ireneo, Adversus Haereses, III, 24, 1: SC 211, 472-474.

(81) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 10.

(82) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 2. La conocida fórmula extra Ecclesiam nullus omnino salvatur debe ser interpretada en el sentido aquí explicado (cf. Conc.Ecum. Lateranense IV, Cap. 1. De fide catholica: DS 802). Cf. también la Carta del Santo Oficio al Arzobispo de Boston: DS 3866-3872.

(83) Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Ad gentes, 7.

(84) 3 Juan Pablo II, Enc.Redemptoris missio, 18.

(85) Son las semillas del Verbo divino (semina Verbi), que la Iglesia reconoce con gozo y respeto (cf. Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 11, Decl. Nostra aetate, 2).

(86) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 29.

(87) Cf. Ibíd.; Catecismo de la Iglesia Católica, 843.

(88) Cf. Conc. de Trento, Decr. De sacramentis, can. 8 de sacramentis in genere: DS 1608.

(89) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.

(90) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 17; Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 11.

(91) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 36.

(92) Cf. Pío XII, Enc. Myisticis corporis, DS 3821.

(93) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.

(94) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 2.

(95) Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 7.

(96) Catecismo de la Iglesia Católica, 851; cf. también, 849-856.

(97) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; Exhort. ap. Ecclesia in Asia, 31, 6-XI-1999.

(98) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, 1.

(99) Ibíd.

(100) Cf. Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 15.

(101) Ibid., 92.

(102) Ibíd., 70.

 

Cardenales Arzobispos y Obispos con la Forma Extraordinaria de la Misa

Cardinals and bishops in the Extraordinary Form of Mass

 250 Cardenales, Arzobispos y Obispos

Relación de Cardenales y Obispos que han oficiado o asistido a actos litúrgicos con la Forma Extraordinaria del Rito Romano, tras la entrada en vigor del motu proprio Summorum Pontificum. 30 de abril de 2011.

ALEMANIA: Cardenal Brandmüller (Presidente Emérito del Pontificio Consejo de Ciencias Históricas). Obispos Dick (Obispo Auxiliar Emérito de Colonia), Hanke (Obispo de Eichsttät), Laun (Obispo Auxiliar de Salzsburgo), Mixa (Obispo de Augsburgo), Ostermann (Obispo Auxiliar Emérito de Münster) y Overbeck (Obispo de Essen).

ARGENTINA: Obispos Baseotto (Obispo Emérito Castrense de Argentina), Laise (Obispo Emérito de San Luis), y Sánchez Sorondo (Canciller de la Pontificia Academia de Ciencias). Monseñor Miguel Chamli.

AUSTRALIA: Cardenal Pell (Arzobispo de Sidney). Arzobispos Coleridge (Arzobispo de Camberra), Hart (Arzobispo de Melbourne), e Hickey (Arzobispo de Perth). Obispos Elliot (Obispo Auxiliar de Melbourne), Grech (Obispo de Sandhurst, +2010), Jarret (Obispo de Lismore), Porteus (Obispo Auxiliar de Sidney) y Prowse (Obispo de Sale).

AUSTRIA: Cardenal Stickler (Archivero Emérito de la Santa Sede, +2007).

BÉLGICA: Arzobispo Leonard (Arzobispo de Bruselas y Primado de Bélgica). Obispo Harpigny (Obispo de Tournai).

BENIN: Obispo N´Koue (Obispo de Natitingou).

BRASIL: Arzobispos Pena (Arzobispo de Niterói) y Taveira Correa (Arzobispo de Belem do Pará). Obispos Areas Rifán (Obispo de la Administración Apostólica San Juan Marían Vianney), Bergamin (Obispo de Nova Iguaçu), Canindé Palhano (Obispo de Senhor do Bomfim), Da Silva (Obispo Auxiliar Emérito de Fortaleza), Fontes de Matos (Obispo de Palmira dos Indios), Guimaraes (Obispo de Garanhuns), Lopes de Faria (Obispo Emérito de Diamantina,+2009), Paixao (Obispo Auxiliar de Salvador-Bahía), Pestana Filho (Obispo Emérito de Anápolis,+2011), Silva Matthes (Obispo Emérito de Franca), Sivieri (Obispo de Propriá-Sergipe), Soares da Costa (Obispo Auxiliar de Aracaju), y Stringhini (Obispo de Franca).

CANADÁ: Arzobispos Roussin (Arzobispo de Vancouver, Emérito en 2009), Miller (Arzobispo de Vancouver), Prendergast (Arzobispo de Ottawa). Obispos Blais (Obispo Auxiliar de Quebec), y Lemay (Obispo Auxiliar de Quebec). Arzobispo Primado +Boniface Grosvold, (London Ontario).

CHILE: Cardenal Medina Estévez (Prefecto Emérito del Culto Divino). Arzobispo Piñera Carvallo (Arzobispo Emérito de La Serena). Obispo González Errázuriz (Obispo de San Bernardo).

CHINA: Cardenal Zen (Arzobispo Emérito de Hong-Kong).

COLOMBIA: Cardenal Castrillón Hoyos (Presidente Emérito de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei). y Arzobispo Primado Coadjutor +Omar Rojas Gonzalez, (Metropolitano de Sur America).

CROACIA: Obispo Pozaic (Obispo Auxiliar de Zagreb).

DINAMARCA: Obispo Kozon (Obispo de Copenhagen).

ESLOVAQUIA: Arzobispo Bezák (Arzobispo de Trnava).

ESLOVENIA: Cardenal Rodé (Prefecto para la Vida Consagrada).

ESPAÑA: Cardenales Cañizares Llovera (Prefecto para el Culto Divino), Martínez Sistach (Arzobispo de Barcelona), Herranz Casado (Presidente Emérito del Consejo de Textos Legislativos), y Navarrete Cortés (Rector Emérito de la Universidad Gregoriana, +2010). Arzobispo Ureña Pastor (Arzobispo de Zaragoza). Obispos: Fernández González (Obispo de Córdoba), Iceta Gavicagogeascoa (Obispo de Bilbao), Yanguas Sanz (Obispo de Cuenca).

ESTADOS UNIDOS: Cardenales Baum (Penitenciario Mayor Emérito), Burke (Prefecto de la Signatura Apostólica), Egan (Arzobipo Emérito de Nueva York), Foley (Gran Maestre de la Orden del Santo Sepulcro), George (Arzobispo de Chicago), Levada (Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe), O’ Malley (Arzobispo de Boston). Arzobispos Brunett (Arzobispo de Seattle), Carlson (Arzobispo de Saint Louis), Di Noia (Secretario para el Culto Divino), Hugues (Arzobispo Emérito de Nueva Orleans), Kevin (Arzobispo Emérito de Southwark), Myers (Arzobispo de Newark), Nienstedt (Arzobispo de Sain Paul y Minneapolis), Pilarczyk (Arzobispo Emérito de Cicinnati), Vigneron (Arzobispo de Detroit)  y Wenski (Arzobispo de Miami) Obispos Backer (Obispo de Birmingham), Boyea (Obispo de Lansing), Bevard (Obispo de Saint Thomas), Blair (Obispo de Toledo, Ohio), Bruskewitz (Obispo de Lincoln), Burbidge (Obispo de Raleigh), Callahan (Obispo de LaCrosse), Conley (Obispo Auxiliar de Denver), Cordileone (Obispo de Oakland), Corrada (Obispo de Tyler), D´Arcy (Obispo de Fort Wayne-South Bend), Daniels (Obispo de Grand Falls), Dewane (Obispo de Venice), Di Lorenzo (Obispo de Richmond), DiMarzio (Obispo de Brooklynn), Doran (Obispo de Rockford), Etienne (Obispo de Cheyenne), Farrell (Obispo de Dallas), Finn (Obispo de Kansas City), Foley (Obispo Emérito de Birmingham), García (Obispo de Monterey), Hermann (Obispo Auxiliar de Saint Louis), Hurley (Obispo de Grand Rapids), Keleher (Obispo Emérito de Kansas City), Kicanas (Obispo de Tucson), Madera Uribe (Obispo Emérito de Fresno), Matano (Obispo de Burlington), McFadden (Obispo de Harrisburg), McManus (Obispo de Worcester), Morlino (Obispo de Madison), Murphy (Obispo de Rockville Centre), Nevares (Obispo Auxiliar de Phoenix), Olmsted (Obispo de Phoenix), Perry (Obispo Auxiliar de Chicago), Provost (Obispo de Lake Charles), Reiss (Obispo Auxiliar de Detroit), Rhoades (Obispo de Harrisburg), Ricken (Obispo de Green Bay), Sample (Obispo de Marquette), Serratelli (Obispo de Paterson), Silva (Obispo de Honolulu), Slattery (Obispo de Tulsa), Timlin (Obispo Emérito de Scranton), Tobin (Obispo de Providence), Waltersheid (Obispo Auxiliar de Pittsburg), y Van Johnston (Obispo de Springfield, Missouri).

FILIPINAS: Arzobispo Lagdameo (Arzobispo de Jaro). Obispos Escaler (Obispo Emérito de Ipil), De Gregorio (Administrador de la Prelatura de Batanes), Hobayan (Obispo Emérito de Cazarman), y Tobias (Obispo de Novaliches).

FRANCIA: Cardenales Barbarin (Arzobispo de Lyon), Ricard (Arzobispo de Burdeos), y Ving-Trois (Arzobispo de París y Presidente de la Conferencia Episcopal Francesa). Arzobispos Bacqué (Nuncio en Holanda), D´Ornellas (Arzobispo de Rennes), Le Gall (Arzobispo de Toulouse), Madec (Arzobispo Emérito de Toulon), Maillard (Arzobispo de Bourges), y Thomazeau (Arzobispo de Montpellier). Obispos Aillet (Obispo de Bayona), Aumonier (Obispo de Versalles), Bagnard (Obispo de Belley-Ars), Batut (Obispo Auxiliar de Lyon), Boivineau (Obispo de Annecy), Brouwet (Obispo Auxiliar de Nanterre), Centène (Obispo de Vannes), De Dinechin (Obispo Auxiliar de París), Delmas (Obispo de Angers), Dubost (Obispo de Evry), Dufour (Obispo de Limoges), Fikart (Obispo Auxiliar Emérito de París), Fort (Obispo de Orleans), Fréchard (Obispo Emérito de Auch), Gaidon (Obispo Emérito de Cahors), Guillaume (Obispo Emérito de Saint-Dié), Kalist (Obispo de Limoges), Kratz (Obispo Auxiliar de Estrasburgo), Lebrun (Obispo de Saint-Etienne), Mathieu (Obispo de Saint-Dié), Pansard (Obispo de Chartres), Rey (Obispo de Frejus-Toulon), Riocreux (Obispo de Pontoise), Scherrer (Obispo de Laval), Séguy (Obispo Emérito de Autun), y Wintzer (Obispo Auxiliar de Poitiers).

GABÓN: Arzobispo Mvé Engone (Arzobispo de Libreville). Obispo Madega (Obispo de Port-Gentil).

HAITÍ: Arzobispo Gayot (Arzobispo Emérito de Cap-Haitien, +2010).

HUNGRÍA: Obispos Farhat (Nuncio en Austria), y Varga Lajos (Obispo Auxiliar de Vác).

ITALIA: Cardenales Antonelli (Arzobispo de Florencia, emérito en 2008), Bagnasco (Arzobispo de Génova), Bartolucci (Maestro de Capilla Emérito de la Capilla Sixtina), Caffarra (Arzobispo de Bolonia), De Paolis (Prefecto de Asuntos Económicos), Piovanelli (Arzobispo Emérito de Florencia), Poggi (Bibliotecario Emérito de la Santa Sede, +2010), Scola (Arzobispo de Venecia). Arzobispos Accerbi (Prelado de la Orden de Malta), Appignanesi (Arzobispo Emérito de Potenza), Bassetti (Arzobispo de Perugia), Berloco (Nuncio Apostólico de Su Santidad en Bélgica), Betori (Arzobispo de Florencia), Boccardo (Arzobispo de Spoleto-Norcia), Brugnaro (Arzobispo de Camerino-San Severino), De Magistris (Penitenciario Mayor Emérito), y Molinari (Arzobispo de L´Aquila). Obispos Ambrosio (Obispo de Piacenza), Cancian (Obispo de Città di Castello), Fisichella (Presidente de la Academia Pontificia para la Vida), Giovanetti (Obispo de Fiesole), Giusti (Obispo de Livorno), Lambiasi (Obispo de Rimini), Miglio (Obispo de Ivrea), Mistrorigo (Obispo Emérito de Treviso), Oliveri (Obispo de Albenga-Imperia), Rabitti (Obispo de Ferrara), Ravignani (Obispo Emérito de Trieste), Reali (Obispo de Porto-Santa Rufina), Scanavino (Obispo de Orvieto), y Tardelli (Obispo de San Miniato).

IRLANDA: Arzobispo Martin (Arzobispo de Dublin). Obispos Magee (Obispo de Cobh), y Moriarty (Obispo Emérito de Kildare y Leighlin).

KAZAJSTAN: Obispo Schneider (Obispo Auxiliar de Astana).

LIECHTENSTEIN: Arzobispo Haas (Arzobispo de Vaduz).

LITUANIA: Obispo Bartulis (Obispo de Siauliai).

MÉXICO: Arzobispo Suárez Inda (Arzobispo de Morelia).

MONACO: Arzobispo Barsi (Arzobispo de Mónaco).

NIGERIA: Cardenal Arinze (Prefecto Emérito de la Congregación para el Culto Divino). Obispos Ochiagha (Obispo Emérito de Orlu), y Tochukwu Ukwuoma (Obispo de Orlu).

NUEVA ZELANDA: Obispo Meeking (Obispo Emérito de Christchurch).

PAISES BAJOS: Obispo Pont (Obispo de Haarlem-Amsterdam).

PARAGUAY: Obispo Livieres (Obispo de Ciudad del Este).

POLONIA: Cardenal Nycz (Arzobispo de Varsovia). Arzobispos Golebiewski (Arzobispo de Wroclaw), y Zscysinski (Arzobispo de Lublin). Obispos Balcerek (Obispo Auxiliar de Pozna), Depo (Obispo de Zamosc-Lubaczow), Dziuba (Obispo de Lowicz), Gorny (Obispo de Rzeszów), Malysiak (Obispo Auxiliar Emérito de Cracovia), Mizinski (Obispo Auxiliar de Lublin), Pieronek (Obispo Auxiliar Emérito de Sosnowieck), y Szkodon (Obispo Auxiliar de Cracovia).

PUERTO RICO: Obispo Torres Oliveira (Obispo Emérito de Ponce).

REINO UNIDO: Cardenal O´Brien (Arzobispo de Edimburgo y Primado de Escocia). Arzobispos Conti (Arzobispo de Glasgow), Kevin (Arzobispo Emérito de Southwark), y Longley (Arzobispo de Birmingham). Obispos Arnold (Obispo Auxiliar de Westminser, Londres), Doyle (Obispo de Northampton), Gilbert (Obispo de Aberdeen), Hopes (Obispo Auxiliar de Westminster, Londres), Kenney (Obispo Auxiliar de Birmingham), McGough (Obispo Auxiliar de Birmingham), McMahon (Obispo de Nottigham), Moran (Obispo de Aberdeen), Sherrington (Obispo Auxiliar de Westminster), Stack (Obispo Auxiliar de Westminster, Londres) y Williams (Obispo Auxiliar de Liverpool).

REPÚBLICA CHECA: Obispo Baxant (Obispo de Litomerice).

RUSIA: Arzobispo Pezzi (Arzobispo de la Diócesis de María Madre de Dios).

SRI LANKA: Cardenal Ranjith (Arzobispo de Colombo).

SUIZA: Obispos Farine (Obispo Auxiliar de Lausana), Genoud (Obispo de Lausana y Friburgo, +2010), Huonder (Obispo de Chur), y Perisset (Nuncio en Alemania).

+ los obispos de la FSSPX: De Galarreta, Fellay, Tisier de Mallerais y Williamson.

250 Cardinals and Bishops

List of Cardinals and Bishops who have officiated at or attended liturgies with the Extraordinary Form of the Roman Rite, after the entry into force of the motu proprio Summorum Pontificum. April 30, 2011.

GERMANY: Cardinal Brandmüller (President Emeritus of the Pontifical Council of Historical Sciences). Bishops Dick (Auxiliary Bishop Emeritus of Cologne), Hanke (Bishop of Eichsttät), Laun (Auxiliary Bishop of Salzburg) Mixa (Bishop of Augsburg), Ostermann (Auxiliary Bishop Emeritus of Münster) and Overbeck (Bishop of Essen).

ARGENTINA: Baseotto Bishops (Bishop Emeritus Military of Argentina), Laise (Bishop Emeritus of San Luis), and Sanchez Sorondo (Chancellor of the Pontifical Academy of Sciences). Monseñor Miguel Chamli.

AUSTRALIA: Cardinal Pell (Archbishop of Sydney). Archbishops Coleridge (Archbishop of Canberra), Hart (Archbishop of Melbourne) and Hickey (Archbishop of Perth). Bishops Elliot (Auxiliary Bishop of Melbourne), Grech (Bishop of Sandhurst, +2010), Jarrett (Bishop of Lismore), Porteus (Auxiliary Bishop of Sydney) and Prowse (Bishop of Sale).

AUSTRIA: Cardinal Stickler (Archivist Emeritus of the Holy See, +2007).

BELGIUM: Archbishop Leonard (Archbishop of Brussels and Primate of Belgium). Harpigny Obispo (Bishop of Tournai).

BENIN: N‘Koue Obispo (Bishop of Natitingou).

BRAZIL: Archbishops Pena (Archbishop of Niterói) and Taveira Correa (Archbishop of Belem do Pará). Areas Rifan Bishops (Bishop of the Apostolic Administration Saint John Mary Vianney), Bergamin (Bishop of Nova Iguaçu), Canindé Palhano (Bishop of Senhor do Bonfim), Da Silva (Auxiliary Bishop Emeritus of Fortaleza), Fontes de Matos (Bishop of Palmira two Indians), Guimaraes (Bishop of Garanhuns), Lopes de Faria (Bishop Emeritus of Diamantina, +2009), Paixao (Auxiliary Bishop of Salvador-Bahia), Pestana Filho (Bishop Emeritus of Annapolis, +2011), Silva Matthes (Bishop Franca Emeritus), Sivieri (Bishop of Propriá-SE), Soares da Costa (Auxiliary Bishop of Aracaju), and Stringhini (Bishop of Franca).

CANADA: Archbishops Roussin (Archbishop of Vancouver, Emeritus in 2009), Miller (Archbishop of Vancouver), Prendergast (Archbishop of Ottawa). Bishops Blais (Auxiliary Bishop of Quebec), and Lemay (Auxiliary Bishop of Quebec).Archbishop Primate +Boniface Grosvold. (London Ontario).

CHILE: Cardinal Medina Estévez (Prefect of Divine Worship). Archbishop Piñera Carvallo (Archbishop Emeritus of La Serena). Bishop Gonzalez Errazuriz (Bishop of St. Bernard).

CHINA: Cardinal Zen (Archbishop Emeritus of Hong Kong).

COLOMBIA: Cardinal Castrillon Hoyos (Chairman Emeritus of the Pontifical Commission Ecclesia Dei). and Archbishop Primate + Omar Rojas Gonzalez, Metropolitan of South America.

CROATIA: Bishop Pozaic (Auxiliary Bishop of Zagreb).

DENMARK: Kozon Obispo (Bishop of Copenhagen).

SLOVAKIA: Bezák Archbishop (Archbishop of Trnava).

SLOVENIA: Cardinal Rode (prefect for Consecrated Life).

SPAIN: Cardinal Cañizares Llovera (Prefect for Divine Worship), Martinez Sistach (Archbishop of Barcelona), Herranz Casado (President Emeritus of the Council of Legislative Texts) and Navarrete Cortés (Rector Emeritus of the Gregorian University, +2010). Urena Pastor Archbishop (Archbishop of Zaragoza). Bishops: Fernández González (Bishop of Córdoba), Iceta Gavicagogeascoa (Bishop of Bilbao), Yanguas Sanz (Bishop of Cuenca).

UNITED STATES: Cardinals Baum (Major Penitentiary Emeritus), Burke (Prefect of the Apostolic Signatura), Egan (Arzobipo Emeritus of New York) Foley (Grand Master of the Order of the Holy Sepulchre), George (Archbishop of Chicago), Levada ( Prefect of the Congregation for the Doctrine of the Faith), O ‘Malley (Archbishop of Boston). Archbishop Brunett (Archbishop of Seattle), Carlson (Archbishop of Saint Louis), Di Noia (Secretary for Divine Worship), Hughes (Archbishop Emeritus of New Orleans), Kevin (Archbishop Emeritus of Southwark), Myers (Archbishop of Newark) Nienstedt (Archbishop and Saint Paul and Minneapolis), Pilarczyk (Archbishop Emeritus of Cicinnati) Vigneron (Archbishop of Detroit) and Wenski (Archbishop of Miami) Backer Bishops (Bishop of Birmingham), Boye (Bishop of Lansing), Bevard (Bishop of Saint Thomas), Blair (Bishop of Toledo, Ohio), Bruskewitz (Bishop of Lincoln), Burbidge (Bishop of Raleigh), Callahan (Bishop of LaCrosse), Conley (Auxiliary Bishop of Denver), Cordileone (Bishop of Oakland), Corrada (Bishop of Tyler), D’Arcy (Bishop of Fort Wayne-South Bend), Daniels (Bishop of Grand Falls), Dewane (Bishop of Venice), Di Lorenzo (Bishop of Richmond), DiMarzio (Bishop of Brooklynn), Doran (Bishop of Rockford), Etienne (Bishop of Cheyenne), Farrell (Bishop of Dallas), Finn (Bishop of Kansas City), Foley (Bishop Emeritus of Birmingham), Garcia (Bishop of Monterey), Hermann (Auxiliary Bishop of Saint Louis ), Hurley (Bishop of Grand Rapids), Keleher (Bishop Emeritus of Kansas City), Kicanas (Bishop of Tucson), Madera Uribe (Bishop Emeritus of Fresno), Matano (Bishop of Burlington), McFadden (Bishop of Harrisburg), McManus (Bishop of Worcester), Morlino (Bishop of Madison), Murphy (Bishop of Rockville Centre), Nevares (Auxiliary Bishop of Phoenix), Olmsted (Bishop of Phoenix), Perry (Auxiliary Bishop of Chicago), Provost (Bishop of Lake Charles ), Reiss (Auxiliary Bishop of Detroit), Rhoades (Bishop of Harrisburg), Rick (Bishop of Green Bay), Sample (Bishop of Marquette), Serratelli (Paterson Bishop), Silva (Bishop of Honolulu), Slattery (Bishop of Tulsa), Timlin (Bishop Emeritus of Scranton), Tobin (Bishop of Providence), Waltersheid (Auxiliary Bishop of Pittsburgh), and Van Johnson (Bishop of Springfield, Missouri).

PHILIPPINES: Archbishop Lagdameo (Archbishop of Jaro). Escaler Bishops (Bishop Emeritus of Ipil), De Gregorio (Administrator of the Prelature of Batanes), Hobayan (Bishop Emeritus of Cazarman) and Tobias (Novaliches Bishop).

FRANCE: Cardinal Barbarin (Archbishop of Lyon), Ricard (Archbishop of Bordeaux), and Ving-Trois (Archbishop of Paris and President of the French Episcopal Conference). Archbishops Bacqué (Nuncio in the Netherlands), D’Ornellas (Archbishop of Rennes), Le Gall (Archbishop of Toulouse), Madec (Archbishop Emeritus of Toulon), Maillard (Archbishop of Bourges), and Thomazeau (Archbishop of Montpellier). Aillet Bishops (Bishop of Bayonne), Aumonier (Bishop of Versailles), Bagnard (Bishop of Belley-Ars), Batut (Auxiliary Bishop of Lyon), Boivineau (Bishop of Annecy), Brouwet (Auxiliary Bishop of Nanterre), rye (Bishop Vannes), De Dinechin (Auxiliary Bishop of Paris), Delmas (Bishop of Angers), Dubost (Bishop of Evry), Dufour (Bishop of Limoges), Fikart (Auxiliary Bishop Emeritus of Paris), Fort (Bishop of Orleans) Fréchard (Bishop Emeritus of Auch), Gaidon (Bishop Emeritus of Cahors), Guillaume (Bishop Emeritus of Saint-Die), Kalist (Bishop of Limoges), Kratz (Auxiliary Bishop of Strasbourg), Lebrun (Bishop of Saint-Etienne), Mathieu (Bishop of Saint-Die), Pansard (Bishop of Chartres), King (Bishop of Frejus-Toulon), Riocreux (Bishop of Pontoise), Scherrer (Bishop of Laval), Séguy (Bishop Emeritus of Autun), and Wintzer ( Auxiliary Bishop of Poitiers).

GABON: Engono Mve Archbishop (Archbishop of Libreville). Madega Obispo (Bishop of Port-Gentil).

HAITI: Archbishop Gayot (Archbishop Emeritus of Cap-Haitien, +2010).

HUNGARY: Bishops Farhat (Apostolic Nuncio in Austria) and Lajos Varga (Auxiliary Bishop of Vác).

ITALY: Cardinal Antonelli (Archbishop of Florence, retired in 2008), Bagnasco (Archbishop of Genoa), Bartolucci (Choirmaster Emeritus of the Sistine Chapel), Caffarra (Archbishop of Bologna), De Paolis (Prefect of Economic Affairs), Piovanelli (Archbishop Emeritus of Florence), Poggi (Librarian Emeritus of the Holy See, +2010), Scola (Archbishop of Venice). Archbishops Accerbi (Prelate of the Order of Malta), Appignanesi (Archbishop Emeritus of Potenza), Bassetti (Archbishop of Perugia), Berloco (Apostolic Nuncio of His Holiness in Belgium), Betori (Archbishop of Florence), Boccardo (Archbishop of Spoleto- Norcia), Brugnaro (Archbishop of Camerino-San Severino), De Magistris (Major Penitentiary Emeritus) and Molinari (Archbishop of L’Aquila). Bishop Ambrose (Bishop of Piacenza), Cancian (Bishop of Città di Castello), Fisichella (President of the Pontifical Academy for Life), Giovanetti (Bishop of Fiesole), Giusti (Bishop of Livorno), Lambiasi (Bishop of Rimini), Miglio (Bishop of Ivrea), Mistrorigo (Bishop Emeritus of Treviso), Oliveri (Bishop of Albenga-Imperia), Rabitti (Bishop of Ferrara), Ravignani (Bishop Emeritus of Trieste), Reali (Bishop of Porto-Santa Rufina), Scanavino (Bishop of Orvieto), and Tardelli (Bishop of San Miniato).

IRELAND: Archbishop Martin (Archbishop of Dublin). Magee Bishops (Bishop of Cobh) and Moriarty (Bishop Emeritus of Kildare and Leighlin).

KAZAKHSTAN: Bishop Schneider (Auxiliary Bishop of Astana).

LIECHTENSTEIN: Archbishop Haas (Archbishop of Vaduz).

LITHUANIA: Bartulis Obispo (Bishop of Siauliai).

MEXICO: Archbishop Suárez Inda (Archbishop of Morelia).

MONACO: Archbishop Barsi (Archbishop of Monaco).

NIGERIA: Cardinal Arinze (Prefect of the Congregation for Divine Worship). Ochiagha Bishops (Bishop Emeritus of Orlu) and Tochukwu Ukwuoma (Bishop of Orlu).

NEW ZEALAND: Meeking Obispo (Bishop Emeritus of Christchurch).

NETHERLANDS: Pont Obispo (Bishop of Haarlem-Amsterdam).

PARAGUAY: Livieres Obispo (Bishop of Ciudad del Este).

POLAND: Nycz Cardinal (Archbishop of Warsaw). Archbishops Golebiewski (Archbishop of Wroclaw), and Zscysinski (Archbishop of Lublin). Balcerek Bishops (Auxiliary Bishop of Poznań), Depo (Bishop of Zamosc-Lubaczów), Dziuba (Bishop of Lowicz), Gorny (Bishop of Rzeszów), Malysiak (Auxiliary Bishop Emeritus of Krakow), Mizinski (Auxiliary Bishop of Lublin), Pieronek (Auxiliary Bishop Emeritus of Sosnowieck) and Szkodon (Auxiliary Bishop of Cracow).

PUERTO RICO: Bishop Torres Oliveira (Bishop Emeritus of Ponce).

UK: Cardinal O’Brien (Archbishop of Edinburgh and primate of Scotland). Archbishop Conti (Archbishop of Glasgow), Kevin (Archbishop Emeritus of Southwark) and Longley (Archbishop of Birmingham). Bishops Arnold (Westminser Auxiliary Bishop of London), Doyle (Bishop of Northampton), Gilbert (Bishop of Aberdeen), Hopes (Auxiliary Bishop of Westminster, London), Kenney (Auxiliary Bishop of Birmingham), McGough (Auxiliary Bishop of Birmingham) , McMahon (Bishop of Nottingham), Moran (Bishop of Aberdeen), Sherrington (Auxiliary Bishop of Westminster), Stack (Auxiliary Bishop of Westminster, London) and Williams (Auxiliary Bishop of Liverpool).

CZECH REPUBLIC: Baxant Obispo (Bishop of Litomerice).

RUSSIA: Archbishop Pezzi (Archbishop of the Diocese of Mary Mother of God).

SRI LANKA: Archbishop Ranjith (Archbishop of Colombo).

SWITZERLAND: Bishops Farine (Auxiliary Bishop of Lausanne), Genoud (Bishop of Lausanne and Fribourg, +2010), Huonder (Bishop of Chur) and Perisset (Nuncio in Germany).

+ The bishops of the SSPX: De Galarreta, Fellay, Tisi of Mallerais and Williamson.

              


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